Casi nadie se castiga con un látigo. Se castiga trabajando, sirviendo y no permitiéndose nada bueno.

La culpa que no se resuelve no se queda quieta. Cobra. Y lo hace de formas que desde fuera parecen virtudes, que es lo que la hace tan difícil de ver.

Antes de seguir, y va primero: si castigarte ha llegado a hacerte daño en el cuerpo, a dejar de comer, a beber para dormir, o si has pensado que todo esto se arreglaría si tú no estuvieras, para de leer y díselo hoy a alguien —una persona de tu casa, tu médico, tu pastor—. Si estás en peligro ahora, llama a emergencias o al teléfono de atención a la conducta suicida de tu país. Nada de lo que hiciste justifica eso, y pedir ayuda no es debilidad de fe.

Las cuatro facturas

Trabajar sin parar. Mientras estás ocupado no hay silencio, y en el silencio es donde habla lo que no quieres oír. Mucha gente que no descansa no es que ame su trabajo: es que le tiene miedo a quedarse quieta.

No permitirte nada bueno. Un descanso, un plan que te apetece, una alegría sin motivo. Lo apartas con un «ahora no toca» que en realidad quiere decir «no me lo he ganado». Eso no es austeridad: es una multa que te pones tú.

Servir hasta caer. Esta es la más difícil de detectar, porque todo el mundo te felicita. Pero hay una manera de servir en la iglesia que no nace del amor sino de la deuda, y se reconoce por una cosa: si dejas de servir, te sientes en peligro. El amor descansa. La deuda no puede.

No dejar que te quieran. Alejas a la gente que te trata bien porque su cariño no te cuadra con lo que crees que mereces. Y así te aseguras de seguir teniendo razón.

Por qué esto no funciona nunca

Hay una razón por la que puedes llevar diez años pagando y no notar que la deuda baja: no es tu cuenta. Y encima, si pudieras pagarla, entonces la cruz sería un gesto amable pero innecesario.

Fíjate en cómo entra David en el Salmo 32, que es de los textos más honestos que hay sobre esto. Empieza describiendo su silencio:

«Mientras callé, se envejecieron mis huesos en mi gemir todo el día.» — Salmo 32:3

Callar le estaba costando el cuerpo. Y lo que rompe el ciclo no es un plan de mejora, es una frase:

«Mi pecado te declaré, y no encubrí mi iniquidad. Dije: Confesaré mis transgresiones a Jehová; y tú perdonaste la maldad de mi pecado.» — Salmo 32:5

Lo dice y ya está perdonado, en la misma frase. No hay periodo de prueba entre lo uno y lo otro. Ni una penitencia en medio.

La diferencia entre penitencia y reparación

Cuidado aquí, porque hay algo que sí hay que hacer y no quiero que lo tires con el resto.

La penitencia mira hacia dentro: sufres para sentirte pagado. No le sirve a nadie, y es infinita por definición, porque nunca sabrás cuánto es suficiente.

La reparación mira hacia fuera: haces algo concreto por la persona a la que hiciste daño. Devolver el dinero. Decir la verdad que negaste. Aceptar la conversación que llevas evitando. Eso sí, y cuanto antes.

La pregunta que las separa es sencilla: ¿esto le sirve a alguien, o solo me hace sentir que estoy pagando? Si no le sirve a nadie, no es reparación.

Con qué se sustituye

Un hábito no se quita, se cambia. Y lo que Hebreos propone para el que se siente en deuda es casi provocador:

«Acerquémonos, pues, confiadamente al trono de la gracia, para alcanzar misericordia y hallar gracia para el oportuno socorro.» — Hebreos 4:16

Confiadamente. No de rodillas y por la puerta de atrás: con la cara alta. Y el versículo anterior explica por qué se puede: porque el que está en ese trono «fue tentado en todo según nuestra semejanza, pero sin pecado» (Hebreos 4:15). No te va a mirar como quien no entiende de qué hablas.

En la práctica, tres cambios concretos:

1. Ponle nombre a la factura que estás pagando. Elige una de las cuatro de arriba, la que más te haya escocido. Esa es la tuya.

2. Haz una cosa buena que no te has permitido. Esta semana, pequeña, sin merecerla. Y aguanta la incomodidad, porque va a incomodarte.

3. Si el descanso te parece un lujo, es que ahí está la deuda. Parar no es un premio por haber sido bueno: es una orden de Dios, y de eso escribí aquí.

Lo que Dios pidió nunca fue tu sufrimiento. Con la mujer sorprendida en adulterio, que tenía delante un castigo real y a punto, dijo las dos mitades juntas: «Ni yo te condeno; vete, y no peques más» (Juan 8:11). No le puso una penitencia. Le quitó la condena y le dio un camino.

«Ahora, pues, ninguna condenación hay para los que están en Cristo Jesús, los que no andan conforme a la carne, sino conforme al Espíritu.» — Romanos 8:1

De agotarme intentando pagar lo que ya estaba pagado va este libro.

Lee «Por la fuerza de tu propio brazo»

o cómpralo directamente en Amazon →

¿Le serviría a alguien? Compártelo.