No hace falta que llegues arreglado. Hace falta que llegues.
Hay una frase que me llega de dos personas que no se parecen en nada, y las dos la escriben igual. Una nunca ha tenido nada con Dios: fue a una iglesia un par de veces, entendió la mitad y no sabe si esto va con ella. La otra sí lo tuvo, hace años, y lo dejó sin darse cuenta. Las dos me escriben lo mismo: quiero acercarme a Dios y no sé por dónde empezar.
Y las dos dan por supuesta la misma cosa sin decirla: que hay una distancia enorme, y que les toca a ellas recorrerla entera.
Lo primero que hay que desmontar es eso.
La distancia no es la que tú crees
Pablo estaba en Atenas hablando a gente que no tenía ni idea de quién era el Dios del que les hablaba. No les dijo que tuvieran por delante un camino larguísimo. Les dijo esto:
«para que busquen a Dios, si en alguna manera, palpando, puedan hallarle, aunque ciertamente no está lejos de cada uno de nosotros.» — Hechos 17:27
Palpando. Como el que busca el interruptor en una habitación a oscuras. Pablo no lo elogia —tres versículos después dice que Dios ya no pasa por alto esa oscuridad y manda a todos arrepentirse—, pero tampoco lo trata como un obstáculo insalvable. Lo que corrige, en la misma frase, es la mitad que tú dabas por hecha. No está lejos.
Hay un hombre en los Salmos que llegó a la misma conclusión después de una crisis de fe de las serias —se pasó medio salmo diciendo que le iba mejor a la gente que hacía las cosas mal— y terminó así:
«Pero en cuanto a mí, el acercarme a Dios es el bien; He puesto en Jehová el Señor mi esperanza, Para contar todas tus obras.» — Salmo 73:28
Fíjate en lo que no dice. No dice «acercarme a Dios me trajo cosas buenas». Dice que acercarse es lo bueno. No es el camino hacia el premio: es el premio. Y eso cambia por dónde se empieza, porque ya no estás intentando conseguir algo. Estás yendo hacia Alguien.
Lo que te frena no es la duda: es el precio
Cuando alguien me dice que no sabe por dónde empezar, casi nunca le falta información. Lo que ha hecho es calcular por dentro lo que cree que cuesta entrar, y no lo tiene. Hay que dejar tres cosas primero. Hay que creer del todo primero. Hay que saber explicar la Trinidad primero.
Isaías escribió una invitación siglos antes de que existiera la palabra «cristiano», y sigue siendo la mejor respuesta a eso:
«A todos los sedientos: Venid a las aguas; y los que no tienen dinero, venid, comprad y comed. Venid, comprad sin dinero y sin precio, vino y leche.» — Isaías 55:1
Va dirigida, con nombre y apellidos, a los que no tienen con qué pagar. Lo que ese capítulo sí pide, unos versículos más abajo, no es dinero: es darse la vuelta —«vuélvase a Jehová, el cual tendrá de él misericordia» (Isaías 55:7)—. Y eso no lo tienes que traer hecho de casa. Es lo que pasa cuando vienes.
Y por si queda duda de quién puso el precio, esto es lo que hay debajo de todo lo demás:
«Porque por gracia sois salvos por medio de la fe; y esto no de vosotros, pues es don de Dios; no por obras, para que nadie se gloríe.» — Efesios 2:8-9
Léelo despacio, porque es el suelo de este artículo y de todo lo que viene después. No lo estás comprando. No hay una versión tuya lo bastante buena como para merecerlo, y por eso tampoco hay una versión tuya demasiado mala como para que te lo nieguen. Lo pagó Cristo. Lo demás —lo que leas, lo que ores, lo que cambies— viene detrás de eso, nunca delante.
Jesús lo dijo en una línea que llevo años usando con gente convencida de que llega tarde:
«Todo lo que el Padre me da, vendrá a mí; y al que a mí viene, no le echo fuera.» — Juan 6:37
Cómo se empieza, en concreto
Aquí es donde suelen darte un método de siete pasos. No lo hay. Lo que hay es esto:
«porque todo aquel que invocare el nombre del Señor, será salvo.» — Romanos 10:13
Invocar es llamar. Hablarle. Ni fórmula, ni sitio, ni postura, ni palabras bonitas. Unas líneas antes, en el mismo capítulo, lo explica sin misterio: se cree con el corazón y se dice con la boca (Romanos 10:9-10). Ese es todo el trámite que hay.
Si quieres palabras porque no te salen las tuyas, usa estas. Dilas en voz baja, donde estés, hoy:
Dios, no sé hacer esto y no voy a fingir que sí.
He estado lejos —toda la vida, o desde aquello— y no vengo con nada en la mano.
Vengo porque quiero estar cerca de ti y no sé cómo.
Creo que Jesús murió y resucitó, y que eso es lo que me abre la puerta; no lo que yo haga a partir de mañana.
Perdóname lo que tú y yo sabemos que hay.
Enséñame quién eres.
No me sueltes cuando se me pase la intención de hoy.
Aquí estoy. Amén.
Y si hoy no puedes decir esa frase del medio, no la digas: fingirla sería peor. Di esta otra, que también es llamar, y es exactamente lo que hace el que va palpando:
Dios, no sé si estás ahí.
Si estás, quiero saberlo.
No te voy a prometer nada que no sepa si voy a cumplir.
Si eres real, hazte real. Aquí estoy.
Si lo has dicho en serio, ya está hecho lo que hacía falta hacer. Y si dentro de una hora te entra la duda de si lo dijiste bastante en serio, no lo repitas: eso no se arregla repitiéndolo. Lo que sostiene esto no es la calidad de tu frase, es Quien está al otro lado. Si vuelve la duda, díselo y sigue.
No busques ahora la señal, ni el escalofrío, ni una voz. Puede que venga algo y puede que no venga nada, y en ninguno de los dos casos significa lo que te imaginas.
Y a partir de ahí, elige una cosa
Esto no es un examen. Es un menú. Con que elijas una y la sostengas dos semanas, ya está pasando lo que tenía que pasar —y no estás compitiendo con nadie:
- Diez minutos, a una hora fija. No una hora. Diez minutos. Lo que importa es que la hora sea fija, porque lo que se deja para «cuando pueda» no ocurre nunca.
- Empieza la Biblia por el Evangelio de Juan, no por el Génesis. Un capítulo al día. Si algo no lo entiendes, sigue: no te están examinando de comprensión lectora.
- Háblale en voz alta mientras haces otra cosa —lavando los platos, manejando, caminando—. A mucha gente se le suelta la lengua ahí antes que de rodillas.
- Díselo a una persona, si tienes una segura. Una basta. Lo que no se dice en voz alta se cae solo, y antes de lo que crees. Y si en tu casa esto todavía no se puede decir, no lo digas: no eres menos por callarlo, y esto no se cae por eso.
- Busca gente. Es lo que más cuesta y lo que más sostiene, y tiene un texto entero aquí: cerca de Dios y lejos de su gente.
Lo que no vas a encontrar en esa lista es intensidad. Los primeros meses de esto se parecen mucho más a aprender un idioma que a enamorarse.
Una cosa más, que es la que lo sostiene todo
Vas a fallar la semana que viene. Vas a saltarte los diez minutos tres días seguidos y vas a pensar que se acabó, que tú no vales para esto, que ya lo intentaste una vez y mira cómo acabó.
Eso es exactamente lo que corrige este versículo:
«Pues no habéis recibido el espíritu de esclavitud para estar otra vez en temor, sino que habéis recibido el espíritu de adopción, por el cual clamamos: ¡Abba, Padre!» — Romanos 8:15
Ese versículo no habla de rachas: habla de parentesco. Un hijo que se porta mal sigue siendo hijo —puede estar castigado, puede pasar tres días sin dirigirle la palabra—, y quien lo sostiene, dice el versículo de antes, es el Espíritu, no tu constancia. Eso es lo que se te da el día que empiezas, y no es un premio.
Así que si has llegado hasta aquí sin saber por dónde empezar: empieza por donde estás. No hay antesala. No está lejos.
Si esto te ha servido
Te aviso cuando publico algo nuevo aquí. Lo escribo yo, no hay equipo detrás, y son textos como este: gratis y sin pedirte nada. Te puedes ir cuando quieras.
Yo volví a Dios sin nada en la mano que ofrecerle. De ahí salió este libro.
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