Adorar con ganas sale solo. Lo otro no se aprende: se aguanta. Y aguantándolo también cuenta.
Si has llegado aquí porque acabas de enterrar a alguien y la palabra «adorar» ahora mismo te suena a insulto: sáltate lo que viene y baja a «Cuando lo que hay no es sequedad: es enfado». Ese trozo lo escribí para ti. Lo demás puede esperar todo lo que haga falta.
Están todos de pie cantando y tú tienes la boca cerrada. Miras alrededor y parece que a los demás sí les está pasando algo. Te sabes la canción entera, la has cantado cien veces, y hoy no te sale ni una palabra. Y encima te da vergüenza, porque lo que estás pensando de verdad es: si no lo siento, cantarlo es mentir.
Esa última frase es la que hay que mirar despacio, porque tiene una parte de razón y una trampa dentro.
Adorar no es cantar
De donde sale casi todo lo que sabemos de esto es de una conversación de Jesús con una mujer que le sacó el tema del sitio: dónde había que adorar, si en aquel monte o en Jerusalén. La respuesta le quitó importancia al sitio y se la dio a otra cosa:
«Mas la hora viene, y ahora es, cuando los verdaderos adoradores adorarán al Padre en espíritu y en verdad; porque también el Padre tales adoradores busca que le adoren.» — Juan 4:23
Dos cosas ahí. La primera: en verdad. Y no quiere decir «con sentimiento sincero» —dos versículos antes le acaba de decir a esa mujer «vosotros adoráis lo que no sabéis» (Juan 4:22)—: quiere decir conforme a quien Dios es de verdad. Eso, de paso, te libra. Si adorar fuera producir el sentimiento correcto, hoy no podrías. Si es reconocer lo que Él es, hoy también puedes, y con la boca cerrada.
Y la segunda: el Padre tales adoradores busca. Él es el que anda buscando. No estás llamando a una puerta cerrada mientras se decide si te abre.
Lo que se hace cuando no sale
Hay un salmo escrito por un hombre al que tampoco le salía —en su caso por culpa, que lo suyo había sido grave— y que en mitad de él pide una cosa rarísima. La causa no tiene por qué ser la tuya; lo que hace con ella sí te sirve:
«Señor, abre mis labios, Y publicará mi boca tu alabanza.» — Salmo 51:15
No dice «voy a alabarte». Dice: ábremela tú. El que escribió eso no podía. Y en vez de esperar a poder, convirtió el no poder en lo primero que le dijo a Dios.
Eso es lo que se hace cuando no sale. No se finge y no se calla: se dice. «No me sale nada, y aun así estoy aquí» es una frase de adoración perfectamente válida, y es la más honesta que vas a decir en semanas.
El Nuevo Testamento le pone nombre a esto, y el nombre lo explica todo:
«Así que, ofrezcamos siempre a Dios, por medio de él, sacrificio de alabanza, es decir, fruto de labios que confiesan su nombre.» — Hebreos 13:15
«Sacrificio de alabanza» no es una frase poética: era el nombre de una ofrenda concreta, la de acción de gracias, que ya está en Levítico 7:12. Y por eso no cuenta según lo que a ti te cueste: cuenta porque es una ofrenda. La que sale sola y la que hay que arrancarse valen lo mismo.
Pero lo que de verdad hay que ver son tres palabras del medio que casi nadie lee: por medio de él. No la llevas tú. La lleva Cristo. Y el versículo siguiente dice de qué sacrificios habla también: «Y de hacer bien y de la ayuda mutua no os olvidéis; porque de tales sacrificios se agrada Dios» (Hebreos 13:16).
Dos ejemplos que no se parecen en nada a un concierto
Un profeta llamado Habacuc escribió el final de su libro sabiendo lo que se le venía encima. No se lo ahorró; lo puso por escrito:
«Aunque la higuera no florezca, Ni en las vides haya frutos, Aunque falte el producto del olivo… Y las ovejas sean quitadas de la majada, Y no haya vacas en los corrales; Con todo, yo me alegraré en Jehová, Y me gozaré en el Dios de mi salvación.» — Habacuc 3:17-18
Nada de eso mejora en el texto. La higuera sigue sin florecer al final del libro. Lo que cambia es a quién mira mientras tanto.
Y hay que decir lo que este hombre estaba perdiendo: la cosecha, los animales, el pan del año. Mucho. Pero no un hijo. Si lo tuyo es peor que lo suyo, no te obligues a llegar a su versículo 18. Quédate en el 16 —los huesos deshechos, los labios temblando— todo el tiempo que necesites. También está en la Biblia, y no viene con fecha de caducidad.
Y el otro: Pablo y Silas, azotados con varas, en el calabozo de más adentro y con los pies en el cepo.
«Pero a medianoche, orando Pablo y Silas, cantaban himnos a Dios; y los presos los oían.» — Hechos 16:25
Aquella noche hubo un terremoto y las puertas se abrieron. No te lo pongo como fórmula, porque no lo es: no hay ninguna promesa en ningún sitio de que cantar abra puertas. Lo que quiero que veas es la otra frase, la pequeña: y los presos los oían. Adorar donde no hay nada que agradecer no siempre te saca de allí, y no te prometo que se oiga. Pero aquella noche se oyó.
Cuando lo que hay no es sequedad: es enfado
A veces no es que no sientas nada. Es que sí sientes, y lo que sientes no se puede cantar.
Si lo tuyo es que se te ha muerto alguien, esto va aparte de todo lo demás, porque no se parece a nada. Cantar que Dios es bueno mientras entierras a quien enterraste no es sequedad, ni tibieza, ni falta de fe: es que el cuerpo entero se niega a decir en voz alta algo que hoy no entiende. Eso no es un problema espiritual que haya que corregir. Es lo que le pasa a una persona a la que le han arrancado media vida.
Y hay otras pérdidas que también cierran la boca: una familia que se rompió, algo que pediste durante años y no llegó. Ponerte a cantar te parece una traición a lo que estás viviendo.
Vuelve al mismo profeta de antes, pero un versículo por encima del que todos citan:
«Oí, y se conmovieron mis entrañas; A la voz temblaron mis labios; Pudrición entró en mis huesos, y dentro de mí me estremecí; Si bien estaré quieto en el día de la angustia.» — Habacuc 3:16
Las dos cosas en la misma frase: los huesos deshechos y la decisión de estarse quieto. Nadie intentó suavizar la primera mitad para que cupiera la segunda. Y ese es el hombre que dos versículos después dice «con todo, yo me alegraré en Jehová»: no lo dice desde la paz, lo dice temblando.
La Biblia tiene salmos enteros de queja. Se puede llegar delante de Dios enfadado y decírselo, y eso también es tratarle como a Dios: a quien no le cuentas nada es a quien no te importa.
Un aviso, porque esto tiene un lado torcido
Hay quien usa la música cristiana como se usa cualquier otra cosa que te cambia el ánimo un rato: para no sentir. Poner la lista de reproducción hasta que se pase, y llamarlo adoración.
Esto no va por ti si estás de duelo: si pones una canción en bucle a las tres de la mañana porque es lo único que hace la noche más corta, eso no es huir, es sobrevivir, y está bien. Va por otra cosa, por el que lleva años usando la música para no tener que decirle nada a Dios nunca.
La diferencia se nota en una pregunta: ¿estoy mirándole a Él o estoy buscando un estado de ánimo? Si lo que persigues es la emoción, cuando la emoción deje de venir —y va a dejar de venir— pensarás que Dios se ha ido, y lo que se habrá ido es la emoción.
Cómo se hace esta semana
Antes de la lista, lo de siempre: no es un examen, y basta con una.
- Pon una canción y no la cantes. Escúchala entera sin obligarte a sentir nada. Se te ha olvidado que se puede estar delante de Dios callado.
- Di tres cosas que sean verdad. No tres cosas bonitas: tres verdaderas. «Sigues siendo Dios aunque yo esté así» vale. «Estoy enfadado contigo» también, y está en los salmos.
- Lee un salmo en voz alta. Cuando no hay palabras propias, se toman prestadas. Prueba el 13 o el 42: los dos empiezan preguntándole a Dios hasta cuándo.
- Agradece una cosa concreta y pequeña, si te sale. Y si hoy no hay ninguna, no la inventes: dile eso. «Hoy no encuentro nada que agradecerte» es una frase verdadera, y las frases verdaderas valen todas. Si esto se te queda corto, aquí hay un texto entero sobre ello: la gratitud que te cambia por dentro.
Y una última cosa, que es la que ordena todo lo demás
Pablo dice que la adoración de verdad no cabe en media hora de música:
«Así que, hermanos, os ruego por las misericordias de Dios, que presentéis vuestros cuerpos en sacrificio vivo, santo, agradable a Dios, que es vuestro culto racional.» — Romanos 12:1
El principio de esa frase es la mitad que nunca se cita: por las misericordias de Dios. Primero las misericordias. El cuerpo viene detrás, y viene porque van delante.
El cuerpo. Lo que haces con las manos y con las horas el resto de la semana. Alguien que no canta nunca puede estar adorando más que el que se sabe todas las canciones, y al revés.
Una cosa más, y no es espiritual. El duelo no dura lo que la gente de alrededor cree que dura, y no poder cantar durante un año entero está dentro de lo normal. Pero si llevas meses sin poder levantarte, o si has empezado a pensar que estarías mejor no estando, eso no se arregla orando más: se dice hoy, en voz alta, a tu médico o a alguien de tu casa. Aquí está a quién acudir. Pedir esa ayuda no es desconfiar de Dios; es hacerle caso al cuerpo que Él te dio.
Así que si hoy no te sale, no estás fuera. Adorar no fue nunca lo que le demuestras a Dios, sino lo que reconoces de Él, y eso sigue siendo verdad aunque hoy estés sin fuerzas.
Si esto te ha servido
Te aviso cuando publico algo nuevo aquí. Lo escribo yo, no hay equipo detrás, y son textos como este: gratis y sin pedirte nada. Te puedes ir cuando quieras.
De seguir de pie cuando ya no te sale nada va este libro.
Lee «El día que el amor me falló»