Una persona te falló. Y desde entonces te cuesta creer que el amor valga la pena.
Lo entiendo. La traición no solo rompe una relación. Rompe la confianza. Te deja revisando cada recuerdo, preguntándote en qué momento no viste lo que venía.
Pero quiero decirte algo con cuidado, porque sé que duele.
El amor humano puede fallar. El amor de Dios, nunca.
No te estoy diciendo que reprimas lo que sientes ni que perdones de un día para otro como si nada hubiera pasado. Sanar no es fingir. Sanar es dejar que Dios entre justo en la herida que intentas esconder.
No te rompieron para que te quedaras roto. Te rompieron para que descubrieras quién te sostiene.
Hubo un proceso en mi vida —y lo cuento en el devocional que escribí— en el que entendí que el problema no era que no supiera amar. Era que nunca había aprendido a recibir amor. Y eso solo lo sané cuando dejé que Dios me amara primero.
Tu identidad no la define quien se fue. La define Aquel que se quedó.
Hoy puede que aún duela. Mañana puede que también. Pero no estás caminando solo este proceso. Y tu historia no termina en la herida — termina en la restauración.
«Cercano está Jehová a los quebrantados de corazón.» — Salmos 34:18