Si dejas de comer para que Dios haga algo, eso no es ayuno. Es un trato, y Él no firma tratos.
Antes de nada, y va primero que todo lo demás. Si alguna vez has tenido problemas con la comida —atracones, vómitos, contar calorías, dejar de comer para controlar algo—, aunque hoy lo lleves bien y aunque haga años: esto no lo hagas con la comida. Y el criterio no lo pongas tú, que es justo lo que no funciona en esto: si alguien que te quiere se ha preocupado alguna vez por cómo comes, ya vale. Dejar de comer «por Dios» es una de las puertas de vuelta más fáciles a algo muy serio, precisamente porque desde fuera parece devoción.
Tampoco con la comida si estás embarazada o dando el pecho, si tienes diabetes, si tomas medicación con las comidas o si estás en tratamiento por algo. Pregúntaselo antes a tu médico, y si estás en terapia, a quien te lleva. Eso no es falta de fe: es mirar antes de cruzar.
Y si eres menor de edad: no ayunes de comida. Punto. Ni un día, ni una comida, ni aunque lo haga tu grupo entero.
Nada de esto es una obligación cristiana y Dios no está esperando que te hagas daño. Y que en tu caso no sea con la comida no lo convierte en una versión menor: más abajo está el ayuno que Isaías 58 llama «el que yo escogí», y ese no va de comida en ningún caso. Si necesitas a quién contárselo, aquí lo tienes.
Dicho eso, hablemos de por qué casi todos empezamos mal.
Ayunar para que Dios haga algo
Así es como llega casi siempre: hay algo que necesitas —un diagnóstico, un trabajo, una casa que se rompe—, llevas meses orando y no pasa nada. Y alguien te dice que pruebes con ayuno, como quien te dice que subas el volumen.
Ese razonamiento tiene un problema, y Dios se lo dijo a un pueblo que llevaba setenta años ayunando por costumbre. Aquellos eran ayunos de luto, no de presión, y aun así la pregunta que les hizo es la que te toca a ti:
«Cuando ayunasteis y llorasteis en el quinto y en el séptimo mes estos setenta años, ¿habéis ayunado para mí?» — Zacarías 7:5
Setenta años. Y no les pregunta si lo hacían bien: les pregunta para quién lo hacían. Porque un ayuno que existe para que Dios se mueva no está dirigido a Dios: está dirigido al resultado. Y lo que les pide a continuación no es más ayuno, es que no opriman a la viuda ni al huérfano.
Hay otro modo de estropearlo, y es el de la lista de méritos. Jesús contó la historia de dos hombres orando en el templo, y uno de ellos dijo esto de sí mismo:
«ayuno dos veces a la semana, doy diezmos de todo lo que gano.» — Lucas 18:12
Era verdad. Ayunaba de verdad, daba de verdad. Y el que se fue a casa justificado fue el otro, el que no se atrevía ni a levantar la vista. Cuando el ayuno entra en la contabilidad de lo que aportas, ya está trabajando en tu contra.
Lo que dijo Jesús cuando habló del tema
No dijo «si ayunáis». Dijo «cuando ayunéis», y lo único que reguló fue quién tiene que enterarse:
«Pero tú, cuando ayunes, unge tu cabeza y lava tu rostro, para no mostrar a los hombres que ayunas, sino a tu Padre que está en secreto; y tu Padre que ve en lo secreto te recompensará en público.» — Mateo 6:17-18
Arreglarse. Que no se te note. Y fíjate en qué es exactamente lo que prohíbe: ayunar «para mostrar a los hombres». Prohíbe la intención, no que alguien lo sepa. La regla entera cabe ahí: si lo haces para que se note, para eso no lo hagas. Por eso en la Biblia hay ayunos convocados por un pueblo entero sin que a nadie le parezca mal —Esdras convocó uno junto a un río— y lo que no hay es ayuno de escaparate. Y por eso decírselo a una persona por prudencia no rompe nada.
Y el versículo no acaba en el secreto: acaba en «te recompensará». No dice cuándo ni con qué. Dice que no cae en saco roto, que es justo lo contrario de un trato: en un trato el precio lo pones tú.
Le preguntaron también por qué sus discípulos no ayunaban, y su respuesta explica qué es esto en el fondo:
«¿Acaso pueden los que están de bodas tener luto entre tanto que el esposo está con ellos? Pero vendrán días cuando el esposo les será quitado, y entonces ayunarán.» — Mateo 9:15
El ayuno tiene que ver con una ausencia, con echar de menos. No es una técnica de presión: es una manera de decir con el cuerpo que hay algo que quieres más que la comida.
El ayuno que Dios escogió, según Él mismo
Hay un capítulo en Isaías donde el pueblo se queja de que ayuna y Dios no hace caso. La respuesta es de las más duras que hay:
«He aquí que en el día de vuestro ayuno buscáis vuestro propio gusto, y oprimís a todos vuestros trabajadores.» — Isaías 58:3
Y entonces dice cuál es el ayuno que sí:
«¿No es más bien el ayuno que yo escogí, desatar las ligaduras de impiedad, soltar las cargas de opresión, y dejar ir libres a los quebrantados, y que rompáis todo yugo? ¿No es que partas tu pan con el hambriento, y a los pobres errantes albergues en casa?» — Isaías 58:6-7
Ese capítulo sigue con promesas grandes —luz como el alba, huesos con vigor, invocar y ser oído—, y conviene decir de qué cuelgan: no cuelgan de saltarse la comida, cuelgan de eso otro. De soltar al oprimido y de partir el pan. Si ayunas y el pan que te ahorras no llega a nadie, te has quedado con la mitad del capítulo.
Y hay un aviso más, para el que espera que dejar de comer le arregle por dentro lo que no consigue arreglar:
«Tales cosas tienen a la verdad cierta reputación de sabiduría en culto voluntario, en humildad y en duro trato del cuerpo; pero no tienen valor alguno contra los apetitos de la carne.» — Colosenses 2:23
Dicho claro: las reglas duras contra el cuerpo, sobre todo las que te impone otro, no curan nada por dentro. Pablo sabía apretarse —«golpeo mi cuerpo, y lo pongo en servidumbre» (1 Corintios 9:27)— y aun así avisa de lo otro: la dureza montada como sistema tiene fama de sabiduría y no sirve contra los apetitos. Si has intentado ganarle a un hábito a base de dureza contigo, ya sabías esto antes de leerlo.
Entonces, ¿para qué sirve?
En la Biblia el ayuno aparece en sitios muy distintos: en luto, en arrepentimiento, antes de decidir algo y al pedir algo grande. Unas veces con gente al lado y otras a solas —Jesús cuarenta días en el desierto, David por su hijo enfermo, Daniel tres semanas—. Lo que no aparece nunca es como palanca para forzar una respuesta.
Esdras convocó un ayuno junto a un río antes de un viaje peligroso «para solicitar de él camino derecho para nosotros, y para nuestros niños» (Esdras 8:21). Y en Antioquía, «ministrando éstos al Señor, y ayunando», fue cuando quedó claro a quién había que enviar (Hechos 13:2). Ninguno de los dos casos es un hombre solo intentando forzar una respuesta.
Lo que hace el ayuno es simple y no es mágico: te quita una cosa con la que tapas los huecos y deja el hueco a la vista. Ahí es donde se ora distinto.
Cómo hacerlo sin que se estropee
Elige una. Y si estás en cualquiera de los casos del principio, elige de las dos últimas:
- Una comida. Una, y el rato que ibas a estar comiendo lo pasas orando por lo que te tiene así. Esa es la parte que casi todo el mundo se salta y es la única que importa.
- Un día, solo si tu médico no te ha dicho lo contrario, con agua y sin heroísmos. Y que una persona lo sepa por seguridad no rompe nada, porque lo que Jesús prohibió fue exhibirlo, no ser prudente: si vives sola, díselo a alguien que te escriba por la tarde. Si te mareas, te tiemblan las manos o te cuesta pensar, se acabó: comes, y no ha pasado nada.
- El teléfono, las series o las noticias. No es lo mismo que el ayuno de la Biblia y no voy a decirte que sí; pero quita lo mismo: el relleno con el que no te oyes.
- Lo que te ahorras, dalo, si es que te ahorras algo. Y si andas justa, dalo en otra cosa: una hora, una llamada, la compra de una vecina. Isaías 58 va de eso más que del dinero, y lo pone como parte del asunto, no como propina.
Y la regla que lo salva todo: no le pongas fecha a la respuesta. En cuanto piensas «tres días y entonces Dios tendrá que», el ayuno se te ha convertido otra vez en un trato. Esdras terminó su relato diciendo que Dios «nos fue propicio», y eso lo escribió después, no antes.
Y una señal a la que hay que hacer caso, la única que de verdad importa: si al dejar de comer notas alivio, o control, o una especie de limpieza por dentro —si te gusta—, para, y díselo hoy a alguien. Eso no es espiritualidad. Es la otra cosa, empezando otra vez.
Ayunar no te acerca a Dios porque le impresione. Te acerca porque te quita ruido de encima. Y si un día lo dejas a media tarde y te comes un plato de arroz, no ha pasado absolutamente nada entre Él y tú.
Yo he intentado negociar con Dios más veces de las que quiero admitir. Este libro va de cómo terminó.
Lee «Por la fuerza de tu propio brazo»