Casi nunca es un pecado enorme. Casi siempre es una cosa pequeña que no quieres ni mirar.

Dos avisos antes de empezar, porque este texto puede hacer daño si llegas por el sitio equivocado. Si llevas semanas buscándote pecados y aun así no te quedas tranquila nunca, este artículo no es el tuyo: baja directamente a «Ahora la otra mitad» y luego vete a cuando te castigas por lo que hiciste. Lo de arriba no te va a ayudar: te va a dar material. Y si llevas mucho tiempo sin sentir nada, lee lo mismo primero: estar seco casi nunca es culpa de un pecado escondido.

Hay una escena en el Evangelio de Marcos que se cuenta casi siempre mal. Llega un hombre corriendo, se pone de rodillas y pregunta qué tiene que hacer para heredar la vida eterna. Ha cumplido los mandamientos desde joven y no está mintiendo. Y entonces pasa esto, que es lo que se salta todo el mundo:

«Entonces Jesús, mirándole, le amó, y le dijo: Una cosa te falta: anda, vende todo lo que tienes, y dalo a los pobres, y tendrás tesoro en el cielo; y ven, sígueme, tomando tu cruz.» — Marcos 10:21

Le amó, y luego le dijo. Ese orden es todo el artículo. Lo que viene después no es un examen de dureza: es lo que se le dice a alguien a quien ya se quiere.

El hombre se fue triste, «porque tenía muchas posesiones». Y Jesús no corrió detrás ni le puso otra cosa más fácil. No porque hubiera una tarifa —no la hay—, sino porque le había mirado y sabía exactamente dónde estaba su vida.

«Una cosa te falta» no significa lo mismo para todos

A ese hombre le nombró el dinero porque el dinero era lo suyo. No es una regla universal, y se comprueba fácil: a Leví le dijo «Sígueme» y no le pidió que vendiera nada (Lucas 5:27-28); y al hombre de Gadara, que quería irse con Él, le mandó justo lo contrario, «Vete a tu casa, a los tuyos» (Marcos 5:19). Por eso no puedes leer esa escena buscando qué toca vender. La pregunta que sí te toca es: ¿cuál es mi cosa?

Y casi nunca es espectacular. Aquí ya no hablo por ningún versículo, sino por lo que me cuentan, y lo que más se repite es esto: un rencor que ya se ha vuelto parte de la personalidad. Una relación que sabes que no puede seguir. Un plan que no estás dispuesto a soltar aunque Dios diga otra cosa. Un modo de ganarte la vida que no le puedes contar a nadie. El teléfono a las dos de la mañana. Una lealtad a alguien de tu familia por encima de todo lo demás.

Cosas pequeñas, muchas de ellas. Pero ocupan un sitio, y el sitio es el problema.

Y para que quede claro del todo, en Lucas hay otro rico al que Jesús no le pidió nada. Fue él quien dijo:

«He aquí, Señor, la mitad de mis bienes doy a los pobres; y si en algo he defraudado a alguno, se lo devuelvo cuadruplicado.» — Lucas 19:8

La mitad, no todo. Y la respuesta de Jesús fue que aquel día había llegado la salvación a esa casa. El asunto nunca fue el porcentaje. Era qué mandaba en cada uno de los dos.

Entregar no es reprimir

Aquí se confunden dos cosas muy distintas y el resultado hace daño. Reprimir es apretar los dientes y hacer como que aquello no existe: aguanta un tiempo y vuelve con intereses. Entregar es ponerlo delante de Dios con su nombre, decirle que lo quieres y que aun así se lo das.

Fíjate en cómo lo dijo Jesús la noche antes de beber una copa que nadie más podía beber. Lo que había dentro de esa copa no te toca a ti —para eso murió—; lo que sí puedes copiar es el orden de la frase. No fingió que le daba igual:

«Padre mío, si es posible, pase de mí esta copa; pero no sea como yo quiero, sino como tú.» — Mateo 26:39

Primero dijo lo que quería. Después lo entregó. Ese orden es el que hace que la entrega aguante, porque lo que no se ha dicho en voz alta no se ha soltado: se ha escondido.

Y si lo que tienes que soltar es una persona —una relación que sabes que no puede seguir—, eso no se hace de golpe ni se hace solo. Hay un texto aquí que es exactamente sobre eso: te quiere, pero te aleja de Dios.

Por qué esto tiene que ver con la cercanía

Hay una frase del Antiguo Testamento que suena dura y en realidad es un alivio. Un rey había desobedecido una orden y llegó con animales para el sacrificio, como quien compensa. Y le dijeron:

«Ciertamente el obedecer es mejor que los sacrificios, y el prestar atención que la grosura de los carneros.» — 1 Samuel 15:22

O sea: no puedes compensar con actividad religiosa lo que estás decidiendo no soltar. Muchos lo intentamos. Más servicio, más lecturas, más presencia en la iglesia. Y todo eso no mueve ni un milímetro la cosa que ya sabes.

Jesús lo dijo por el lado bueno:

«El que me ama, mi palabra guardará; y mi Padre le amará, y vendremos a él, y haremos morada con él.» — Juan 14:23

Fíjate en que no dice que la obediencia sea la entrada. Dice que es donde se hace morada. La entrada ya la pagó Él y no está en discusión: «Nosotros le amamos a él, porque él nos amó primero» (1 Juan 4:19). Esto no va de si te quiere. Va de que hay cuartos de tu casa con la puerta cerrada por dentro, y luego te preguntas por qué no te lo encuentras por el pasillo. Con una condición, y es importante: esto explica un tipo de sequedad. Si llevas meses sin sentir nada y ya has mirado y no hay ninguna puerta cerrada, entonces no es esto, y la explicación está unas líneas más abajo. No te la apliques por defecto.

Y si no puedes ni querer soltarlo

Esto hay que decirlo, porque el que llega aquí a veces ya lo ha intentado tres veces:

«ocupaos en vuestra salvación con temor y temblor, porque Dios es el que en vosotros produce así el querer como el hacer, por su buena voluntad.» — Filipenses 2:12-13

Las dos mitades, y en ese orden: te toca ocuparte, y a la vez ni las ganas son mérito tuyo. Hasta las ganas se piden. Si hoy lo único honesto que puedes decir es «no quiero soltarlo, y quiero querer», esa es una oración completa y es exactamente el sitio por donde se empieza. No tienes que llegar convencido; tienes que llegar.

Y si lo que hay debajo es una adicción, entonces esto no se arregla solo con entrega: se arregla con entrega y con ayuda de verdad, de la que tiene nombre y horario. Aquí está escrito aparte: recaí otra vez.

Ahora la otra mitad, que casi nadie escribe

Si has llegado hasta aquí buscando qué pecado escondido tienes, para y lee esto.

Estar seco no siempre significa que estés fallando en algo. Hay un hombre en la Biblia que se pasa casi todo el libro buscando a Dios sin encontrarlo —lo encuentra al final, y no porque diera con la fórmula: es que apareció Él—. Por el camino lo dice así:

«He aquí yo iré al oriente, y no lo hallaré; Y al occidente, y no lo percibiré; Si muestra su poder al norte, yo no lo veré; Al sur se esconderá, y no lo veré.» — Job 23:8-9

Y justo en medio de esos dos está el versículo que nunca se cita: «Mas él conoce mi camino; me probará, y saldré como oro» (Job 23:10). No lo encontraba, y a la vez sabía que Dios sí sabía dónde estaba él. Las dos cosas juntas, sin arreglar ninguna. Un versículo después añade de sí mismo: «Guardé su camino, y no me aparté». No estaba escondiendo nada. Y no lo encontraba.

Y hay un salmo, el 88, que empieza llamando a Dios «Dios de mi salvación» y cuyo último versículo es este:

«Has alejado de mí al amigo y al compañero, Y a mis conocidos has puesto en tinieblas.» — Salmo 88:18

Ahí se acaba. No hay giro final, no hay «pero yo confiaré». Está en la Biblia tal cual, y está porque hay temporadas así y Dios no las censuró del libro.

Así que si llevas semanas rebuscando por dentro a ver qué has hecho mal, es posible que el problema no sea un pecado sin soltar sino un invierno, una depresión o el cansancio de una vida muy dura.

Y si es una depresión, lo digo con todas las letras, igual que lo dije con la adicción: eso se trata, y se trata con un médico, como se trata una neumonía. Ir a terapia o tomar una medicación no es desconfiar de Dios ni rendirse: es hacerle caso a un cuerpo que está enfermo. He visto a demasiada gente pasar años buscándose pecados cuando lo que tenía era una enfermedad con nombre y con tratamiento. Pide cita esta semana, y si has llegado a pensar en no seguir, hoy mismo — aquí está a quién acudir.

Rebuscar sin parar en la propia conciencia tampoco es sensibilidad espiritual: tiene nombre, se llama escrupulosidad, y también se trata. Hay un texto entero aquí sobre eso: cuando te castigas por lo que hiciste.

Tres preguntas, y ya está

Si aun así intuyes que hay algo, no hagas inventario de tu vida entera. Con estas tres se ve casi siempre:

Y cuando lo tengas, no montes una ceremonia. Díselo por su nombre, en voz alta, hoy. La entrega casi nunca es un momento heroico: es decir la verdad y volver a decirla mañana.

No lo sueltas para que Él venga. Lo sueltas porque ya vino.

Si esto te ha servido

Te aviso cuando publico algo nuevo aquí. Lo escribo yo, no hay equipo detrás, y son textos como este: gratis y sin pedirte nada. Te puedes ir cuando quieras.

A mí me costó años soltar una sola cosa. Este libro es lo que había debajo.

Lee «El día que el amor me falló»

o cómpralo directamente en Amazon →

¿Le serviría a alguien? Compártelo.