Honrar no es fingir que no pasó. Y no es obedecer para siempre.

Hay una culpa muy concreta que llega los domingos por la tarde, cuando el teléfono está en la mesa y llevas tres semanas sin marcar ese número. No es la culpa de haber hecho algo mal. Es la de no querer hacerlo. Y encima, alguien te ha recordado que hay un mandamiento sobre esto.

Así que vas por la vida con dos cosas que no encajan: lo que recuerdas de tu casa, y la sospecha de que un cristiano de verdad ya lo habría superado.

Si esto no es un recuerdo, sino algo que sigue pasando

Si lo que hay ahora mismo son golpes, amenazas, alguien que te controla el dinero o el teléfono, o algo que afecta a un menor, entonces nada de lo que viene después te obliga a exponerte. Ningún versículo de esta página te pide que vuelvas a estar a solas con quien te hace daño. Eso se cuenta fuera, a alguien que no sea de ese círculo, y si hay delito se denuncia a la policía. Aquí tienes a quién acudir. Y si en tu caso ya no está pasando pero todavía te encoges al recordarlo, sigue leyendo: el mandamiento no es lo que te dijeron.

Qué dice, exactamente

«Honra a tu padre y a tu madre, para que tus días se alarguen en la tierra que Jehová tu Dios te da.» — Éxodo 20:12

Eso es todo. Ahí no pone perdona, ni olvida, ni finge, ni justifica, ni «no cuentes lo que pasó». Tampoco pone que tengas que sentir algo determinado. Honrar es un trato, no un sentimiento. Y a un trato se le pueden poner condiciones sin dejar de cumplirlo.

Pablo lo recoge siglos después, y conviene ver lo que hace con él:

«Honra a tu padre y a tu madre, que es el primer mandamiento con promesa;» — Efesios 6:2

Dos versículos antes ha escrito otra cosa distinta, dirigida a otra gente:

«Hijos, obedeced en el Señor a vuestros padres, porque esto es justo.» — Efesios 6:1

Pone las dos juntas y no las mezcla. A los hijos que están en la casa les dice obedeced. Y luego cita el mandamiento, que dice honra. Son dos palabras distintas porque son dos cosas distintas. La obediencia tiene una edad; la honra, no. Que sigas debiendo honra a los cuarenta no significa que sigas debiendo obediencia. Ese salto lo da mucha gente sin darse cuenta, y es el que convierte a un adulto en un niño cada vez que entra por esa puerta.

Y hay que decir lo que viene dos versículos más abajo, porque es del mismo párrafo: a los padres se les prohíbe expresamente provocar a ira a sus hijos. Aquel código no era de sentido único. Iba dirigido a una casa con hijos dentro, igual que el «obedeced» —así que no sirve para pasarle hoy la factura a nadie—, pero sí para quitarte de encima la idea de que los deberes eran solo tuyos. En la casa donde creciste había dos partes con obligaciones, y una de ellas no eras tú.

Jesús explicó una vez qué es deshonrar, y no es lo que crees

Cuando Jesús se para a decir en qué consiste romper este mandamiento, lo pone en dos mitades. Primero recuerda el mandato:

«Porque Dios mandó diciendo: Honra a tu padre y a tu madre; y: El que maldiga al padre o a la madre, muera irremisiblemente.» — Mateo 15:4

Y después señala a quién está acusando, que es lo que sorprende:

«Pero vosotros decís: Cualquiera que diga a su padre o a su madre: Es mi ofrenda a Dios todo aquello con que pudiera ayudarte,» — Mateo 15:5

«ya no ha de honrar a su padre o a su madre. Así habéis invalidado el mandamiento de Dios por vuestra tradición.» — Mateo 15:6

Lo que denuncia es a un hijo que deja a sus padres sin lo que necesitan para vivir y se esconde detrás de una excusa religiosa para no ayudarles. Así que el suelo del mandamiento tiene dos partes: no dejarlos tirados, y no maldecirlos. Ni una ni otra te obligan a estar en la misma habitación que ellos.

Y ese suelo está mucho más abajo de donde te lo pintaron. Se puede pisar sin verles: pagando lo que haga falta, dejando organizado quién les atiende, contestando cuando llame un médico, avisando a quien corresponda. Honrar se puede hacer a través de otra persona. Lo que no se puede es mirar hacia otro lado y llamarlo obediencia.

Y no maldecirlos tampoco es lo que temes: no es prohibirte contar lo que pasó, ni nombrarlo, ni decírselo a un terapeuta. Es no dedicar tu vida a hablar mal de ellos. Contar la verdad de tu infancia no es maldecir a nadie.

Lo que honrar no incluye

Lo pongo en una lista porque casi todo el peso que llevas encima está aquí, y verlo escrito quita más de lo que parece:

Hay además una frase de Pablo que conviene leer con su vecindario delante, porque va en el bloque más exigente que escribió — el de bendecir al que te persigue y no devolver mal por mal:

«Si es posible, en cuanto dependa de vosotros, estad en paz con todos los hombres.» — Romanos 12:18

Y aun ahí, en medio de todo aquello, trae la salida dentro del propio versículo: si es posible, en cuanto dependa de vosotros. Pablo no era ingenuo. Sabía que la paz no siempre depende de una sola de las dos partes, y lo escribió justo donde más caro costaba admitirlo. Tu parte tiene un límite, y ese límite está escrito.

Lo que sí se puede hacer

Nada de esto te hace mejor hijo delante de Dios: ahí ya estás en paz, y no por lo que consigas esta semana. Esto es solo para que puedas vivir sin decidirlo cada domingo con la voz temblando. Con una basta.

Y si te quedaste sin nada

Hay quien llega hasta aquí y lo que tiene no es una relación mala: es un hueco. Un padre que no volvió, una madre que estaba y no estaba. Para eso hay un versículo que no promete que ellos cambien:

«Aunque mi padre y mi madre me dejaran, Con todo, Jehová me recogerá.» — Salmo 27:10

No dice que no te vayan a dejar. Da por hecho que puede pasar. Lo que promete es lo otro: que hay Alguien que recoge después.

Y para lo que quedó sin decir en aquella casa, la puerta sigue abierta por el otro lado: no hace falta llegar arreglado.

Una oración corta

Señor, tú sabes lo que pasó en aquella casa, y no necesito contártelo entero.
No vengo a decirte que ya no me duele.
No traigo la deuda de aquella casa en la mano: esa la pagó otro, y no la pagó conmigo.
Enséñame a honrar sin mentir y sin volver a ponerme donde me hicieron daño.
Y si un día me nacen ganas de cobrármelo, quítamelas.
Donde ellos no llegaron, llega tú.

Este libro lo escribí sobre el amor que falla y sobre cómo se vuelve a creer después. El primero que falla no siempre es una pareja.

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