No hace falta que sea mala persona. Basta con que vayáis a dos sitios distintos.

Es uno de los mensajes más difíciles que recibo, y siempre suena parecido: «me trata bien, es buena persona, mi familia le adora… pero desde que estoy con él oro menos, voy menos, y hace tiempo que no soy el mismo».

Nadie decide alejarse de Dios. Se aleja uno a la velocidad a la que se anda: un domingo, otro domingo, una conversación que ya no tienes con nadie, un tema del que mejor no hablar en casa para no incomodar. Y un día miras atrás y estás a kilómetros, sin recordar el paso en que te bajaste.

El profeta Amós lo dejó en una pregunta que no necesita explicación:

«¿Andarán dos juntos, si no estuvieren de acuerdo?» — Amós 3:3

No es una condena. Es física. Dos que caminan juntos van al mismo sitio, o uno de los dos deja de caminar hacia el suyo.

Lo que significa de verdad «yugo desigual»

La frase se ha usado fatal, así que vamos a leerla despacio:

«No os unáis en yugo desigual con los incrédulos.» — 2 Corintios 6:14

El yugo es la pieza de madera que ataba a dos animales al mismo arado. Si tiran hacia lados distintos, no es que uno sea peor animal que el otro: es que se hacen daño los dos y el campo no se ara. Eso es exactamente lo que dice el versículo, y es lo único que dice.

No dice que esa persona valga menos. No te autoriza a mirarla por encima del hombro, ni a hablarle como a un proyecto. Si al leer esto sientes superioridad, has entendido justo lo contrario: quien te tiene que preocupar es la dirección, no la categoría de nadie.

Y cuando Pablo habla de con quién casarse, no lo deja en una prohibición: pone una sola condición, y es esa. «Libre es para casarse con quien quiera, con tal que sea en el Señor» (1 Corintios 7:39). Con quien quiera. Libertad entera, y un límite.

La prueba no es lo que cree él. Es en quién te has convertido tú

Aquí está el examen honesto, y se hace a solas:

1. Desde que estoy con esta persona, ¿estoy más cerca o más lejos de Dios? No lo que dices que crees: lo que haces con tu semana.

2. ¿Escondo parte de mi fe para no incomodar? El que tiene que hacerse pequeño para caber ya sabe que no cabe.

3. ¿He bajado cosas que dije que no iba a negociar? Y si es así, ¿cuándo fue la última vez que lo hablé en voz alta con alguien?

4. ¿Estoy esperando que cambie? Nadie se convierte por estar saliendo contigo. Eso no es evangelizar, es un plan; y los planes con la vida de otro salen mal casi siempre.

Hay una oración para esto, y es de David: «Examíname, oh Dios, y conoce mi corazón; pruébame y conoce mis pensamientos; y ve si hay en mí camino de perversidad, y guíame en el camino eterno» (Salmo 139:23-24). Pídelo de verdad y prepárate, porque suele contestar.

Y si ya estás casado, esto no va contigo

Quiero ser muy claro, porque un texto así puede hacer un destrozo en la casa equivocada. Todo lo de arriba habla de elegir. Si ya estás casado y tu cónyuge no cree, Pablo dice algo distinto y en dirección contraria: que no lo dejes por eso. La instrucción no es salir; es quedarte y vivir de tal manera que se note. Lo escribí entero aquí: Cuando solo uno de los dos cree.

Si te toca decidir

Puede que después de leer esto sepas lo que hay que hacer y no quieras hacerlo. Te entiendo, y no te voy a vender que sea barato: dejar a alguien que te quiere y al que quieres es de las cosas que más duelen, y duele más cuando no puedes ni señalar nada malo que haya hecho.

Solo te pido que hagas la cuenta entera. Nadie decide entre «estar con esta persona» y «estar solo». Se decide entre dos vidas de aquí a diez años: los hijos, las madrugadas difíciles, lo que se ora en esa casa cuando venga la mala noticia. Es ahí donde se paga el yugo, y no en la cita del sábado.

Y si estás pensando que ojalá Dios te lo dijera claro, mira lo que ya te está diciendo: primero Él, y lo demás detrás. No en la lista, sino en el orden.

«Mas buscad primeramente el reino de Dios y su justicia, y todas estas cosas os serán añadidas.» — Mateo 6:33

Si esto te habló hoy

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