Hay gente a la que Dios perdonó hace años y que sigue pagando intereses todos los días.

«Sé que Dios me perdonó. El que no puedo perdonarme soy yo.» Me han escrito esa frase tantas veces que ya sé lo que viene detrás: alguien decente, que hizo algo de lo que se avergüenza, que lo confesó de verdad, y que lleva años cobrándose una deuda que Dios dio por cerrada.

Suena a humildad. Suena incluso a que te lo tomas en serio. Pero míralo de frente un segundo: lo que estás diciendo es que tu tribunal es más exigente que el de Dios. Que Él se conformó y tú no. Que su veredicto está bien para los demás, pero para tu caso hacía falta algo más.

Y eso no es humildad. Es tener una opinión más alta de tu criterio que del suyo.

Lo que Dios hizo con eso, exactamente

La Biblia no dice que Dios «pase página» ni que «lo entienda». Usa imágenes mucho más físicas, y conviene leerlas despacio, porque están escritas para gente que no se lo creía:

«Cuanto está lejos el oriente del occidente, hizo alejar de nosotros nuestras rebeliones.» — Salmo 103:12

Fíjate en la medida que elige. No dice del norte al sur, que es una distancia que se puede recorrer: si caminas hacia el norte, llega un punto en que empiezas a bajar hacia el sur. Del oriente al occidente no. Puedes andar hacia el este toda tu vida y no alcanzas nunca el oeste. Eligió la única distancia que no se cierra.

Y en Miqueas hay otra imagen que a mí me desarmó:

«El volverá a tener misericordia de nosotros; sepultará nuestras iniquidades, y echará en lo profundo del mar todos nuestros pecados.» — Miqueas 7:19

En lo profundo del mar. No en la orilla, donde la marea te lo devuelve cada mañana. Si tú lo estás sacando a flote todos los días, no lo estás sacando de donde Dios lo puso: lo estás sacando de donde lo pusiste tú.

Perdonarte no es sentirte bien

Aquí está el malentendido que alarga esto años. Mucha gente cree que se habrá perdonado el día que deje de doler. Y entonces espera. Espera a sentir algo que nunca llega, y como no llega, concluye que no está perdonada.

El perdón de Dios no es un sentimiento tuyo: es un hecho suyo. Y viene con condición y con promesa en la misma frase:

«Si confesamos nuestros pecados, él es fiel y justo para perdonar nuestros pecados, y limpiarnos de toda maldad.» — 1 Juan 1:9

Lee otra vez las dos palabras que definen a Dios ahí: fiel y justo. No dice «bondadoso», que sonaría a que te hace un favor y podría no hacértelo. Dice justo: en el sentido de que no puede cobrar dos veces la misma deuda. Si Cristo la pagó, cobrártela tú a ti mismo no añade nada. Solo te desangra despacio.

Cuando tu corazón te dice lo contrario

Habrá días en que te acuestes convencido de que eres exactamente lo peor que hiciste. Juan escribía para gente así, y no le discute el sentimiento: le pone algo encima.

«Pues si nuestro corazón nos reprende, mayor que nuestro corazón es Dios, y él sabe todas las cosas.» — 1 Juan 3:20

Mayor que tu corazón. Tu corazón conoce tu peor noche; Dios la conoce también, y además conoce lo que va a hacer contigo después. Tú tienes el expediente. Él tiene el expediente y la sentencia.

Y su oferta sigue en pie con una franqueza que casi incomoda:

«Venid luego, dice Jehová, y estemos a cuenta: si vuestros pecados fueren como la grana, como la nieve serán emblanquecidos.» — Isaías 1:18

Qué hacer mañana por la mañana

No te voy a decir que te lo repitas delante del espejo. Eso no ha sanado a nadie. Te digo tres cosas concretas:

1. Ponle nombre a lo que hiciste, una vez y en voz alta, delante de Dios. Sin adornos y sin excusas, pero también sin exagerar. Mucha gente confiesa en general («soy un desastre») porque en general no duele; en concreto, sí. Confiesa en concreto, y termina.

2. Cuando vuelva —y va a volver—, no vuelvas a confesarlo. Responde. Algo tan sencillo como: «eso ya está en el fondo del mar; no voy a bucear». Repetir la confesión veinte veces no es piedad: es no creerte la primera.

3. Si hay alguien a quien puedes reparar algo, hazlo. No para pagar tu culpa, que no está en venta, sino porque el amor repara lo que rompe. Y si repararlo haría más daño a esa persona, no lo hagas: entonces tu reparación es no volver a acercarte.

Una cosa más, porque me sé cómo funciona esto: si lo que no consigues perdonarte es haber vuelto a caer en algo que ya dejaste, ese no es un problema de perdón sino de otra cosa, y de eso escribí aquí.

Él no va a entrar a discutirte esto a la fuerza. Nunca lo hace. «He aquí, yo estoy a la puerta y llamo; si alguno oye mi voz y abre la puerta, entraré a él» (Apocalipsis 3:20). Llama, y espera. Lo que hay que abrir hoy es la puerta de esa habitación donde te tienes preso.

«JAH, si mirares a los pecados, ¿quién, oh Señor, podrá mantenerse? Pero en ti hay perdón, para que seas reverenciado.» — Salmo 130:3-4

Sanar de lo que uno mismo rompió es de lo que hablo en este libro.

Lee «El día que el amor me falló»

o cómpralo directamente en Amazon →

¿Le serviría a alguien? Compártelo.