Nadie puede dejar las drogas por otro, ni siquiera una madre o un padre. Y que tu hijo siga consumiendo no prueba que lo hayas hecho mal.

Puede que hayas encontrado algo en su cuarto. O que falte dinero de tu cartera y no sea la primera vez. O que lo sepas por sus ojos, por la hora a la que llega, por cómo te jura que esta vez es la última. Y desde entonces te acuestas pensando dónde estará y te levantas buscando en su cara si anoche consumió.

Si es tu hija, o si lo que consume es alcohol, todo lo que sigue vale igual. Te cuento lo que sé de ahí dentro, lo que dice la Biblia de quienes llegan hasta ese punto y, al final, te dejo una oración para esta noche.

Si hay peligro esta noche

Si no responde, respira raro o no consigues despertarlo, no es momento de orar primero: llama a emergencias ya. Si se pone violento, sal de donde esté y llama a emergencias: protegerte a ti y a los demás de casa no es abandonarlo. Si te ha dicho que no quiere seguir viviendo, aquí tienes qué hacer hoy. Para todo lo demás, por aquí se empieza, con algo que pocos saben: en la mayoría de los sitios, los servicios de adicciones atienden también a la familia, y tú puedes pedir ayuda aunque tu hijo no la pida.

Y si has llegado aquí porque tu hijo ya no está, nada de lo que sigue es un reproche: esto es para ti.

Yo fui ese hijo

No te escribo desde fuera. Hubo una época en que mis únicos compañeros eran el alcohol y las drogas, y acabé en el suelo de una casa sucia, sin dinero, sin comida y rodeado de botellas vacías. Lo cuento entero en un libro; aquí solo va la parte que tiene que ver contigo.

El día que me fui, mi madre me puso en la mochila una Biblia vieja, con algunas páginas subrayadas. No hubo grandes discursos: un abrazo que duró un segundo más de lo normal, y esa Biblia. Yo no le di importancia y me fui.

Esa Biblia pasó meses olvidada en el fondo de un cajón. Una noche, en el peor momento de mi vida, me acordé de ella. La busqué, me senté en el suelo entre las botellas y le dije a Dios, sin preparar nada: «Si de verdad eres el Dios de la Biblia —del que mi mamá me hablaba de pequeño— sálvame».

Mi madre no estaba en aquella habitación, y no fue ella quien me sacó de allí. Lo que había hecho fue hablarme de Dios cuando era pequeño y, el día que me fui, darme esa Biblia. Nadie, ni siquiera ella, sabía que iba a pasar meses sin que nadie la abriera. No te cuento esto para prometerte que tu hijo vaya a terminar igual: no lo sé, y nadie puede prometértelo. Te lo cuento porque lo que dejas en la vida de un hijo puede pasar mucho tiempo sin que se vea, y no por eso se ha perdido.

Lo que el salmo no le esconde a nadie

El Salmo 107 describe ese sitio con una precisión que asusta. Habla de gente que no llegó hasta ahí por mala suerte:

«Fueron afligidos los insensatos, a causa del camino de su rebelión Y a causa de sus maldades;» — Salmos 107:17

«Su alma abominó todo alimento, Y llegaron hasta las puertas de la muerte.» — Salmos 107:18

El salmo no esconde que hubo un camino, y que lo anduvieron ellos. Hoy sabemos además que una adicción se agarra al cuerpo y necesita tratamiento. Las dos cosas son verdad a la vez, y ninguna anula a la otra. Y si has visto a tu hijo dejar de comer y consumirse delante de ti, la segunda línea no necesita explicación.

Lo que viene después es lo que más me importa del salmo:

«Pero clamaron a Jehová en su angustia, Y los libró de sus aflicciones.» — Salmos 107:19

«Envió su palabra, y los sanó, Y los libró de su ruina.» — Salmos 107:20

Pero clamaron. En el salmo, el grito fue de ellos. Tú puedes clamar por tu hijo —una madre cananea lo hizo por su hija, y Jesús le respondió—, pero no puedes arrepentirte por él ni querer salir por él. Eso es lo más duro de aceptar. Lo que sí puedes es pedirle a Dios que llegue ese día y que, cuando llegue, tu hijo sepa a quién clamar. Yo no puedo leer «envió su palabra» sin acordarme de aquella Biblia. No digo que el salmo hable de eso. Digo que a mí me pasó así.

Jesús entró en la casa del que todos señalaban

Antes de hablar de lo que puedes hacer tú, hay algo que ya está hecho. Lucas cuenta que Jesús pasaba por Jericó, y que un jefe de los publicanos llamado Zaqueo, rico y pequeño de estatura, se subió a un árbol porque entre la gente no alcanzaba a verlo (Lucas 19:1-4). Jesús se detuvo justo debajo:

«Cuando Jesús llegó a aquel lugar, mirando hacia arriba, le vio, y le dijo: Zaqueo, date prisa, desciende, porque hoy es necesario que pose yo en tu casa.» — Lucas 19:5

Zaqueo bajó deprisa y lo recibió con gozo, y entonces pasó lo de siempre: «todos murmuraban, diciendo que había entrado a posar con un hombre pecador» (Lucas 19:7). Si te pesa lo que dicen de tu hijo en la familia, en el barrio o en la iglesia, mira el orden: Jesús dijo delante de todos que iba a esa casa antes de que Zaqueo prometiera nada. El cambio vino después, y fue Zaqueo el que se puso en pie para decirlo (19:8). Jesús le contestó que ese día había llegado la salvación a aquella casa, porque él también era hijo de Abraham (19:9). Y añadió:

«Porque el Hijo del Hombre vino a buscar y a salvar lo que se había perdido.» — Lucas 19:10

Zaqueo no era un adicto, y no te voy a decir que tu hijo esté subido a un árbol buscando a Jesús. Lo que dice ese versículo es otra cosa, y es para ti: a tu hijo no lo buscas a solas. Hay Alguien que vino precisamente a buscar lo que se había perdido, y que no se avergüenza de entrar en ninguna casa.

Querer sin pagarle la caída

Hay cosas en tus manos; ninguna es salvarlo tú. Lo que sigue es para no estorbar, para no hundirte y para que la puerta siga donde tiene que estar:

Y si lo que consume a diario es alcohol o pastillas para dormir y un día te dice que lo deja de golpe, que sea con un médico: con esas dos cosas, cortar en seco puede ser peligroso. Aquí te explico por qué.

Oración por un hijo en las drogas

Señor, tú sabes dónde está esta noche, también cuando yo no lo sé.
Tú viniste a buscar lo que se había perdido: búscalo también aquí.
Cuida su vida esta noche, también en los sitios donde yo no puedo entrar.
Que el día que quiera salir sepa a quién clamar, y que no le falte quien le ayude a volver.
Cuando me pese lo que dicen, recuérdame que tú entraste en la casa del que todos señalaban.
Dame firmeza para no pagar su caída, y que, aunque tenga que poner límites, no se me cierre el corazón.
Si algo de ti quedó sembrado en esta casa, aunque hoy nadie lo vea, cuídalo tú.
Y sostenme también a mí, que esto no se lleva a solas.

Para el día que quiera leer algo

Si algún día tu hijo te deja hablarle de esto, no le mandes este texto: está escrito para ti. Para él escribí otro, desde el mismo suelo: de las adicciones a la libertad. Si llevas años en esto y ya no te quedan fuerzas ni para pedir, tienes un texto para esa noche en cuando te cansas de orar por tus hijos. Y si, además, se ha alejado de la fe, de eso hablo en mi hijo se ha alejado de Dios.

«La casa del número 48» es la historia de ese hijo contada desde dentro: el alcohol, las drogas, el suelo de una casa vacía y la Biblia de mi madre olvidada en un cajón. Trae además un capítulo entero sobre cómo se sale de una adicción. No es una promesa sobre tu hijo: es lo que me pasó a mí. Y si un día te deja dárselo, también está escrito para él.

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