Nadie se aleja de Dios de golpe. Te alejas como te alejas de una casa: sin querer, andando.
La distancia no se hace en un día. Un domingo que no vas. Una oración que se queda a medias. Un mes en que estás liado. Y una mañana te das cuenta de que hace un año que no hablas con Dios y de que ya no sabrías por dónde empezar.
Y lo que te frena no suele ser la duda. Es la cara. La sensación de que volver ahora sería un descaro, después de cómo te fuiste y de lo que hiciste mientras estabas fuera.
El discurso que el hijo llevaba preparado
En la historia del hijo pródigo hay un detalle que se pasa por alto y que lo es todo. El chico venía con un discurso ensayado: no soy digno de llamarme tu hijo, hazme como a uno de tus jornaleros. Traía su plan de reincorporación, con un puesto rebajado y todo.
Y entonces pasa esto:
«Y levantándose, vino a su padre. Y cuando aún estaba lejos, lo vio su padre, y fue movido a misericordia, y corrió, y se echó sobre su cuello, y le besó.» — Lucas 15:20
Cuatro cosas seguidas, y ninguna es la que el hijo esperaba.
«Cuando aún estaba lejos, lo vio.» Para verlo de lejos hay que estar mirando. Ese padre llevaba tiempo asomándose al camino. La cuestión no era si su hijo sería recibido: era cuándo aparecería.
«Fue movido a misericordia.» Antes del abrazo, antes de una sola palabra del hijo. No reaccionó a la disculpa: reaccionó a verlo.
«Y corrió.» Un hombre mayor de aquella cultura no corría; correr era indigno, había que recogerse la túnica y enseñar las piernas. Ese padre hizo el ridículo delante de todo el pueblo antes que dejar a su hijo dar cien metros más de vergüenza. Dios prefiere quedar mal a que tú llegues solo.
«Se echó sobre su cuello, y le besó.» Le abrazó oliendo a lo que olía. Nadie lo lavó primero.
El hijo llegó a soltar parte de su discurso. No le sirvió de nada, porque ya estaba dentro del abrazo cuando lo dijo.
Lo que no hace falta para volver
Déjame quitarte cosas de encima, porque probablemente estás esperando a tenerlas:
No hace falta que primero lo arregles. Si pudieras arreglarlo tú, no necesitarías volver. Ese orden —me limpio y luego voy— es exactamente el que la religión inventó y el evangelio deshizo.
No hace falta que sientas algo. Puedes volver seco. La mayoría de las vueltas de verdad son secas: se hacen por decisión, no por emoción, y el sentimiento aparece semanas después, si aparece.
No hace falta un momento especial. No esperes al retiro, al domingo o a estar más entero. La cocina, a las once de la noche, sirve.
Y no hace falta que sepas rezar bien. «Aquí estoy otra vez» es una oración completa.
El hermano mayor también está en esa historia
Hay una razón por la que a muchos les cuesta volver, y no está dentro de ellos: está en la puerta. En la misma parábola, el que se enfada por la fiesta es el hermano que nunca se fue.
Si alguna vez volviste y lo que te encontró fue una mirada por encima del hombro, un comentario, un puesto que ya no te dieron: siento de verdad que eso fuera lo primero que viste. Pero no confundas al hermano mayor con el padre. La casa la manda el padre, y el padre salió a buscarte. Si esa iglesia no te recibió, busca otra donde sí — no dejes que la torpeza de un hermano te cueste el Padre.
Cómo se hace, hoy
Sin ceremonia: habla con Él en voz alta, hoy, y dile dónde has estado. No es información nueva para Dios; es información que tú necesitas oírte decir. Después búscate una casa, una iglesia con gente que sepa tu nombre, porque volver a Dios sin volver a un pueblo suele durar tres semanas. Y no vuelvas de puntillas. Volver de puntillas es venir de visita: entra del todo, aunque entres roto.
Una cosa más, para que no te pille luego: es probable que las consecuencias de lo que hiciste sigan ahí después de volver. El abrazo es inmediato y algunas cosas se reconstruyen despacio. Que sigan ahí no significa que no te haya perdonado, y de eso escribí aquí.
Él no va a empujar la puerta. Lleva tiempo llamando: «He aquí, yo estoy a la puerta y llamo; si alguno oye mi voz y abre la puerta, entraré a él, y cenaré con él, y él conmigo» (Apocalipsis 3:20). Fíjate en cómo termina: la escena que Él tiene en la cabeza no es un juicio. Es una cena.
«Por la misericordia de Jehová no hemos sido consumidos, porque nunca decayeron sus misericordias. Nuevas son cada mañana; grande es tu fidelidad.» — Lamentaciones 3:22-23
Yo volví con esa cara. De ese camino de vuelta va este libro.
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