Para orar por un hijo no hace falta dar con las palabras exactas. Basta con llevárselo a Quien sí puede tocarlo.
Hay noches en que te sientas en la cama para orar por tus hijos y no te sale nada. No es falta de amor: los quieres tanto que todo lo que se te ocurre pedir te parece poco, o te da miedo, o ya lo has pedido mil veces con las mismas palabras.
Este texto es para esa noche. No trae frases mágicas, porque no existen. Trae lo que hicieron otros en la Biblia cuando les tocó lo mismo, lo que puedes pedir cuando no sabes qué pedir y, más abajo, una oración para decirla tal cual.
No tienes que saber orar bien
Pablo lo dice sin rodeos, y se incluye:
«Y de igual manera el Espíritu nos ayuda en nuestra debilidad; pues qué hemos de pedir como conviene, no lo sabemos, pero el Espíritu mismo intercede por nosotros con gemidos indecibles.» — Romanos 8:26
Fíjate en el plural: no lo sabemos. Lo escribe un apóstol. No saber qué pedir es lo normal en cualquiera que ora por algo que le importa de verdad, y para ese vacío el texto no te manda a buscar mejores palabras: te dice que el Espíritu intercede cuando a ti solo te salen suspiros.
Una madre que oyó silencio, y después dos noes
Si alguna vez has orado por un hijo y te ha parecido que nadie te oía, hay una mujer en el Evangelio que pasó por eso delante del mismo Jesús. No era del pueblo de Israel y tenía una hija enferma:
«Y he aquí una mujer cananea que había salido de aquella región clamaba, diciéndole: ¡Señor, Hijo de David, ten misericordia de mí! Mi hija es gravemente atormentada por un demonio.» — Mateo 15:22
Lo que viene después es de lo más duro del Evangelio, y te lo cuento entero, porque contado a medias se convierte en otra cosa:
«Pero Jesús no le respondió palabra. Entonces acercándose sus discípulos, le rogaron, diciendo: Despídela, pues da voces tras nosotros.» — Mateo 15:23
Silencio, y los de alrededor pidiendo que se la quiten de encima. Cuando Jesús por fin habla, no es con ella:
«El respondiendo, dijo: No soy enviado sino a las ovejas perdidas de la casa de Israel.» — Mateo 15:24
Ella no se va. Se le echa a los pies:
«Entonces ella vino y se postró ante él, diciendo: ¡Señor, socórreme!» — Mateo 15:25
Y la respuesta es más dura que el silencio:
«Respondiendo él, dijo: No está bien tomar el pan de los hijos, y echarlo a los perrillos.» — Mateo 15:26
Cualquiera se habría ido. Ella no discute. Se agarra a lo único que esa frase le deja:
«Y ella dijo: Sí, Señor; pero aun los perrillos comen de las migajas que caen de la mesa de sus amos.» — Mateo 15:27
Y entonces sí:
«Entonces respondiendo Jesús, dijo: Oh mujer, grande es tu fe; hágase contigo como quieres. Y su hija fue sanada desde aquella hora.» — Mateo 15:28
Mira qué es lo que Jesús llama grande. No la oración, ni lo bien dicha que estuviera. Su fe: la de una mujer que oyó silencio, después un no y después otro, y siguió agarrada a Él.
Este pasaje no promete que cada hijo por el que se ora se cure en esa misma hora, ni que insistir haga ceder a Dios. Cuenta lo que pasó con esta madre y con esta hija. Lo que sí deja escrito es que, con ella, el silencio del principio no fue la última palabra.
Dos cosas antes de seguir. Si tú oraste así —con dos palabras y con mil— y tu hijo no se curó, o ya no está, este pasaje no dice que tu fe fuera pequeña: cuenta lo que le pasó a una madre, no lo que te pasó a ti, y para esa noche escribí El duelo no se supera, se atraviesa. Y si tu hijo hoy se hace daño, consume o no sale de la cama, no des por hecho que es un demonio ni que se arregla solo orando: tiene nombre y tratamiento, y aquí tienes por dónde empezar.
Jesús ya los tuvo en brazos
Hay una escena pequeña en Marcos que ayuda leer antes de cualquier lista. Le llevan unos niños a Jesús para que los toque, y los discípulos reprenden a los que los traen:
«Viéndolo Jesús, se indignó, y les dijo: Dejad a los niños venir a mí, y no se lo impidáis; porque de los tales es el reino de Dios.» — Marcos 10:14
Marcos dice que Jesús se indignó, y fue por esto: porque alguien estaba impidiendo que unos niños llegaran a Él. Y después cuenta lo que hizo:
«Y tomándolos en los brazos, poniendo las manos sobre ellos, los bendecía.» — Marcos 10:16
Orar por tus hijos es eso: llevárselos a Jesús. No tienes que convencerlo de que los quiera; ya los quiere. Tú solo se los llevas. Y si tú te acercas a Dios por medio de Él, también intercede por ti: de Cristo está escrito que «puede también salvar perpetuamente a los que por él se acercan a Dios, viviendo siempre para interceder por ellos» (Hebreos 7:25). No te quedas a la intemperie la noche en que no encuentras las palabras.
Qué pedir cuando no sabes qué pedir
Cuando no sale nada, ayuda tomar prestada una oración que ya está escrita. Jesús hizo una por sus discípulos la noche antes de morir, y tiene una frase que podría haber dicho cualquier madre:
«No ruego que los quites del mundo, sino que los guardes del mal.» — Juan 17:15
No pide que no salgan de casa, ni que no tengan amigos que no te gustan, ni que nunca les pase nada. Pide que, en medio de todo eso, Dios los guarde del mal. Es la diferencia entre orar para encerrar a un hijo y orar para que pueda vivir.
Y Pablo deja escrito qué pedía por gente a la que quería y que ya creía: que entendieran lo que Dios quiere (Colosenses 1:9), y para qué:
«para que andéis como es digno del Señor, agradándole en todo, llevando fruto en toda buena obra, y creciendo en el conocimiento de Dios;» — Colosenses 1:10
Fíjate en el final: creciendo en el conocimiento de Dios. Pablo no pide que les vaya bien en los estudios ni que encuentren buen trabajo. Pedirlo no está mal —Dios no se ofende porque quieras lo bueno para tus hijos—, pero lo que él pone delante es que conozcan a Dios cada vez más. Si los tuyos todavía no lo conocen, pide eso primero.
A partir de ahí, cinco cosas que puedes llevarle cuando no sabes por dónde empezar. Ninguna hace que Dios quiera más a tus hijos; eso ya quedó claro en Marcos 10. Solo te ayudan a no quedarte en blanco:
- Su corazón: que conozcan a Dios de verdad, no solo de oídas, y por sí mismos, no por ti.
- Su camino: que Dios los guarde del mal estén donde estén. De cómo se pide eso sin vivir con miedo hablo en oración de protección por tus hijos.
- Su gente: los amigos que tienen y los que tendrán, y la persona con la que quizá compartan un día la vida (de eso, aparte).
- Lo que tú no ves: lo que no te cuentan, lo que les preocupa y no saben decir. Si ahora mismo eso es un adolescente que no te habla, aquí tienes un texto para eso.
- Tú: saber cuándo hablar y cuándo callar, y no cobrarles a tus hijos el miedo que traes tú.
Una oración por tus hijos para esta noche
Si tienes un solo hijo o una sola hija, dila así sin miedo: la oración es tuya.
Señor, te traigo a mis hijos y no sé bien qué pedirte.
Tú los conoces por dentro, mejor que yo.
Guárdalos del mal, aunque sigan en el mundo.
Que te conozcan a ti, no solo lo que yo les he contado de ti.
Lo que no me cuentan, cuídalo tú.
Y si hoy solo me salen dos palabras, recíbelas: socórrenos, Señor.
Para terminar
La madre cananea no era del pueblo, no tenía nada que alegar, y lo primero que recibió fue silencio. Y aun así es la única persona de todo ese capítulo a la que Jesús le dice que su fe es grande.
No hace falta que ores bien. Tus hijos no dependen de lo que tú aguantes; dependen de Aquel a quien se los llevas. Y puedes volver con dos palabras todas las noches que haga falta.
Si los crías sola, si el miedo no te deja dormir o si ya te cansa orar, hay un texto para cada cosa: criar sola · orar sin miedo · cuando te cansas. Y si tu hijo ya es mayor y lo que se ha alejado es su fe, de eso hablo en mi hijo se ha alejado de Dios.
Esta noche oras por lo que no ves. «La casa del número 48» es lo que yo no dejaba ver: las adicciones, el alcohol y el encuentro con Cristo que lo cambió todo. Yo estuve muy lejos, y Dios llegó hasta allí.
Lee «La casa del número 48»