A los quince días ya nadie pregunta. A los dos meses te dicen «tienes que salir». A los seis, si aún lloras, empiezan a mirarte raro.
El duelo es la única herida grave a la que le ponemos plazo desde fuera. A nadie con una pierna rota le dicen a las tres semanas que ya está bien de cojear. Con el alma sí lo hacemos, y encima creyendo que ayudamos.
Y en el mundo cristiano se añade una capa más, que hace todavía más daño: la idea de que estar triste es dudar. Que si tuvieras suficiente fe, esto no te dolería tanto. Eso no está en la Biblia. Eso lo pusimos nosotros.
Jesús lloró en la tumba de Lázaro sabiendo perfectamente que iba a resucitarlo cuatro versículos después.
Piénsalo bien, porque es de las cosas más sorprendentes de todo el evangelio. Él sabía el final. Sabía que aquella historia acababa bien. Y aun así se estremeció, se conmovió y lloró delante de todos.
Si el que tenía el poder de deshacer la pérdida lloró igual, entonces llorar no es un fallo del sistema. Es lo que hace el amor cuando pierde algo. La tristeza es el precio que pagamos por haber querido, y no hay forma de bajar ese precio sin renunciar a haber querido.
La Biblia, además, tiene un género entero para esto. Casi un tercio de los salmos son lamentos: reproches, preguntas sin respuesta, «¿hasta cuándo, Señor?». Dios no solo aguanta esas oraciones — las incluyó en su libro para que aprendiéramos a rezarlas.
Lo que sí ayuda
No te pongas fecha. El duelo no va en línea recta. Vas a tener un martes bueno y un jueves peor que la primera semana, y eso no significa que hayas retrocedido. Significa que es duelo.
Cuenta con las fechas señaladas. El cumpleaños, la Navidad, el aniversario. El cuerpo recuerda aunque tú no lleves la cuenta. Si sabes que viene, te pilla menos desarmado.
Di su nombre. Y deja que otros lo digan. Mucha gente calla el nombre por miedo a hacerte daño, y ese silencio duele más que la mención. Casi nadie quiere olvidar: lo que dan miedo es que el mundo siga como si nunca hubiera existido.
Pide ayuda si el suelo no vuelve. Hay un dolor que se atraviesa acompañado, y hay un dolor que se enquista y necesita a un profesional. Pedir esa ayuda no es poca fe, igual que ir al traumatólogo con la pierna rota no es poca fe. Dios también sana por manos que estudiaron para eso.
Y si estás en esa parte del camino donde no sientes nada, ni siquiera a Dios: no fuerces la alabanza. Quédate. La fe no siempre suena a canto. A veces solo suena a no irte.
«Jesús lloró.» — Juan 11:35
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