No es una lista de lo que no puedes hacer. Es Dios poniendo una valla justo donde hay un precipicio.

Antes de nada: si la palabra «pureza» se usó contigo para avergonzarte —y con las mujeres se ha usado mucho más—, quiero decirte que esa voz no era la de Dios. Él no señala para humillar. Cuando corrige, corrige para proteger, y no lo hace delante de todos.

Hecha esa aclaración, vamos a lo que dice de verdad. Pablo lo escribe así:

«Pues la voluntad de Dios es vuestra santificación; que os apartéis de fornicación; que cada uno de vosotros sepa tener su propia esposa en santidad y honor.» — 1 Tesalonicenses 4:3-4

Fíjate en la palabra «honor». No dice «en abstinencia», dice en santidad y honor. Es decir: esto no va solo de lo que se hace con un cuerpo, va de cómo se trata a una persona. La pureza es una forma de mirar al otro. El que respeta no está reprimido: está honrando a alguien que no es suyo todavía, y puede que nunca lo sea.

Por qué protege en vez de castigar

Porque el sexo une, y une aunque tú digas que no significaba nada. No es una opinión mía ni de tu iglesia: «y serán una sola carne» (Génesis 2:24). Se ata algo. Y cuando se rompe lo que se ató, se rompe por dentro, no por fuera. Por eso hay gente que llega a los treinta habiendo firmado que aquello «no fue nada» y arrastrando un cansancio de corazón que no sabe explicar.

Y hay una segunda razón, más incómoda: la prisa física tapa la falta de todo lo demás. Se salta la conversación difícil, se salta el conocerse de verdad, se salta el ver cómo trata esa persona a su madre o cómo reacciona cuando algo le sale mal. Muchas parejas descubren a los dos años que en realidad no se conocían: solo se habían acostumbrado.

Pablo, que no era ingenuo, da una instrucción rara para lo demás y muy clara aquí:

«Huid de la fornicación.» — 1 Corintios 6:18

No dice resistid. Dice huid. Hay cosas de las que no se sale discutiendo con uno mismo a las dos de la mañana: se sale saliendo. Y eso es práctico, no espiritual: no ponerse en el sitio donde ya sabes lo que va a pasar, no quedar a esa hora, no seguir esa conversación.

Esto vale igual para lo que nadie ve. La pornografía funciona con la misma mecánica y hace más daño del que se cuenta: te enseña a consumir personas. Y no se rompe apretando los dientes. Si eso ya no lo controlas tú, no es un problema de disciplina, es una atadura, y las ataduras se rompen con Dios y con ayuda de verdad —yo pasé por ahí—.

Y si ya cruzaste esa línea

Entonces esto es para ti especialmente, y no en tono de reproche.

La pureza no es un examen que se suspende una vez y ya no se recupera. Cuando trajeron a una mujer sorprendida en adulterio para que Jesús la sentenciara, Él no le quitó importancia y tampoco la hundió. Le dijo dos cosas en una frase: «Ni yo te condeno; vete, y no peques más» (Juan 8:11). Las dos juntas. Sin condena y sin permiso.

Eso es lo que hay hoy para ti. No un carné roto, sino un camino al que se vuelve: «Si confesamos nuestros pecados, él es fiel y justo para perdonar nuestros pecados, y limpiarnos de toda maldad» (1 Juan 1:9). Y no se vuelve empujado. Él llama a la puerta y espera a que abras (Apocalipsis 3:20); nunca la ha tirado abajo.

Si estás dentro de una relación y quieres cambiar esto a mitad de partido, se puede. Habladlo despiertos y vestidos, no en el momento en que ya no se puede hablar. Poned decisiones concretas, no buenas intenciones. Y contádselo a alguien que os pueda preguntar dentro de dos semanas cómo va: lo que no se cuenta a nadie no dura.

«Crea en mí, oh Dios, un corazón limpio, y renueva un espíritu recto dentro de mí.» — Salmo 51:10

Si esto te habló hoy

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