La soledad tiene prisa. Y la prisa te hace abrir puertas que luego no vas a poder cerrar.

«Tengo treinta y cuatro y sigo solo.» «Se casan todos menos yo.» «Ya no me hago ilusiones, pero por dentro sí.» Recibo estos mensajes todas las semanas, y detrás de casi todos hay la misma pregunta sin decir: ¿me olvidó Dios?

La presión no viene solo de dentro. Viene de la familia en Navidad, de la iglesia que te sienta siempre en la mesa de los solteros, de las fotos de los demás. Y esa presión hace una cosa muy concreta: te empuja a rebajar lo que dijiste que nunca ibas a negociar.

Sí, está escrito que «no es bueno que el hombre esté solo» (Génesis 2:18). Es verdad, y conviene leer lo que pasa justo después: fue Dios quien se ocupó del asunto. Adán no estaba buscando; estaba trabajando donde le habían puesto. Ese versículo no es un permiso para emparejarte con cualquiera; es una promesa de que a Dios el tema no le da igual.

Hay una frase que el Cantar de los Cantares repite tres veces, como quien insiste en algo que sabe que no vamos a escuchar a la primera:

«Que no despertéis ni hagáis velar al amor, hasta que quiera.» — Cantares 8:4

No despertar al amor antes de tiempo. Toda la fuerza está en «hasta que quiera»: lo que se fuerza antes de hora no sale mejor por empujarlo, sale roto.

Esperar no es quedarte parado

Aquí me confundí yo durante años. Esperar no es sentarse a mirar la puerta. Esperar es construir mientras tanto, y hay cuatro cosas que solo se hacen bien ahora:

1. Sanar lo que traes. Nadie sana en pareja lo que no quiso mirar a solas. Lo que arrastres sin tocar no desaparece el día de la boda: se muda contigo y se sienta a la mesa. Y sanar no es un acto de voluntad: empieza contándole lo que pasó a una persona segura —un consejero, un pastor que escuche más de lo que habla, un terapeuta—. Lo que no se cuenta no se cura; solo se aplaza.

2. Mírate en lo que pides. Todos llevamos dentro una idea de la persona que queremos que llegue. Alguna vez, sin prisa, pregúntate qué parte de eso quieres ser tú — no para merecer a nadie, que a nadie se le merece, sino porque lo que pides es también lo que se te va a pedir. Y si hoy la respuesta es «casi nada», eso no te descalifica ni le retrasa la llegada a nadie: Dios no tiene una lista de requisitos que tú todavía no cumples.

3. Tener vida propia. Amigos, servicio, trabajo, oficio, propósito. No para «estar entretenido», sino porque quien llega sin vida propia no llega a compartir: llega a apoyarse entero en el otro.

4. Aprender a estar bien solo con Dios. No como consuelo mientras llega lo bueno. Como lo bueno.

Nada de eso es tiempo muerto. Es el cimiento, y se pone antes de que llegue nadie — de eso escribí aquí.

El precio de la prisa

Lo que dejas pasar cuando todavía puedes irte es lo que vas a vivir cuando ya no puedas. Si ahora te tratan a medias y lo justificas, ese trato no mejora cuando os mudéis juntos: se instala. Si hay algo que hoy te hace pequeño y lo dejas pasar por no quedarte solo, mañana no vas a poder discutirlo, porque ya lo firmaste.

Sale muy caro pagar diez años por no haber aguantado diez meses.

Y quiero ser honesto contigo, porque hay demasiada gente prometiendo cosas que Dios no ha prometido: yo no puedo asegurarte que vaya a llegar alguien. No es un trato, ni un premio por portarte bien. Lo que sí está escrito es esto: «No quitará el bien a los que andan en integridad» (Salmo 84:11). No dice que te dé lo que pides. Dice que no te va a escatimar lo bueno. Es una promesa más pequeña de lo que quieres y más firme de lo que crees.

Y si no llega nunca

Hay que decirlo, porque hay gente leyendo esto a la que no le ha llegado y ya no espera. Si llevas quince o veinte años así, todo lo de arriba te puede sonar a que no has aguantado lo suficiente. No es eso.

Pablo escribió sobre esto sin rodeos, y conviene recordar que lo escribió un hombre soltero:

«Digo, pues, a los solteros y a las viudas, que bueno les fuera quedarse como yo.» — 1 Corintios 7:8

No lo dijo como premio de consolación. Lo dijo desde dentro. Tu vida no es el borrador de la vida que empezaría el día que aparezca alguien: ya está empezada, ya cuenta, y lo que hagas en ella no vale menos porque lo hagas sin nadie al lado.

Y si hay algo que llorar —los hijos que no llegaron, la casa que imaginaste, los años—, llóralo. Eso no es falta de fe. Es una pérdida de verdad y merece que se le trate como tal. Los salmos están llenos de gente diciéndole a Dios exactamente eso, sin maquillar, y ninguno de ellos recibió una reprimenda por hacerlo.

Mientras tanto

Esperar duele, y no hace falta fingir que no. Puedes decírselo a Dios hoy tal como te sale.

Solo no te quedes esperando de brazos cruzados. Esfuérzate donde estás, sirve donde te haya puesto, cuida tu casa, tus amigos, tu trabajo. Y no abras la puerta solo porque llevas mucho llamando tú.

«Aguarda a Jehová; esfuérzate, y aliéntese tu corazón; sí, espera a Jehová.» — Salmo 27:14

Para el que lleva tiempo esperando algo que no llega, y ya no sabe si sigue esperando bien.

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