La Biblia está llena de madres que se quedaron solas con sus hijos, y ninguna de esas historias empieza bien.

Si estás leyendo esto, probablemente es tarde, los niños por fin duermen y acabas de darte cuenta de que hoy tampoco has tenido cinco minutos para ti. Mucho menos para orar con calma, como dicen los libros que hay que orar.

No sé cómo llegaste a criar sola. Puede que enviudaras, que alguien se fuera, que nunca estuviera, o que tuvieras que irte tú para proteger a tus hijos. No te voy a preguntar por qué. Voy a acompañarte en lo que hay, y al final tienes una oración para esta noche. (Y si eres un padre que cría solo, quédate: casi todo lo que sigue es también para ti.)

No te hablo desde fuera: mi padre se fue de casa y dejó a mi madre sola con cuatro hijos y una deuda enorme. Yo era uno de los cuatro.

Si ya no puedes más, o alguien te amenaza

Si el cansancio te ha llevado a perder los nervios con tus hijos de una manera que te asusta, aquí tienes por dónde empezar. Si alguien te hace daño o te amenaza, a ti o a tus hijos —también un ex que ya no vive contigo, también si te amenaza con quitarte a los niños—, eso se cuenta, y aquí tienes cómo. Y si has llegado a pensar que estarían mejor sin ti, díselo hoy a alguien. Pedir ayuda no es fallarles. Lo que sigue te espera.

La madre que no quería mirar

Hay una madre en Génesis que se quedó sola con su hijo sin haberlo elegido. Abraham despidió a Agar con el muchacho, un poco de pan y un odre de agua, y ella anduvo errante por el desierto de Beerseba (Génesis 21:14). Cuando el agua se acabó, hizo algo que cualquier madre entiende aunque no lo haya vivido:

«y se fue y se sentó enfrente, a distancia de un tiro de arco; porque decía: No veré cuando el muchacho muera. Y cuando ella se sentó enfrente, el muchacho alzó su voz y lloró.» — Génesis 21:16

No sabemos si oró; el texto solo cuenta lo que decía. No quería verlo morir, y se sentó lejos. Lo siguiente es, para mí, de lo más tierno del libro:

«Y oyó Dios la voz del muchacho; y el ángel de Dios llamó a Agar desde el cielo, y le dijo: ¿Qué tienes, Agar? No temas; porque Dios ha oído la voz del muchacho en donde está.» — Génesis 21:17

Dios oyó la voz del muchacho, en donde estaba. Dios no necesita tu voz para oír la de tus hijos.

Y lo que le dice a Agar no es un reproche:

«Levántate, alza al muchacho, y sostenlo con tu mano, porque yo haré de él una gran nación.» — Génesis 21:18

Esa última parte era una promesa con nombre: Ismael era hijo de Abraham, y Dios se lo había prometido a Abraham (Génesis 21:13). Con tus hijos no tienes esa frase por escrito, y no voy a escribírtela yo. Lo que sí tienes es cómo trató Dios a esa madre: no le pidió fuerzas que no tenía. Le abrió los ojos para que viera el agua que ya estaba ahí (21:19).

A Timoteo la fe le llegó por su madre y su abuela

Una de las cosas que más pesan cuando crías sola es la idea de que a tus hijos les falta algo que tú no puedes darles. En lo que toca a la fe, hay un caso que ayuda conocer. Pablo le escribe a Timoteo:

«trayendo a la memoria la fe no fingida que hay en ti, la cual habitó primero en tu abuela Loida, y en tu madre Eunice, y estoy seguro que en ti también.» — 2 Timoteo 1:5

Del padre, Hechos solo dice que era griego (Hechos 16:1), y de ahí se entiende que la fe no le llegó por ese lado. Le llegó por su abuela y por su madre, que le enseñaron las Escrituras desde niño (2 Timoteo 3:15). Y después, por un hombre que no era su padre y que lo llamó «verdadero hijo en la fe» (1 Timoteo 1:2).

Con esto no te prometo que tus hijos vayan a ser Timoteo. Quiero quitarte de encima una mentira: que la fe de un hijo necesita una familia completa para poder llegar. No la necesita, y que a tu casa le falte alguien no le cierra ese camino. Fíjate además en lo último: a Timoteo también le llegó por alguien de fuera de casa. Eso también se puede pedir.

Una viuda, dos hijos y una vasija de aceite

Hay otra madre sola en el segundo libro de Reyes, con un problema que no es espiritual sino de dinero. Su marido, uno de los hijos de los profetas, ha muerto; han quedado deudas, y el acreedor viene a llevarse a sus dos hijos como siervos (2 Reyes 4:1). Ella clama a Eliseo, y lo primero que el profeta le pregunta es muy concreto:

«Y Eliseo le dijo: ¿Qué te haré yo? Declárame qué tienes en casa. Y ella dijo: Tu sierva ninguna cosa tiene en casa, sino una vasija de aceite.» — 2 Reyes 4:2

La salida pasó por pedir: primero al profeta, después a todos los vecinos, que le prestaron «vasijas vacías, no pocas» (2 Reyes 4:3). Ella no les contó su vida a cada uno; pidió lo que le faltaba. Y el milagro fue a puerta cerrada, con sus hijos al lado acercándole las vasijas (4:5).

No te voy a decir que si oras te va a pasar lo del aceite: el texto no lo promete a nadie más. Lo que sí deja escrito es que pedir prestado a los vecinos fue parte del milagro, no una vergüenza que hubo que pasar antes.

Lo que hizo Jesús al ver a una viuda

Jesús llega a un pueblo llamado Naín y se cruza con un entierro: el hijo único de una viuda. Iba rodeada de gente de la ciudad (Lucas 7:12), y aun así sola de la manera que más duele: sin marido y sin el hijo que la sostenía. Ella no le pide nada. El texto solo cuenta esto:

«Y cuando el Señor la vio, se compadeció de ella, y le dijo: No llores.» — Lucas 7:13

Resucitar a su hijo fue lo que hizo aquel día, no una promesa para todas las casas. Pero lo que lo movió a hacerlo vale para todas: la vio, y se compadeció.

Y cuando Pablo le pidió tres veces que le quitara aquello que lo atormentaba (2 Corintios 12:8), la respuesta no fue un sí, pero tampoco lo dejó solo:

«Y me ha dicho: Bástate mi gracia; porque mi poder se perfecciona en la debilidad. Por tanto, de buena gana me gloriaré más bien en mis debilidades, para que repose sobre mí el poder de Cristo.» — 2 Corintios 12:9

Ese poder que se perfecciona en la debilidad tiene nombre, y Pablo lo dice en la misma carta: «Porque aunque fue crucificado en debilidad, vive por el poder de Dios» (2 Corintios 13:4). Cristo conoce la debilidad desde la cruz. Criar sola es vivir en ella todos los días, y este versículo no te pide que la escondas.

Cómo orar cuando no tienes ni un rato

Nada de esto depende de que encuentres una hora en silencio.

Oración de una madre sola, para cuando no hay nadie al lado

Señor, aquí estoy al final del día, con lo que queda de mí.
Tú sabes cuántas veces cargo con esto sin nadie al lado.
Mírame como miraste a la viuda de Naín, antes de que dijera nada.
Oye la voz de mis hijos donde estén, también cuando a mí no me salga la mía.
Si alguien nos quiere hacer daño, guárdanos, y dame valor para contarlo.
Dame agua para hoy y manos para levantarlos mañana.
Y que tu gracia me baste también en lo que no alcance a hacer.

Antes de dormir

De Agar y su hijo, el mismo capítulo deja una frase para llevarse a la cama: «Y Dios estaba con el muchacho; y creció» (Génesis 21:20). Creció en el desierto, lejos de su padre, con una madre que un día no pudo ni mirar. A Abraham se lo había prometido; a ti te enseña que una casa a la que le falta alguien no es una casa a la que Dios no pueda entrar.

Y si quieres una oración más general por tus hijos, la tienes en cómo orar por tus hijos cuando no sabes qué pedir.

Si crías sola porque alguien que prometió quedarse se fue, esa herida es tuya, no de tus hijos, y también merece oración. «El día que el amor me falló» es para ese lugar: cómo vuelve a creer el corazón después de la traición, sin fingir que no pasó.

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