Cuando a un hijo le rompen el corazón, a ti se te rompe un poco también. Y casi todo lo que te sale decirle llega antes de tiempo.

Lo oyes llorar al otro lado de la puerta. O te llama a deshoras y no le sale la voz. O, peor, no dice nada: deja de comer, se pasa el día con el teléfono en la mano esperando un mensaje que no llega y contesta «estoy bien» con una cara que dice lo contrario.

Tenga quince años o treinta y cinco, este texto es para ti, que ves sufrir a tu hijo o a tu hija y no sabes qué hacer con las manos. Qué decir y qué callar está más abajo, y la oración, al final.

Cuándo no es solo pena

Una ruptura duele, se llora y unos días no se come bien: eso es pena, y la pena no se arregla, se acompaña. Pero si pasan las semanas y no duerme, no come o no sale de la cama, o si te habla de no querer vivir o de hacerse daño, aquí tienes qué hacer hoy. Y si la persona que lo dejó lo controlaba, lo humillaba o ahora lo amenaza, eso es más que un desamor: aquí tienes cómo ayudarlo.

Una mujer a la que no eligieron

Hay en Génesis una historia de amor que pocas veces se cuenta desde el lado de quien la perdió. Jacob se enamoró de Raquel y trabajó siete años por ella (Génesis 29:18-20). La noche de la boda, Labán, el padre, le entregó a su otra hija, Lea, y Jacob no se dio cuenta hasta la mañana (29:23-25). Una semana después le dio también a Raquel, a cambio de otros siete años de trabajo (29:26-28). Y el texto lo dice sin rodeos:

«Y se llegó también a Raquel, y la amó también más que a Lea; y sirvió a Labán aún otros siete años.» — Génesis 29:30

Lea era la esposa que Jacob no había elegido. Y en el versículo siguiente aparece Dios mirando justo hacia ella:

«Y vio Jehová que Lea era menospreciada, y le dio hijos; pero Raquel era estéril.» — Génesis 29:31

Lo que pasó después se lee en los nombres que Lea les puso a sus hijos. Al primero lo llamó Rubén, y dijo: «Ha mirado Jehová mi aflicción; ahora, por tanto, me amará mi marido» (Génesis 29:32). Al segundo, Simeón: «Por cuanto oyó Jehová que yo era menospreciada, me ha dado también éste» (29:33). Al tercero, Leví: «Ahora esta vez se unirá mi marido conmigo» (29:34). Desde el primer hijo sabía que Dios la veía, y aun así seguía esperando que Jacob la mirara. Con el cuarto, el marido desaparece de la frase:

«Concibió otra vez, y dio a luz un hijo, y dijo: Esta vez alabaré a Jehová; por esto llamó su nombre Judá; y dejó de dar a luz.» — Génesis 29:35

No te voy a decir que Lea quedara curada a partir de ahí. Un capítulo después vuelve a decir «ahora morará conmigo mi marido» (Génesis 30:20). El corazón no sana en línea recta, y quien ha querido mucho a alguien vuelve a esperar aunque ya haya dicho que no espera. Si tu hijo hoy parece mejor y mañana vuelve a llorar, no ha retrocedido: está sanando como sana la gente.

Pero el texto deja escritas dos cosas más. La primera: Dios vio a Lea, y no le hizo falta que Jacob cambiara para mirarla. La segunda está mucho más adelante. De Judá, el hijo del «esta vez alabaré», viene la línea de Jesús: «nuestro Señor vino de la tribu de Judá» (Hebreos 7:14). El Salvador vino del hijo de la mujer a la que no eligieron. De la herida de tu hijo no tiene por qué salir nada parecido; lo que enseña este capítulo es que Dios mira donde nadie mira.

Él sabe lo que es que no te quieran

Un sábado, en la sinagoga de Nazaret, el pueblo donde se había criado, le dieron a Jesús el libro de Isaías, y leyó en voz alta para qué lo habían enviado. Entre otras cosas, esto:

«Me ha enviado a sanar a los quebrantados de corazón; A pregonar libertad a los cautivos, Y vista a los ciegos; A poner en libertad a los oprimidos;» — Lucas 4:18

Lo que leyó era Isaías 61, donde el enviado viene «a vendar a los quebrantados de corazón» (Isaías 61:1). Cuando terminó, enrolló el libro, se sentó con todos los ojos puestos en Él y dijo: «Hoy se ha cumplido esta Escritura delante de vosotros» (Lucas 4:21).

Y aquel mismo día supo lo que es que no te quieran. Al principio todos se maravillaban de sus palabras (4:22). Pero cuando les adelantó que le iban a pedir los milagros que había hecho en Capernaum, les dijo que ningún profeta es acepto en su propia tierra y les recordó a una viuda de Sarepta y a Naamán el sirio, dos extranjeros (4:23-27), los de su propio pueblo se llenaron de ira y lo llevaron a la cumbre del monte para despeñarlo (4:28-29). Él pasó por en medio de ellos y se fue (4:30).

Isaías lo había escrito siglos antes:

«Despreciado y desechado entre los hombres, varón de dolores, experimentado en quebranto; y como que escondimos de él el rostro, fue menospreciado, y no lo estimamos.» — Isaías 53:3

Fue menospreciado, como Lea. El Dios al que le hablas de tu hijo sabe por dentro lo que es que no te elijan. Y el versículo siguiente dice lo que hizo con eso: «Ciertamente llevó él nuestras enfermedades, y sufrió nuestros dolores» (Isaías 53:4).

Lo que ayuda, y lo que estorba

Ahora sí, lo práctico. Unas cuantas cosas que ayudan, y otras que, dichas con todo el cariño, estorban:

Oración por un hijo con el corazón roto

Le han roto el corazón, Señor, y a mí se me rompe un poco también.
Tú sanas a los quebrantados de corazón y vendas sus heridas: venda también estas.
Tú viste a Lea cuando nadie la miraba; mira hoy aquí, que yo no doy abasto.
Que no se crea la mentira de que vale menos porque alguien no se quedó.
Guárdame la lengua: que mi rabia no le quite el sitio donde hablar, ni le meta prisa para que se le pase.
Tú fuiste despreciado y desechado; esta pena no te es ajena.
Y si en su herida se me ha abierto una mía, cúrala también.

El que cuenta las estrellas

El Salmo 147 pone juntas dos frases que parecen no tener nada que ver:

«Él sana a los quebrantados de corazón, Y venda sus heridas.» — Salmos 147:3

«Él cuenta el número de las estrellas; A todas ellas llama por sus nombres.» — Salmos 147:4

El que lleva la cuenta de las estrellas, una por una y por su nombre, se agacha a vendar corazones. El salmo no dice que les explique nada: dice que venda. Esta noche puedes dejar a tu hijo en esas manos y quedarte a su lado sin tener que arreglarlo todo tú.

Si lo que buscas es orar por el amor que un día llegará a tus hijos, lo tienes en orar por quien un día amará a tus hijos. Y si además de la ruptura es adolescente y ha dejado de hablarte, aquí tienes otro texto.

A veces lo que más ayuda no es lo que le dices, sino algo que pueda leer a solas y a su ritmo. «El día que el amor me falló» es un devocional para ese lugar, y se puede regalar. Y si su ruptura te ha abierto una herida tuya, también es para ti.

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