Puedes pedirle a Dios que proteja a tus hijos. Lo que no te toca es montar guardia toda la noche como si dependiera de ti.
Hay padres que no pueden dormirse hasta que el último hijo llega a casa. Otros miran el teléfono cada diez minutos cuando el suyo va por carretera. Y otros, aunque los tengan durmiendo en el cuarto de al lado, se despiertan de madrugada con una imagen en la cabeza que no le cuentan a nadie.
Si te reconoces ahí, este texto es para ti, y al final tienes una oración para la noche en que no duermes. Antes de hablar del miedo, una distinción que importa.
Cuando el miedo tiene motivo
Si el miedo que tienes viene de algo real —alguien que le está haciendo daño a tu hijo, señales de que consume, de que se hace daño o de que alguien lo controla—, eso no se queda en la oración: hay que moverse hoy, y aquí tienes por dónde empezar. Si el miedo ya no te deja comer, dormir ni vivir, y no hay un peligro concreto detrás, eso se llama ansiedad y tiene tratamiento: cuéntaselo a tu médico. Ir no es tener poca fe, igual que no lo es tomar algo para la fiebre.
La oración que se vuelve un seguro
Hay una manera de orar por los hijos que nace del amor y que el miedo, sin que te des cuenta, convierte en un seguro: si esta noche no oro, si me olvido de decir su nombre, si me salto un día, le va a pasar algo. Y entonces la oración deja de ser hablar con Dios y se vuelve una guardia que no puedes abandonar ni una noche.
Hay un salmo que desmonta esa guardia:
«Si Jehová no edificare la casa, En vano trabajan los que la edifican; Si Jehová no guardare la ciudad, En vano vela la guardia.» — Salmos 127:1
En vano vela la guardia. No dice que sobre cuidar la casa. Dice que si el único que guarda es el guardia, está despierto para nada: tu vigilancia de madrugada no es lo que sostiene a tus hijos. Y el versículo siguiente termina con una frase para la madre o el padre que no duerme:
«Por demás es que os levantéis de madrugada, y vayáis tarde a reposar, Y que comáis pan de dolores; Pues que a su amado dará Dios el sueño.» — Salmos 127:2
Un versículo después, el salmo dice de dónde vienen los hijos: «He aquí, herencia de Jehová son los hijos» (Salmos 127:3). Vienen de Él. No te los diste tú, y no eres tú quien los sostiene.
Lo que Dios promete, y lo que no
La Biblia no promete que a los hijos de los que oran no les vaya a pasar nunca nada. Jesús lo dice con una imagen de las más francas del Evangelio:
«¿No se venden dos pajarillos por un cuarto? Con todo, ni uno de ellos cae a tierra sin vuestro Padre.» — Mateo 10:29
Los pajarillos caen. El texto no dice que no caigan: dice que ninguno cae sin el Padre. Jesús se lo dijo a los doce cuando los mandaba a un camino donde los iban a perseguir (Mateo 10:5 y 10:17), y justo antes les habló de gente que puede matar el cuerpo (10:28). No les prometió que no caerían. Les dijo que ni un pajarillo cae sin el Padre, y que ellos valían más que muchos pajarillos (10:31).
Si eso es verdad de los pajarillos, ninguno de tus hijos está fuera de su vista. Lo que puedes pedir es que Él sea también su Padre.
Y si tú ya viste caer a uno —un hermano en una carretera, un hijo—, este versículo no te pide que digas que estuvo bien. Te dice que no cayó sin el Padre. Si tu miedo de hoy tiene fecha y nombre, no es un miedo tonto: es memoria. También eso se puede hablar con alguien, y también eso se le lleva a Dios entero.
Dios sabe lo que es entregar a un hijo
Pablo escribe una frase que cambia cómo se ora por los hijos:
«El que no escatimó ni a su propio Hijo, sino que lo entregó por todos nosotros, ¿cómo no nos dará también con él todas las cosas?» — Romanos 8:32
Cuando le hablas a Dios de tus hijos, no le hablas a alguien que no sepa lo que es entregar a un hijo. Él entregó al suyo, y lo entregó por ti. Si no se guardó a su Hijo para salvarte, no te va a dejar a solas con lo que más te importa. Y por tus hijos puedes pedirle justo eso: que también sean suyos.
Unos versículos después, Pablo pone por escrito la lista de lo que puede pasar —«¿Tribulación, o angustia, o persecución, o hambre, o desnudez, o peligro, o espada?» (Romanos 8:35)— y la contesta así:
«Por lo cual estoy seguro de que ni la muerte, ni la vida, ni ángeles, ni principados, ni potestades, ni lo presente, ni lo por venir,» — Romanos 8:38
«ni lo alto, ni lo profundo, ni ninguna otra cosa creada nos podrá separar del amor de Dios, que es en Cristo Jesús Señor nuestro.» — Romanos 8:39
Ni la muerte: Pablo la nombra la primera. Esa es la seguridad que Pablo describe para los que son de Cristo, y es lo que puedes pedir para tus hijos: que la conozcan. Y si alguno de los tuyos ya cayó y no sabes qué había en su corazón al final, esa sentencia no te toca dictarla a ti. La tiene el mismo que no escatimó a su Hijo, y que conoce de él lo que tú no llegaste a ver.
Cómo se ora con miedo sin que el miedo ore por ti
Nadie deja de tener miedo por leer un artículo, y una oración que te obliga a decir «ya no tengo miedo» cuando lo tienes la vas a abandonar en la segunda línea. Lo que sí se puede hacer es quitarle el volante:
- Dile a Dios el miedo concreto, tal como lo ves. No «protégelos de todo mal», sino lo que de verdad te despierta: la carretera, esa amistad, esa fiesta. «Echando toda vuestra ansiedad sobre él, porque él tiene cuidado de vosotros» (1 Pedro 5:7): para echar algo encima de otro hay que saber qué es. Y el versículo siguiente pide estar alerta; no se trata de dejar de vigilar, sino de dejar de cargar a solas.
- Después del miedo, pide lo que de verdad quieres para ellos. El miedo pide que no les pase nada; el amor pide además que conozcan a Dios y que Él los guarde del mal. Las dos se pueden decir, y la segunda se dice en paz.
- Ponle un final a la oración. Di «amén» y levántate, aunque la tranquilidad no haya llegado. La oración no se mide por cómo te deja el estómago, sino por las manos en que has dejado lo que te preocupa.
- Si te despiertas otra vez, no empieces de cero. Ya se lo dejaste. Basta con decir «siguen en tus manos» y volver a la almohada.
Si lo que no te deja dormir no es solo el miedo por tus hijos sino la cabeza entera, de eso hablo en cuando la mente no se calla.
Oración de protección por tus hijos, para la noche en que no duermes
Tengo miedo por mis hijos, Señor, y no voy a fingir que no.
Tú ya sabes lo que veo cuando cierro los ojos.
Quisiera pedirte que nunca les pase nada.
Te pido, por encima de todo, que nada les pase sin ti.
Tú no te guardaste a tu propio Hijo: sabes lo que es esto. No me dejes a solas con este miedo.
Y si mañana el miedo regresa, te los volveré a dejar.
Antes de apagar la luz
El salmo que dice que en vano vela la guardia sigue, un versículo después, con un regalo y no con una tarea: a su amado dará Dios el sueño. Si hoy se te va el sueño pensando en tus hijos, puedes pedirle eso también.
No es dejar de quererlos. Es dejar de creer que los sostienes tú. Y si quieres una oración más amplia por tus hijos, está en cómo orar por tus hijos cuando no sabes qué pedir.
El miedo por un hijo es la forma más tierna de querer sostenerlo todo con tu propio brazo. «Por la fuerza de tu propio brazo» es para quien lleva años cargando solo con todo: cuando soltar deja de ser derrota y empieza a ser libertad.
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