Ser el único que cree en tu casa no es estar fallando. A Jesús le pasó en la suya, y está escrito.
Hay una soledad que no se parece a ninguna otra: la de creer dentro de una casa donde nadie más cree. No es estar solo. Es estar acompañado y tener que bajar la voz.
La reconoces por cosas pequeñas. Oras con la puerta cerrada. Ya no dices de dónde vienes el domingo. Aprendiste a no dar gracias en voz alta en la mesa porque alguien pone los ojos en blanco. Y cada tanto, en alguna comida, llega el comentario que te deja el resto del día torcido.
No todas las casas son lo mismo
Antes de nada, porque lo que viene después no vale para todos. Una cosa es una casa donde no creen y otra muy distinta una casa donde te hacen daño. Si en la tuya hay golpes, amenazas, control del dinero o del teléfono, o alguien que te impide salir, entonces nada de este artículo te está pidiendo que te quedes ahí para ganarles. Eso no es una prueba de fe, y aguantar no es lo que Dios te está pidiendo. Se cuenta fuera, a alguien que no sea de ese círculo, y si estás en peligro, a los servicios de emergencia de tu país. Aquí tienes a quién acudir.
A Jesús le pasó, y de la peor manera
Marcos cuenta una escena que no suele salir en las predicaciones:
«Cuando lo oyeron los suyos, vinieron para prenderle; porque decían: Está fuera de sí.» — Marcos 3:21
Los suyos. Su gente. Vinieron a llevárselo porque pensaban que se le había ido la cabeza. Y Juan, más adelante, lo dice todavía más seco:
«Porque ni aun sus hermanos creían en él.» — Juan 7:5
Si esto fuera cuestión de hacerlo bien, aquella casa habría creído la primera. No es cuestión de hacerlo bien.
Y el propio Jesús lo dejó dicho. Voy a citarlo entero, porque el trozo que se suele repetir es solo la mitad amable, y la mitad incómoda es la que de verdad te sirve:
«No penséis que he venido para traer paz a la tierra; no he venido para traer paz, sino espada.» — Mateo 10:34
«y los enemigos del hombre serán los de su casa.» — Mateo 10:36
Eso no es un accidente que se le escapó: reclama la autoría. La división que hay en tu casa la produjo Él al entrar. Y eso, por incómodo que sea, es mejor noticia que lo que tú te estabas contando, que era que la habías provocado tú por no saber explicarte. Ya lo había avisado Él, y sabía lo que costaba.
El versículo que te han vendido como garantía
Este te lo habrán citado más de una vez, casi siempre para animarte:
«Ellos dijeron: Cree en el Señor Jesucristo, y serás salvo, tú y tu casa.» — Hechos 16:31
Y con eso te has quedado esperando algo que no acaba de llegar, y sintiendo que quizá el fallo es tuyo. Vale la pena leer las líneas siguientes, que casi nunca se citan:
«Y le hablaron la palabra del Señor a él y a todos los que estaban en su casa.» — Hechos 16:32
«Y él, tomándolos en aquella misma hora de la noche, les lavó las heridas; y en seguida se bautizó él con todos los suyos.» — Hechos 16:33
Aquella casa entera oyó la palabra esa misma noche, y esa misma noche se bautizaron todos. Es la crónica de lo que pasó allí, no un contrato con tu apellido.
Ojo, que esto no es quitarle la promesa a nadie: Dios salva casas enteras y lo sigue haciendo. Lo que no está escrito en ninguna parte es el plazo. Ni que dependa de si tú lo has explicado bien. Y confundir las dos cosas es lo que te está haciendo daño cada noche.
Lo único que Jesús le mandó al que sí creyó
Hay un hombre al que Jesús acaba de cambiarle la vida entera, y quiere irse con Él. Jesús le dice que no, y le manda a otro sitio:
«Mas Jesús no se lo permitió, sino que le dijo: Vete a tu casa, a los tuyos, y cuéntales cuán grandes cosas el Señor ha hecho contigo, y cómo ha tenido misericordia de ti.» — Marcos 5:19
Léelo despacio, porque el encargo es mucho más pequeño de lo que tú te has puesto encima. No le manda convencerles. No le manda explicarles doctrina, ni ganar la discusión de la sobremesa. Le manda contar lo que le pasó a él. Su historia, en primera persona.
(Y hay que decir cómo acabó, que es el versículo siguiente: aquel hombre terminó publicándolo por toda la Decápolis. El encargo era pequeño; a él se le hizo grande solo.)
Eso lo puedes hacer tú. Y no hace falta que sea de una sentada ni en la mesa, con todos delante — ahí te lo van a discutir. Puede ser una frase a una sola persona, en la cocina, el día que pregunte por qué estás distinto. La orden no trae fecha ni auditorio.
Cómo se habla sin que suene a sermón
Pedro escribe a gente que vivía rodeada de quien no creía, y al hablar le pone una condición que casi siempre se pasa por alto:
«sino santificad a Dios el Señor en vuestros corazones, y estad siempre preparados para presentar defensa con mansedumbre y reverencia ante todo el que os demande razón de la esperanza que hay en vosotros;» — 1 Pedro 3:15
No prohíbe hablar. Lo que hace es cambiar dónde pones el esfuerzo: la orden es estar preparado, y el escenario que describe es el de alguien que te pregunta. Dicho de otra manera: no tienes que estar buscando el momento; tienes que estar disponible para cuando llegue. Buscarlo se agota en unos meses. Lo otro aguanta años, que es lo que suele hacer falta.
Lo que no vas a poder hacer
Y aquí está el descanso, aunque al principio suene a lo contrario: tú no puedes convertir a nadie de tu casa. Ni con el argumento perfecto, ni con veinte años de buen ejemplo, ni con una vida intachable. Si pudieras, la casa de Nazaret habría creído antes que nadie.
Deja de medir tu obediencia por la respuesta de ellos. Es la única manera de que hablar con ellos no se te vuelva un trabajo.
Lo que sí puedes hacer esta semana
Nada de esto acerca a nadie a Dios por sí solo, y nada de esto cambia lo que Dios piensa de ti: eso lo cerró Cristo. Es para que tú aguantes el trayecto. Con una basta.
- Busca a una persona de fuera de esa casa. Una, no un grupo. Alguien que sepa cómo va esto contigo. Si en tu casa te revisan el teléfono, que sea alguien del trabajo, de clase, o a quien veas en persona: no hace falta que quede rastro.
- Ten preparada tu frase, por si preguntan. Dos líneas de lo que te pasó a ti, sin doctrina y sin discusión: «Yo estaba de una manera y ahora estoy de otra, y sé por quién.» Tenerla pensada es lo que evita el sermón improvisado que luego lamentas.
- Elige un sitio y una hora para orar que no dependan de la casa. El coche, el camino, el baño, los diez minutos antes de que se levante nadie. Que tu vida con Dios no la administre el humor de otro.
- Ora por ellos por su nombre, uno cada día. No por «que se conviertan» en bloque, que se convierte en una queja. Por uno, y por algo concreto suyo.
Y no lo hagas a solas
Esto es lo que más se descuida: quien cree a solas en casa suele acabar creyendo a solas del todo.
«Porque si cayeren, el uno levantará a su compañero; pero ¡ay del solo! que cuando cayere, no habrá segundo que lo levante.» — Eclesiastés 4:10
Si la iglesia te queda lejos o te hicieron daño en una, empieza por alguien que no tenga nada que ver con tu familia. De eso escribí aparte.
Y sobre los tuyos: no sé si un día creerán, y no te lo voy a prometer. Lo que sí sé es que Dios acaba poniendo cerca a alguien con quien se puede hablar de Él. A veces acaba siendo la gente de tu propia casa. Y mientras tanto, casi siempre es otra.
Una oración corta
Señor, cuida a los míos, aunque no te lo pidan ellos.
En esta casa nadie más te habla, y algunos días se me hace largo.
A ti tampoco te creyeron en tu casa, y aun así viniste. Por eso puedo entrar yo.
Enséñame a callar cuando toca callar, y a contar lo que hiciste conmigo cuando alguien pregunte.
Y no me dejes creer a solas.
Hay una casa concreta, con un número en la puerta, donde mi historia se partió en dos. De esa noche va este libro.
Lee «La casa del número 48»