Que un hijo se cierre a los catorce casi siempre es crecer, y aun así duele. Casi siempre: justo debajo te digo cuándo no.

Hasta hace poco te lo contaba todo. Ahora llega del colegio, contesta «bien» a cualquier pregunta y se encierra en su cuarto con la música puesta. Si insistes, termina en pelea. Si no insistes, sientes que lo estás perdiendo.

(Escribo «él» para no partir cada frase en dos. Si es tu hija, todo esto es igual para ella. Y al final tienes una oración que sirve para los dos.)

Cuándo no es cosa de la edad

Encerrarse, contestar con monosílabos y preferir a sus amigos es parte normal de crecer. Pero hay señales que no lo son: si ha dejado de comer o de dormir, si encuentras cortes, quemaduras o marcas que no te sabe explicar, si sospechas que consume, si alguien lo está controlando o si ha dicho que no quiere seguir viviendo. Ahí no basta con orar: hay que moverse hoy, y aquí tienes por dónde empezar. Pedir ayuda por tu hijo no es exagerar ni traicionar su confianza.

Y si has encontrado algo que te asusta: si tu hijo está mal de verdad, no es porque gritaras una noche de más. Lo que leas más abajo es para no cerrar la puerta, no para cargarte la culpa.

Tres días buscándolo

Lo primero: no entender a un hijo no es señal de que lo estés haciendo mal. Le pasó a la casa donde creció Jesús, y allí no había ningún hijo rebelde.

Jesús tenía doce años. Sus padres lo llevaron a Jerusalén para la fiesta, emprendieron la vuelta y anduvieron un día entero creyendo que iba con el grupo. No iba. Volvieron, y lo encontraron al tercer día en el templo. Lo que le dijo su madre lo ha dicho cualquier madre de un adolescente:

«Cuando le vieron, se sorprendieron; y le dijo su madre: Hijo, ¿por qué nos has hecho así? He aquí, tu padre y yo te hemos buscado con angustia.» — Lucas 2:48

Y la respuesta no era la que esperaban:

«Entonces él les dijo: ¿Por qué me buscabais? ¿No sabíais que en los negocios de mi Padre me es necesario estar?» — Lucas 2:49

Jesús no contestaba mal: estaba diciendo quién era su Padre. Y aun así, sus padres no lo entendieron:

«Mas ellos no entendieron las palabras que les habló.» — Lucas 2:50

María y José, a los que Dios había elegido para criarlo, se quedaron sin entender a su hijo de doce años. Si tú no entiendes al tuyo, no quiere decir que lo estés haciendo mal. A veces crecer es eso: que el hijo empiece a tener una vida por dentro a la que sus padres ya no tienen acceso directo.

Lo que hizo su madre con lo que no entendía

Lucas cierra la escena así:

«Y descendió con ellos, y volvió a Nazaret, y estaba sujeto a ellos. Y su madre guardaba todas estas cosas en su corazón.» — Lucas 2:51

María preguntó (2:48), no entendió la respuesta y no la siguió forzando. Tampoco lo dejó pasar: lo guardó. Hay cosas de tu hijo que ahora mismo no vas a entender, y lo que puedes hacer con ellas no es descifrarlas a la fuerza: es guardarlas y llevarlas delante de Dios, que sí las entiende.

Pero guardar lo que no entiendes no es callar lo que te asusta. Si has visto algo que te da miedo, eso no se guarda: se habla con él y se cuenta a quien pueda ayudar.

Jesús también tuvo esa edad

Después de aquello, Lucas dice que Jesús siguió creciendo:

«Y Jesús crecía en sabiduría y en estatura, y en gracia para con Dios y los hombres.» — Lucas 2:52

Creció. Pasó por los trece, los quince y los diecisiete. Y Hebreos dice de Él algo para leer pensando en tu hijo y pensando en ti:

«Porque no tenemos un sumo sacerdote que no pueda compadecerse de nuestras debilidades, sino uno que fue tentado en todo según nuestra semejanza, pero sin pecado.» — Hebreos 4:15

Cuando oras por tu hijo adolescente, no le hablas a un Dios que no sepa lo que es esa edad. Y el versículo siguiente es para ti, que no sabes cómo llegar a él: «Acerquémonos, pues, confiadamente al trono de la gracia, para alcanzar misericordia y hallar gracia para el oportuno socorro» (Hebreos 4:16). Ese sumo sacerdote no te espera con un examen sobre cómo lo has criado. Te espera con misericordia.

Orar sin convertirlo en un sermón

Con un adolescente, la oración por él y la conversación con él tienen que ir por carriles distintos: si cada vez que le hablas acaba en Dios, va a aprender a no hablarte. Nada de lo que sigue sirve para convertirlo, porque eso no está en tu mano. Sirve para no cerrar tú la puerta que él ha dejado entornada:

Oración por un hijo adolescente que ya no te habla

Ya no me cuenta lo que le pasa, Señor, y me duele más de lo que digo.
Tú tuviste esa edad. Tú sabes lo que hay detrás de esa puerta.
Ojalá me lo contara todo; tú sabes cuánto. Que no se quede sin nadie a quien contárselo.
Guárdale la vida. Si se está haciendo daño, que no lo pase a solas, y que yo no mire hacia otro lado.
Dame paciencia para escuchar sin sermonear, y firmeza sin humillar.
Y lo que no entiendo, lo guardo aquí, delante de ti, como hizo María.

Cerca de la puerta

La escena del templo termina con Jesús volviendo a Nazaret con sus padres. La angustia de aquellos tres días no rompió la casa. Y María tampoco lo entendió todo después: un día fue con sus hermanos a buscarlo (Marcos 3:31). Pero no se fue: Juan la pone junto a la cruz (Juan 19:25).

Si hoy tu hijo es una puerta cerrada, no la eches abajo: quédate cerca. Con una excepción que no es pequeña: si detrás de esa puerta hay cortes, o te ha dicho que no quiere seguir viviendo, ya no se espera a que se abra sola. Se entra con calma, se le pregunta sin gritos ni castigo, y hoy mismo se pide ayuda: aquí tienes cómo.

Si lo que te preocupa ya no es su silencio sino su fe, te espera otro texto: mi hijo se ha alejado de Dios. Y para orar por todos tus hijos, cómo orar por tus hijos cuando no sabes qué pedir.

No es un manual para padres ni un pronóstico sobre tu hijo. «La casa del número 48» cuenta desde dentro unos años en los que por fuera yo seguía de pie, y cómo Cristo me encontró.

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