Hubo una noche en que no sabía si iba a ver el amanecer. No porque tuviera miedo. Porque no quería verlo.
Las adicciones, el alcohol, un ruido interno que no se apagaba con nada. Por fuera sonreía cuando hacía falta. Por dentro estaba apagado. Y el problema con las almas que se apagan es que el cuerpo, tarde o temprano, se entera.
No te cuento esto desde un pedestal. Te lo cuento desde el fondo del pozo donde estuve.
Porque si estás ahí ahora —atrapado en algo que ya no controlas, prometiéndote que mañana paras y sin poder— necesito que sepas una cosa:
No hay pozo tan hondo del que Dios no pueda sacarte. Lo viví.
Mi salida no empezó con fuerza de voluntad. Empezó con rendición. El día que dejé de pelear solo y dejé que Dios entrara, algo cambió que yo nunca habría podido cambiar por mis propios medios.
La libertad no fue un rayo. Fue un proceso. Hubo recaídas, hubo días difíciles. Pero por primera vez no caminaba solo, y eso lo cambió todo.
Si hoy nadie apostaría por ti, recuerda esto: Dios no rescata vidas bonitas. Rescata aquellas por las que ya nadie apostaría. La mía. Quizá la tuya.
Tu peor capítulo no es el final del libro. Muchas veces es donde Dios empieza a escribir.
«Si el Hijo os libertare, seréis verdaderamente libres.» — Juan 8:36
El testimonio completo, pronto
Espera «La Casa del Número 48»