El día no da más de sí. Lo que no es verdad es que haga falta una hora, ni que madrugar valga más.
Hay vidas en las que el tiempo, sencillamente, no está. Turnos cortados. Dos trabajos. Un bebé que se despierta tres veces. Una madre enferma en la habitación de al lado. Si esa es la tuya, empieza por saber esto: nada de lo que viene aquí te va a decir que te organices mejor, y nadie que sepa lo que es tu semana te va a pedir cuentas de tus veinte minutos.
Y hay otras vidas en las que el tiempo sí está y se disuelve. No es que no haya minutos: es que no llegan a existir como rato. Se van en trozos que ni recuerdas y a las once de la noche no sabrías decir en qué. Eso tampoco es pereza, y tiene otro arreglo.
Las dos personas me escriben la misma frase. Y las dos dan por hecho lo mismo: que para estar con Dios hace falta un hueco grande, limpio y silencioso, y que como no lo tienen, no hay nada que hacer.
Jesús también tuvo días sin hueco
Hay un día suyo contado casi hora por hora. Se le llenó la puerta de gente enferma al ponerse el sol —«toda la ciudad se agolpó a la puerta», dice el texto— y estuvo sanando. Lo que hizo a la mañana siguiente es la frase que quiero que te lleves:
«Levantándose muy de mañana, siendo aún muy oscuro, salió y se fue a un lugar desierto, y allí oraba.» — Marcos 1:35
Y cuando fueron a buscarlo para decirle que ya había otra vez cola —«todos te buscan», le dijeron—, él ya había estado con el Padre.
Con una diferencia que hay que decir en voz alta, porque si no esto se convierte en un reproche: Él podía salir de casa. Tú a lo mejor no puedes ni cerrar la puerta del baño sin que alguien la abra. Lo que sirve de esa escena es el orden, no el método.
Lucas lo cuenta de otra manera, y ahí está la palabra que más me ayuda:
«Mas él se apartaba a lugares desiertos, y oraba.» — Lucas 5:16
Se apartaba. No «se apartó» una vez: está en imperfecto, que es como se cuenta lo que alguien hacía una y otra vez. Y era justo cuando más gente lo buscaba, porque el versículo de antes dice que su fama se extendía más y más.
«Ni aun tenían tiempo para comer»
Esa frase no la escribí yo. Está en Marcos, describiendo a sus discípulos, y va seguida de lo que Jesús les mandó hacer:
«Él les dijo: Venid vosotros aparte a un lugar desierto, y descansad un poco. Porque eran muchos los que iban y venían, de manera que ni aun tenían tiempo para comer.» — Marcos 6:31
Alguien describió tu semana hace dos mil años. Y la respuesta a eso no fue «aguantad», fue «apartaos».
Ahora la parte que casi nunca se cuenta: se subieron a la barca, la gente los vio ir, cruzaron a pie y llegaron antes que ellos. El apartarse de aquel día no salió. Jesús vio a la multitud, tuvo compasión y se puso a enseñar. O sea que no siempre sale, ni siquiera cuando lo organiza Él. Que se te caiga el rato un martes no significa que hayas fracasado en esto.
Lo que hay que sacar no es tiempo: es a quién se lo dices
Puedes tener veinte minutos libres y no poder usarlos, porque llegas con la cabeza a mil. Eso no se arregla con más minutos, y tampoco con técnica: se arregla porque al otro lado hay Alguien y a Alguien se le puede llegar así.
«Esperad en él en todo tiempo, oh pueblos; Derramad delante de él vuestro corazón; Dios es nuestro refugio.» — Salmo 62:8
Derramar. Volcarlo. No ordenarlo antes, no traducirlo a lenguaje de oración, no esperar a estar en condiciones. Se llega como se llega.
Y hay un salmo que David escribió huyendo por un desierto, y que empieza así:
«Dios, Dios mío eres tú; De madrugada te buscaré; Mi alma tiene sed de ti, mi carne te anhela, En tierra seca y árida donde no hay aguas.» — Salmo 63:1
Sí, dice «de madrugada». Y conviene mirar por qué, porque ese versículo se ha usado mucho para hacer sentir mal a gente que no puede madrugar. El peso de la frase no está en la hora: está en «mi alma tiene sed de ti». David buscaba de madrugada porque estaba huyendo y esa era la hora que tenía, en un sitio que él mismo describe como tierra seca donde no hay agua. No era un lugar bonito ni una hora santa. Era el sitio donde estaba y la hora que le quedaba.
Igual que Jesús en Marcos 1: madrugó porque era el hueco que aquel día le dejaba. La hora no es el mérito. La sed sí es el asunto.
Por qué se te cae el rato
Cuatro motivos, y el primero no es culpa tuya:
- Estás agotada. No es falta de ganas ni de disciplina: es que no queda batería. El agotamiento no se arregla con más propósito y no es un pecado. A Elías, Dios le dio de comer y le dejó dormir antes de hablarle de nada.
- Lo quieres grande. Como no tienes cuarenta minutos, no haces los diez. Es la trampa del todo o nada, y en esto se lleva por delante a más gente que la pereza.
- Esperas a tener ganas. Y las ganas casi siempre llegan después, no antes; aparecen cuando ya llevas dentro un rato. Si esperas a que te apetezca, esperas a algo que venía detrás.
- Es lo último que entró. Lo nuevo es lo primero que se cae, en esto y en todo, y no porque Dios te importe menos.
Y hay una quinta que no es un motivo sino otra cosa, y hay que decirla con su nombre. Si vives con alguien que te controla el tiempo —que te pide cuentas de cinco minutos, que decide con quién hablas o a qué hora, que abre la puerta cuando quiere—, eso no es un problema de organización. Eso se llama control, es una forma de maltrato aunque nunca te haya tocado, y no se arregla levantándote antes.
No tienes que decidir nada hoy. Solo que alguien de fuera de esa casa lo sepa: tu médico en una consulta a la que vayas sola, alguien del trabajo, una amiga que no sea de su círculo. Y si en algún momento estás en peligro, los servicios de emergencia de tu país. Aquí tienes a quién acudir, y no hace falta que te vayas de ninguna parte para pedir ayuda.
Cómo se hace, en concreto
Nada de esto es una técnica de concentración: si al otro lado no hubiera Alguien, no valdría para nada. Elige una, y la de esta semana:
- Si hay niños, o un enfermo, hazlo delante de ellos. En voz alta mientras le cambias, mientras le das de comer, mientras esperas a que se duerma. No es un rato de segunda ni una versión rebajada: durante unos años es el rato, y probablemente sea el mejor que vas a tener.
- Usa lo que ya tienes. El trayecto, la fila del súper, la ducha, el minuto en el ascensor. La mayor parte de mi vida de oración cabe ahí.
- Empieza leyendo un salmo en voz alta. Sirve de arranque cuando no sabes qué decir: ya hay palabras puestas y son de alguien que estaba peor que tú.
- Si puedes darle hora y sitio, dáselo, y con diez minutos basta. Y si tu semana no tiene dos días iguales, no le pongas hora: engánchalo a algo que ya haces. Al poner la cafetera. Al apagar el motor. Al cerrar la puerta del cuarto de tu madre.
- El teléfono, lejos, si te lo puedes permitir. Si es el vigilabebés o el teléfono de guardia, déjalo donde está y no te sientas mal: no era eso.
Y ahora lo que hay que quitar de en medio
Madrugar no te acerca más a Dios. Ni una hora vale más que diez minutos. Si esto se te convierte en una calificación diaria que te pones a ti misma, lo has entendido al revés, y hay unas frases de Jesús que existen justo para eso:
«Venid a mí todos los que estáis trabajados y cargados, y yo os haré descansar. Llevad mi yugo sobre vosotros, y aprended de mí, que soy manso y humilde de corazón; y hallaréis descanso para vuestras almas; porque mi yugo es fácil, y ligera mi carga.» — Mateo 11:28-30
Fíjate en que sí hay yugo. No dice que no haya nada que llevar: dice de quién es el que se lleva. Lo que no hay es el tuyo. Si lo que has montado para estar con Dios pesa más que el resto del día, eso no es el suyo — es uno que te has puesto tú.
La cita no es un hueco en la agenda. Es una cita. Y al otro lado hay Alguien que no la mira como una tarea que le cumples, sino como el rato al que va.
Si además llegas a ese rato agotada y sin poder parar, hay otro texto aquí que es más para ti que este: el descanso también es obediencia.
Si esto te ha servido
Te aviso cuando publico algo nuevo aquí. Lo escribo yo, no hay equipo detrás, y son textos como este: gratis y sin pedirte nada. Te puedes ir cuando quieras.
Yo llené los días hasta arriba durante años para no quedarme a solas conmigo. Este libro va de eso.
Lee «Por la fuerza de tu propio brazo»