Cansarse de orar no es perder la fe. Hasta Moisés tuvo que sentarse en una piedra.

Llevas años orando por lo mismo. Por el mismo hijo, por la misma adicción, por la misma puerta cerrada, por la misma fe que no vuelve. Al principio orabas con lágrimas. Luego con fuerza. Ahora, algunas noches, ni siquiera sabes si todavía crees que sirve de algo.

Si estás ahí, no te voy a echar en cara el cansancio. La Biblia no lo hace. Y al final tienes una oración para cuando ya no te quedan fuerzas.

Si el cansancio ya es otra cosa

Hay un cansancio que se arregla durmiendo y otro que no. Si llevas semanas sin ganas de nada o has llegado a pensar que sería mejor no estar, díselo hoy a alguien: a tu médico, a alguien de tu casa, a tu pastor. Y si tu hijo lleva años en una adicción, también hay ayuda para ti, aunque él no la pida. Eso no es falta de oración: es una herida, y las heridas se tratan.

Los brazos de Moisés

Israel pelea contra Amalec en Refidim. Josué baja a la batalla, y Moisés sube a la cumbre de una colina con la vara de Dios en la mano (Éxodo 17:9-10). El texto cuenta algo raro, y te lo digo entero para que nadie te lo lea a medias: mientras Moisés tenía la mano en alto, Israel ganaba; cuando la bajaba, ganaba Amalec (Éxodo 17:11).

Aquello fue una señal de Dios para aquel día y aquella batalla, no la regla de cómo funciona tu oración por tu hijo: el texto ni siquiera dice que Moisés estuviera orando, sino que tenía en la mano la vara de Dios. Lo que el capítulo cuenta después es lo que sí es para ti:

«Y las manos de Moisés se cansaban; por lo que tomaron una piedra, y la pusieron debajo de él, y se sentó sobre ella; y Aarón y Hur sostenían sus manos, el uno de un lado y el otro de otro; así hubo en sus manos firmeza hasta que se puso el sol.» — Éxodo 17:12

Las manos de Moisés se cansaban. El hombre con el que Dios hablaba cara a cara (Éxodo 33:11) se cansaba de tenerlas en alto. Y no le exigieron más: le pusieron una piedra para sentarse y, a cada lado, a su hermano Aarón y a Hur.

La batalla, además, la peleaba Josué abajo:

«Y Josué deshizo a Amalec y a su pueblo a filo de espada.» — Éxodo 17:13

Y al acabar, Moisés no le puso a la victoria el nombre de sus brazos:

«Y Moisés edificó un altar, y llamó su nombre Jehová-nisi;» — Éxodo 17:15

Tus hijos no son Israel en Refidim, y tus brazos no son la vara. Lo que sí es para ti es lo que le pasó a Moisés cuando se cansó: no tuvo que seguir solo.

Elías debajo del enebro

Hay otro cansancio en la Biblia, todavía más hondo. Elías, poco después del monte Carmelo, huye al desierto, se sienta debajo de un enebro y le pide a Dios morirse (1 Reyes 19:4). Lo que Dios hace con él no empieza por un sermón:

«Y echándose debajo del enebro, se quedó dormido; y he aquí luego un ángel le tocó, y le dijo: Levántate, come.» — 1 Reyes 19:5

Durmió. Comió. Volvió a dormir. Y la segunda vez que el ángel lo despierta, le da un motivo:

«Y volviendo el ángel de Jehová la segunda vez, lo tocó, diciendo: Levántate y come, porque largo camino te resta.» — 1 Reyes 19:7

Elías había dicho que ya bastaba; Dios le contestó que quedaba camino, y que para andarlo hacía falta comer. Lo dejó dormir, lo despertó, le dio de comer, y solo después, en el monte Horeb, le habló. Si llevas años orando por un hijo, también te queda camino, y descansar es lo que te permite seguir a su lado. De eso hablo en el descanso también es obediencia.

Y si tú también has pedido no despertar, no eres peor creyente que Elías. Lo que Dios hizo con él tiene hoy una forma concreta: decírselo hoy mismo a alguien. Aquí tienes a quién.

Gente que murió sin verlo

Hay algo que la Biblia no esconde, y yo tampoco voy a esconderlo. Hebreos, hablando de los grandes de la fe, dice esto:

«Conforme a la fe murieron todos éstos sin haber recibido lo prometido, sino mirándolo de lejos, y creyéndolo, y saludándolo, y confesando que eran extranjeros y peregrinos sobre la tierra.» — Hebreos 11:13

Ojo: lo que ellos no vieron era algo que Dios sí les había prometido. A ti nadie te ha firmado que tu hijo vaya a volver, y no seré yo quien lo haga. Lo que este versículo te deja es esto: hay quien murió creyendo sin ver lo que esperaba, y Hebreos no lo pone en la lista de los que fallaron, sino en la de la fe.

Agustín de Hipona cuenta en sus Confesiones que su madre, Mónica, le rogó a un obispo que hablara con él. El obispo no quiso: le dijo que aún no estaba para escuchar a nadie, y le dio un consejo que vale para hoy: que lo dejara estar y que solo rogara por él al Señor. Ella siguió llorando e insistiendo, y el obispo, ya harto, la despidió con una frase que ella guardó toda la vida: que no podía perderse el hijo de esas lágrimas.

Agustín volvió a Dios años después, y Mónica llegó a verlo. Pero cuando lo contó, no les dio las gracias a las lágrimas: escribió el libro hablándole a Dios. Las lágrimas de su madre las oyó Dios; no lo compraron ellas. Agustín cuenta aquella frase como una respuesta de Dios a su madre, y era para ella y para ese hijo. Si el tuyo murió sin volver, no se escribió contra ti.

Cuando tú te cansas, Él no

Isaías se lo dice a un pueblo convencido de que Dios se había olvidado de su causa (Isaías 40:27):

«¿No has sabido, no has oído que el Dios eterno es Jehová, el cual creó los confines de la tierra? No desfallece, ni se fatiga con cansancio, y su entendimiento no hay quien lo alcance.» — Isaías 40:28

Tú te cansas. Él no. Y Pablo hace una pregunta que también es para ti:

«¿Quién es el que condenará? Cristo es el que murió; más aun, el que también resucitó, el que además está a la diestra de Dios, el que también intercede por nosotros.» — Romanos 8:34

¿Quién te va a condenar por estar sin fuerzas? Cristo murió, resucitó e intercede por los suyos. Si tú eres de los suyos, no estás delante de Dios a la intemperie, aunque esta noche no te salga ni una palabra.

Para seguir sin romperte

Si lo que no vuelve es su fe, de eso hablo aparte en mi hijo se ha alejado de Dios.

Oración para cuando te cansas de orar por tus hijos

Llevo mucho tiempo pidiéndote lo mismo, Señor, y hoy no me quedan fuerzas.
Si a veces dudo de que sirva de algo, tú ya lo sabes.
Tú no te cansas: lleva tú lo que yo ya no puedo llevar, y pon a alguien a mi lado para las noches en que no pueda.
Mientras no vea nada, enséñame a seguir esperando en ti, aunque no sepa cómo acaba.
Déjame descansar en que Cristo no ha dejado de interceder.

Aquella batalla

La peleó Josué, la sostuvieron una piedra, Aarón y Hur, y la firmó el Dios cuyo nombre puso Moisés en el altar.

Si hoy estás sin fuerzas, no tienes que sacarlas de donde no hay. Siéntate, llama a alguien y deja que el que no se cansa siga cuando tú ya no puedes. Y si quieres volver a empezar por lo más sencillo, está cómo orar por tus hijos cuando no sabes qué pedir.

Años orando con los brazos en alto cansan a cualquiera. «Por la fuerza de tu propio brazo» habla justo de eso: de cuando soltar el control ya no se siente como una derrota y empieza a ser libertad.

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