Es de los salmos que más se oran por los hijos, y con razón. Este texto no viene a quitártelo: viene a quitarte un peso que el salmo nunca te puso.

Hay madres que lo tienen impreso y pegado en la cocina. Otras lo dicen cada noche, hijo por hijo, cambiando el «tú» del salmo por el nombre de cada uno. Hay quien lo mete en la maleta del que se va de viaje o lo repite en la sala de espera de un hospital.

Orar con palabras de la Biblia es de lo más sano que se puede hacer cuando no te salen las tuyas, y este salmo se presta como pocos. Solo hace falta orarlo con todo lo que dice, porque leído a trozos promete cosas que no dice. Dos atajos antes de empezar: si estás ahora mismo en un hospital, ve directo a la oración; y si lo oraste y aun así tu hijo enfermó o ya no está, lee primero esto.

Lo que dice el salmo

Empieza así:

«El que habita al abrigo del Altísimo Morará bajo la sombra del Omnipotente.» — Salmos 91:1

«Diré yo a Jehová: Esperanza mía, y castillo mío; Mi Dios, en quien confiaré.» — Salmos 91:2

En el segundo versículo habla alguien en primera persona: diré yo. Antes de prometerle nada a nadie, el salmo pone a alguien a hablar con Dios. Después vienen las imágenes que todos conocemos —las alas, el terror nocturno, la saeta que vuela de día— y la frase que más pesa:

«Caerán a tu lado mil, Y diez mil a tu diestra; Mas a ti no llegará.» — Salmos 91:7

Dos versículos más abajo aclara a quién se lo promete, y llega el versículo que más se usa como amuleto:

«Porque has puesto a Jehová, que es mi esperanza, Al Altísimo por tu habitación,» — Salmos 91:9

«No te sobrevendrá mal, Ni plaga tocará tu morada.» — Salmos 91:10

Y después, la de los ángeles:

«Pues a sus ángeles mandará acerca de ti, Que te guarden en todos tus caminos.» — Salmos 91:11

«En las manos te llevarán, Para que tu pie no tropiece en piedra.» — Salmos 91:12

Lee el Salmo 91 entero

1El que habita al abrigo del Altísimo
Morará bajo la sombra del Omnipotente.

2Diré yo a Jehová: Esperanza mía, y castillo mío;
Mi Dios, en quien confiaré.

3Él te librará del lazo del cazador,
De la peste destructora.

4Con sus plumas te cubrirá,
Y debajo de sus alas estarás seguro;
Escudo y adarga es su verdad.

5No temerás el terror nocturno,
Ni saeta que vuele de día,

6Ni pestilencia que ande en oscuridad,
Ni mortandad que en medio del día destruya.

7Caerán a tu lado mil,
Y diez mil a tu diestra;
Mas a ti no llegará.

8Ciertamente con tus ojos mirarás
Y verás la recompensa de los impíos.

9Porque has puesto a Jehová, que es mi esperanza,
Al Altísimo por tu habitación,

10No te sobrevendrá mal,
Ni plaga tocará tu morada.

11Pues a sus ángeles mandará acerca de ti,
Que te guarden en todos tus caminos.

12En las manos te llevarán,
Para que tu pie no tropiece en piedra.

13Sobre el león y el áspid pisarás;
Hollarás al cachorro del león y al dragón.

14Por cuanto en mí ha puesto su amor, yo también lo libraré;
Le pondré en alto, por cuanto ha conocido mi nombre.

15Me invocará, y yo le responderé;
Con él estaré yo en la angustia;
Lo libraré y le glorificaré.

16Lo saciaré de larga vida,
Y le mostraré mi salvación.

Salmo 91, Reina-Valera 1960. Si lo oras por tus hijos, puedes decir el nombre de cada uno donde el salmo dice «tú».

El día que se lo recitaron a Jesús

Hay un detalle del Evangelio que cambia cómo se lee este salmo. En la segunda tentación que cuenta Mateo, el diablo llevó a Jesús a Jerusalén y lo puso sobre el pináculo del templo (Mateo 4:5). Para tentarlo no le dijo una mentira: le recitó el Salmo 91.

«y le dijo: Si eres Hijo de Dios, échate abajo; porque escrito está: A sus ángeles mandará acerca de ti, y, En sus manos te sostendrán, Para que no tropieces con tu pie en piedra.» — Mateo 4:6

Era el salmo, casi palabra por palabra, usado como garantía: si de verdad Dios te cuida, demuéstralo; tírate, que los ángeles están obligados a recogerte. Jesús no le discutió el salmo. Le contestó con otro versículo:

«Jesús le dijo: Escrito está también: No tentarás al Señor tu Dios.» — Mateo 4:7

Una promesa usada para forzarle la mano a Dios deja de ser confianza y se convierte en una prueba que le pones a Él. La Biblia a eso lo llama tentarlo. Y los ángeles sí llegaron, pero no cuando el diablo los llamó: una tentación después, cuando Jesús le dijo «Vete, Satanás» (4:10), «El diablo entonces le dejó; y he aquí vinieron ángeles y le servían» (Mateo 4:11).

Ahora piénsalo con tus hijos. No abrocharles el cinturón porque esta mañana ya dijiste el salmo, o no llevarlos al médico porque ya los cubriste: eso sí se parece al pináculo. Lo otro —vivir pensando que si una noche se te olvida, lo que les pase será culpa tuya— no es tentar a Dios. Es miedo, y es un peso que el salmo no te pone.

El que podía pedir doce legiones

La noche en que lo arrestaron, uno de los que estaban con Jesús sacó la espada, y Jesús le mandó guardarla. Y le dijo esto:

«¿Acaso piensas que no puedo ahora orar a mi Padre, y que él no me daría más de doce legiones de ángeles?» — Mateo 26:53

Podía pedirlos y no los pidió. El versículo siguiente dice por qué: «¿Pero cómo entonces se cumplirían las Escrituras, de que es necesario que así se haga?» (Mateo 26:54). Aquel al que el diablo le recitó lo de los ángeles subió a la cruz sin que ninguno lo bajara de allí. Esa noche eligió la cruz en lugar de los ángeles, para salvar a los que no podíamos salvarnos.

Por eso el Salmo 91 no se puede leer como si prometiera que a los que aman a Dios nunca les pasa nada. Al Hijo de Dios le pasó lo peor. Lo que el salmo promete de verdad lo dice él mismo al final, con la voz de Dios:

«Me invocará, y yo le responderé; Con él estaré yo en la angustia; Lo libraré y le glorificaré.» — Salmos 91:15

Con él estaré yo en la angustia. El salmo cuenta con que habrá angustia, y promete que no se pasará sin Dios. Y termina así: «Lo saciaré de larga vida, Y le mostraré mi salvación» (Salmos 91:16).

Si lo oraste, y aun así

Si dijiste este salmo cada noche por un hijo que enfermó, que tuvo el accidente o que ya no está, nada de lo que hay aquí quiere decir que lo dijeras mal ni que te faltara fe. Y tampoco le pasó porque tu hijo no creyera lo bastante: el salmo no es una lista de quién se libra. «A ti no llegará», dice el versículo 7, y es la frase que más duele cuando sí llegó. Hay quien lo ha orado con el corazón entero y no ha visto esa larga vida en esta tierra. A Jesús, que vivía al abrigo del Altísimo como nadie, lo mataron joven.

Pero en Él se cumplió el final del salmo como en nadie: no lo libró de la cruz, lo libró de la muerte. Pedro lo dijo así: «al cual Dios levantó, sueltos los dolores de la muerte, por cuanto era imposible que fuese retenido por ella» (Hechos 2:24). Esa es la esperanza que el salmo deja abierta para los que son de Él. Para esa noche escribí el duelo no se supera, se atraviesa, y si estás ahí, aquí tienes por dónde empezar.

Cómo orarlo por tus hijos

Nada de esto te quita el salmo. Te lo devuelve entero. Unas formas de orarlo que respetan lo que dice:

Oración con el Salmo 91 por tus hijos

Señor, lo digo yo primero, como dice el salmo: tú eres mi esperanza y mi castillo.
Te traigo a mis hijos. Que aprendan a vivir a tu abrigo, y no solo porque yo te lo pida.
Que conozcan tu nombre, y que un día te invoquen por sí mismos.
Cúbrelos con tus alas donde yo no llego.
Si esta noche uno de ellos está en peligro, no te vayas de esa habitación.
No quiero ponerte a prueba; quiero confiártelos.
Si viene la angustia, no los dejes pasarla sin ti.
Y si esta noche me vence el sueño antes del final, no se quedan sin cubrir: los cubres tú.

A la sombra

El salmo empieza con una imagen que no es de guerra: una sombra. Alguien que se queda debajo de otro más grande que él. Así puedes orar por tus hijos: sin montar guardia, quedándote bajo esa sombra y pidiendo que ellos encuentren el mismo sitio.

Si buscas una oración de protección más amplia, está en oración de protección para tus hijos. Y si quien te preocupa ha empezado a consumir, aquí tienes otro texto.

Si lo oras cada noche y la noche que se te olvida no duermes, no te falta fe: te sobra peso. «Por la fuerza de tu propio brazo» es para quien lleva años sosteniéndolo todo, también a sus hijos, y cuenta lo que pasa el día que por fin lo suelta.

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