Lo primero no es qué hacer. Es soltar lo que no te toca llevar.
Me han escrito por esto más de una vez, casi siempre de noche, y casi siempre empezando igual: pidiendo perdón. «Perdona que te moleste con esto.» Y después, en dos líneas, la única frase que importaba: mi hijo ya no quiere saber nada de Dios.
Luego viene la misma pregunta, escrita de mil maneras distintas. ¿En qué me equivoqué?
Antes de nada: si lo que hay no es solo distancia
Si lo que está pasando en tu casa no es que tu hijo haya dejado de creer, sino que hay drogas, autolesiones, una pareja que le controla, o le ha dicho a alguien que no quiere seguir viviendo, entonces esto no es un problema espiritual y no se resuelve leyendo. Si hay peligro ahora, los servicios de emergencia de tu país. Y si no lo hay ahora pero lo hay, empieza por tu médico de cabecera — también atienden a la madre o al padre cuando el que consume no quiere ir. Aquí tienes a quién acudir. Pedir esa ayuda no es haber perdido la fe: es hacerle caso a lo que estás viendo.
Eso no es una factura a tu nombre
Volvamos a la pregunta, porque mientras siga encima de la mesa no vas a poder hacer nada de lo demás. La estás cargando tú, y hay un capítulo entero de la Biblia dedicado a decirte que no es tuya.
Ezequiel escribe en un momento en que su pueblo se había hecho famoso por un refrán: que la culpa se hereda. Dios le manda decir esto:
«El alma que pecare, esa morirá; el hijo no llevará el pecado del padre, ni el padre llevará el pecado del hijo; la justicia del justo será sobre él, y la impiedad del impío será sobre él.» — Ezequiel 18:20
Léelo al revés de como sueles leerlo. Casi siempre se cita para consolar al hijo que viene de una casa donde lo pasó mal. Pero está escrito en las dos direcciones, y la segunda mitad es la tuya: ni el padre llevará el pecado del hijo. Delante de Dios, tu hijo responde de lo suyo, y eso no pasa por tu firma.
Ya sé lo que estás pensando, porque es el versículo que te habrán tirado encima más de una vez:
«Instruye al niño en su camino, Y aun cuando fuere viejo no se apartará de él.» — Proverbios 22:6
Si eso fuera una garantía mecánica —metes esto, sale aquello—, el primer desmentido estaría dentro de la propia Biblia. Y ahí está. Del profeta Samuel, que sirvió a Dios toda su vida y juzgó a Israel con las manos limpias, se escribe esto de sus hijos:
«Pero no anduvieron los hijos por los caminos de su padre, antes se volvieron tras la avaricia, dejándose sobornar y pervirtiendo el derecho.» — 1 Samuel 8:3
El texto no dice ahí que fuera culpa suya. Dice que no anduvieron por sus caminos, y punto.
Y ahora la otra mitad, que también está en el mismo libro y no me la voy a saltar: al sacerdote Elí, unos capítulos antes, Dios sí le reprocha lo de sus hijos — «porque sus hijos han blasfemado a Dios, y él no los ha estorbado» (1 Samuel 3:13). O sea que la Biblia tiene los dos casos, y por eso ninguno de los dos sirve para cerrar el asunto de un golpe. El de Elí impide usar Ezequiel 18 para no mirar nada. El de Samuel impide dar por hecho que si tu hijo se fue es porque fallaste. Con los dos delante, la única salida honrada es mirar lo tuyo sin cargar con lo que no lo es.
Lo tuyo, si lo hubo, es esto: gritos, ausencia, comparaciones, una religión usada como vara. Eso se repara pidiendo perdón por lo concreto, y se cierra. No es la explicación de la vida entera de un adulto, y no tiene por qué volver a abrirse cada noche. De eso hablo aparte.
Dónde tenía puestos los ojos aquel padre
La historia que todo el mundo conoce se cuenta casi siempre desde el hijo. Léela una vez desde el otro:
«Y levantándose, vino a su padre. Y cuando aún estaba lejos, lo vio su padre, y fue movido a misericordia, y corrió, y se echó sobre su cuello, y le besó.» — Lucas 15:20
Mira dónde está el detalle: cuando aún estaba lejos, lo vio su padre. Para ver a alguien que todavía está lejos hay que llevar mucho tiempo mirando hacia allí. El texto no dice que el padre fuera a buscarlo, ni que le mandara recados, ni que le pusiera condiciones para volver. Dice dónde tenía los ojos.
Y dice otra cosa: el que corrió fue el padre. El hijo venía andando y con un discurso preparado. El padre no esperó a oírlo entero.
Eso no es una técnica. Es una postura. Y es casi todo lo que puedes hacer tú: seguir mirando hacia esa carretera sin convertir cada llamada en un examen.
Job sostenía a unos hijos que no podía ver por dentro
Hay una escena muy pequeña al principio del libro de Job que a mí me ha sostenido en más de una noche. Y la voy a contar entera, porque contada a medias se convierte en una promesa falsa:
«Porque decía Job: Quizá habrán pecado mis hijos, y habrán blasfemado contra Dios en sus corazones. De esta manera hacía todos los días.» — Job 1:5
Quizá. Job no lo sabía. No tenía acceso al corazón de sus hijos, igual que tú no lo tienes al de tu hijo por mucho que le hayas cambiado los pañales. Y ese no saber no le paró: el versículo dice que se levantaba de mañana y ofrecía holocaustos por cada uno de ellos, todos los días, sobre un «quizá».
Y ahora lo que hay que decir: a Job todo aquello no le compró un seguro. Los pierde a los diez en ese mismo capítulo. Si has llegado hasta aquí buscando la fórmula que garantice el regreso de tu hijo, este libro es el primero que te la niega, y por eso me fío de él.
Lo que sí queda de Job es la postura, que es la que te toca: alguien que no puede entrar en el corazón de sus hijos y lo pone, cada día, en manos de Quien sí puede.
Lo que sí puedes hacer esta semana
Ninguna de estas cuatro cosas convierte a nadie, y ninguna cambia lo que Dios piensa de ti: eso lo cerró Cristo antes de que tú fueras padre. Son solo las que te devuelven a tu sitio, que ya es bastante. Con una basta, y no hace falta que sea la primera.
- Quítale a la relación el peaje religioso. Que hablar contigo no cueste siempre una conversación sobre Dios. Si cada llamada acaba en el mismo sitio, hablar contigo se le va haciendo cuesta arriba — y eso sí tiene arreglo por tu lado, esta misma semana. Pasar siete días preguntando solo por su vida no es rendirse: es dejar de cobrar entrada. (Esto es para un hijo adulto. Si el tuyo todavía vive en tu casa, sigues siendo su padre y las normas de la casa siguen siendo tuyas: lo que se quita es el peaje, no el gobierno.)
- Pide perdón por lo tuyo, y solo por lo tuyo. Corto, sin explicar, sin «pero». Así de corto: «Hubo cosas que te hice en casa y no estuvieron bien. Lo siento.» Punto, y sin párrafo detrás. Si no contesta, tú ya lo has soltado, y eso no te lo devuelven.
- Escribe lo que le pides a Dios. En un papel o en el teléfono, donde no lo vea nadie. No para llevar la cuenta de lo que Dios te debe, sino porque quien ora de memoria acaba orando cada noche el miedo del día. Escribirlo te obliga a pedir una cosa concreta en vez de repetir la angustia entera.
- Búscate a una persona que lo sepa. Una, de fuera de casa, capaz de oírte decir esto sin sacar conclusiones sobre cómo lo criaste. Si hoy no la tienes, escríbelo igual en una nota del teléfono y léelo mañana en voz alta: cuenta lo mismo.
Una oración para esta noche
La escribo para decirla tal cual, en voz alta o por dentro. Empieza donde la dejó un padre que llevaba años con un hijo enfermo, justo después de que Jesús le pusiera la fe por delante:
«E inmediatamente el padre del muchacho clamó y dijo: Creo; ayuda mi incredulidad.» — Marcos 9:24
Padre, te traigo a mi hijo otra vez, y ya no sé decírtelo de otra manera.
No vengo a hacer otra vez la lista de lo que hice mal. Ya la has visto entera, y no me pides que la repita.
Vengo porque Jesús me abrió la puerta.
Yo no puedo entrar donde está mi hijo. Tú sí.
Enséñame a estar cerca sin ahogarle, y a callar cuando hablar sea solo mi miedo.
Creo; ayuda mi incredulidad.
Y si esta noche solo me sale decir su nombre, quédate con eso.
Lo último
Hay una promesa en Isaías que se suele citar suelta, y conviene ver a quién se la dicen. El versículo de antes lo aclara: «Pero Sion dijo: Me dejó Jehová, y el Señor se olvidó de mí» (Isaías 49:14). Le habla a alguien que se siente olvidado por Dios. Y le contesta así:
«¿Se olvidará la mujer de lo que dio a luz, para dejar de compadecerse del hijo de su vientre? Aunque olvide ella, yo nunca me olvidaré de ti.» — Isaías 49:15
O sea que esa frase, esta noche, no es para tu hijo: es para ti. Si el que se siente olvidado eres tú —el que lleva años orando y viendo lo mismo—, la promesa te está mirando a la cara.
Y de paso deja claro cómo mide Dios estas cosas. Tú no te olvidas de tu hijo ni cuando duermes. Él dice que aguanta más que eso.
Tu hijo no se ha salido del alcance de Dios por haberse salido del tuyo. Son dos distancias distintas, y solo una de las dos depende de una carretera.
Yo estuve lejos, en el fondo del pozo. Cómo salí está en el libro más personal que he escrito.
Lee «La casa del número 48»