Ninguna casa se cae el día de la tormenta. Se cae por lo que había debajo mientras todo estaba en calma.
«¿En qué momento se rompió esto?» Es la pregunta que llega cuando la casa ya se está cayendo, casi nunca cuando se estaba construyendo. Y la respuesta casi nunca está en un momento. Está debajo.
Dos personas pueden quererse de verdad. Pueden ser sinceras, fieles, buenas. Pueden llevar años. Y aun así estar construyendo sobre arena, porque lo que sostiene una relación no es cuánto os queréis: es sobre qué habéis puesto ese querer.
Jesús lo contó con dos casas. Y lo que casi nunca se predica es que a las dos les cayó exactamente la misma tormenta:
«Descendió lluvia, y vinieron ríos, y soplaron vientos, y golpearon contra aquella casa; y no cayó, porque estaba fundada sobre la roca.» — Mateo 7:25
Misma lluvia, mismos ríos, mismo viento. Lo único que cambió fue lo que había debajo. Nadie se libra del año malo, del dinero que no llega, de la enfermedad, del hijo que no duerme. Eso viene igual para el que construyó bien y para el que construyó deprisa. La diferencia no está en si llega. Está en qué hay debajo cuando llega.
«Dios es importante para nosotros» no es un cimiento
Orar antes de comer. Un versículo en las invitaciones de la boda. Ir juntos a la iglesia el domingo. Todo eso está bien, y por sí solo no sostiene nada, porque puede ser decoración. Un cimiento es otra cosa: es lo que decide cuando vosotros dos no estáis de acuerdo.
Y antes de las tres preguntas que vienen, una que va primero: si en tu casa te revisan el móvil, te controlan el dinero, te dejan de hablar días enteros hasta que cedes, te empujan, te gritan delante de los niños o te da miedo decir en voz alta lo que piensas, entonces no estamos hablando de un cimiento flojo. Eso tiene otro nombre. Ninguna de las tres preguntas de abajo es para ti hoy, y nada de lo que escribo aquí te pide que aguantes eso. Ponte a salvo y cuéntaselo hoy a una persona de confianza.
Para todos los demás, la pregunta no es «¿creemos en Dios?». Es bastante más incómoda:
1. Cuando los dos queréis cosas opuestas, ¿quién tiene la última palabra? Si la respuesta honesta es «el que aguanta más», entonces vuestro cimiento es el cansancio de uno de los dos.
2. ¿Dónde lleváis una decisión que no sabéis resolver? Si nunca la habéis puesto juntos delante de Dios, Él no es vuestro fundamento: es vuestro adorno.
3. Cuando uno se equivoca, ¿qué le hace capaz de reconocerlo? El orgullo no se baja por amor. Se baja delante de Dios, y luego se nota en casa.
Hay un salmo que dice esto de una forma que a mí me costó años entender:
«Si Jehová no edificare la casa, en vano trabajan los que la edifican.» — Salmo 127:1
Fíjate bien en lo que no dice. No dice que no trabajen. Trabajan. Se dejan la piel. Lo que dice es que ese trabajo es en vano. Ahí está lo que duele: no habla del que se cruza de brazos, habla del que se está esforzando muchísimo en levantar algo que no va a quedarse en pie.
Y si estás leyendo esto desde una casa donde solo crees tú, no te apliques esa palabra: «en vano» no habla del que ora solo, habla de los dos que construyen sin Él. Tu oración no es trabajo perdido, y de tu caso escribí aquí.
Lo que sostiene cuando el sentimiento no sostiene
Cuando Pablo describe el amor no enumera sentimientos: enumera cosas que se hacen. «No guarda rencor» no te nace. «No busca lo suyo» va contra todo lo que traes de fábrica. De eso escribí aquí, porque es justo lo que queda cuando el sentimiento se apaga.
Por eso hace falta una fuente, y no puede ser la persona que tienes al lado. Juan lo resuelve en una línea:
«Nosotros le amamos a él, porque él nos amó primero.» — 1 Juan 4:19
Primero se recibe; después se da. Si tú no estás recibiendo de Dios, vas a intentar sacarlo del otro — y esa persona no puede con ese trabajo. Nadie puede. Ponerle a alguien el peso de ser tu Dios es la manera más silenciosa de romper a esa persona, y cuesta mucho distinguirlo desde dentro.
Si ya construiste sobre arena
Puede que lleves siete años dentro de una casa que se mueve. No te escribo para que te rindas: el cimiento se puede rehacer por debajo, y he visto hacerlo. Pero no se hace solo, y no se hace a la fuerza.
Él no va a entrar a empujones en vuestra casa. No trabaja así. «He aquí, yo estoy a la puerta y llamo; si alguno oye mi voz y abre la puerta, entraré a él» (Apocalipsis 3:20). Llama, y espera. Abrir es vuestro.
Y abrir empieza por cosas pequeñas y nada espectaculares: orar juntos aunque salga torpe; tomar una decisión concreta de esta semana y ponerla delante de Dios aunque a uno de los dos le cueste; y dejar que alguien de fuera —un matrimonio mayor, un pastor, un consejero— tenga permiso para miraros de verdad.
Un aviso, porque me sé el truco: esto no es para reenviárselo a tu pareja con lo importante subrayado. Si lo haces, acabas de convertir el artículo en un arma, y las casas no se levantan a golpes. Empieza por tu mitad, que es la única que puedes tocar — y «tu mitad» no ha significado nunca cargar tú con las dos.
«Cualquiera, pues, que me oye estas palabras, y las hace, le compararé a un hombre prudente, que edificó su casa sobre la roca.» — Mateo 7:24
«En vano trabajan los que la edifican». De eso va el libro que escribí después de agotarme construyendo solo.
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