Se puede tener toda la actividad intacta y el amor caído. A una iglesia entera le pasó, y Jesús se lo dijo a la cara.

No hubo ninguna caída. No pasó nada que puedas señalar. Sigues creyendo lo mismo, sigues yendo los domingos, sigues orando antes de comer. Y sin embargo, si eres sincero, hace tiempo que aquello no es lo que era: se ha quedado en trámite.

Eso tiene nombre en la Biblia, y no es «crisis de fe». Es otra cosa, y se puede arreglar.

A una iglesia que lo hacía todo bien

En Apocalipsis, Jesús le escribe a la iglesia de Éfeso. Empieza reconociéndoles el trabajo, la paciencia y hasta que no soportaban a los falsos maestros. Y luego dice esto:

«Pero tengo contra ti, que has dejado tu primer amor. Recuerda, por tanto, de dónde has caído, y arrepiéntete, y haz las primeras obras; pues si no, vendré pronto a ti, y quitaré tu candelero de su lugar, si no te hubieres arrepentido.» — Apocalipsis 2:4-5

Antes de seguir, una precisión que hace falta, porque este versículo asusta mal: Jesús le está escribiendo a una iglesia, no a un creyente a solas. El candelero es la lámpara de esa comunidad en su ciudad —su testimonio, lo que alumbraba alrededor—, y el propio libro lo define sin dejar lugar a dudas: «los siete candeleros que has visto, son las siete iglesias» (Apocalipsis 1:20). Lo que está en juego ahí es que se apague una luz en un sitio, no que Dios te retire a ti. Y si has llegado hasta aquí con miedo, ese miedo no sale del texto: el texto dice recuerda y vuelve, y quien lo dice es el mismo que sigue escribiéndoles.

Léelo despacio, porque desmonta la idea que casi todos tenemos. Esa gente no estaba haciendo nada mal: trabajaban, aguantaban, discernían. Lo que se les había caído no era la conducta, era el amor. Y a Jesús no le bastó con la conducta.

Y fíjate en lo que manda hacer, porque no es lo que esperarías. No dice «esfuérzate más» ni «siéntete peor». Dice tres cosas: recuerda, arrepiéntete y haz las primeras obras. Recordar cómo era. Cambiar de dirección. Y volver a hacer aquello que hacías al principio, en concreto, aunque hoy no te salga de dentro.

Él se acuerda de cómo eras

Hay una frase de Dios sobre su pueblo que a mí me desarma cada vez que la leo:

«Anda y clama a los oídos de Jerusalén, diciendo: Así dice Jehová: Me he acordado de ti, de la fidelidad de tu juventud, del amor de tu desposorio, cuando andabas en pos de mí en el desierto, en tierra no sembrada.» — Jeremías 2:2

Dios se acuerda del principio. Guarda la memoria de cuando le seguías por un sitio donde no había nada. Puede que tú hayas olvidado a esa persona que fuiste; Él no. Y lo que Él hizo por ti no caduca cuando tú te enfrías: no lo hizo porque estuvieras encendido.

Y si al leer esto no encuentras ningún «principio encendido» que recordar —porque llegaste a la fe ya cansado, sin fuegos artificiales, o porque creciste dentro de ella y nunca hubo un despegue así—, no estás fuera de este artículo. Lo tuyo no es volver a un sitio: es llegar a él, y Dios lo recibe exactamente igual.

Por qué se enfría

Casi nunca es un pecado espectacular. Suele ser una de estas cuatro causas, y conviene mirar cuál es la tuya:

El desgaste. Lo que se repite mucho tiempo pierde el asombro. Le pasa al matrimonio, al trabajo y a esto.

Una decepción con personas. Alguien de la iglesia te falló, y sin darte cuenta le cobraste la factura a Dios. No es lo mismo, aunque duela en el mismo sitio.

Una oración que no fue contestada. Pediste algo grande y no pasó. No lo dijiste en voz alta, pero desde entonces hablas con Él con la guardia alta. De eso escribí en Cuando Dios guarda silencio.

Servir hasta vaciarte. Muchísima gente se enfría por exceso de actividad religiosa, no por falta. Es tan común que le dediqué un artículo entero.

Y una que no es espiritual, y conviene decirla aquí. Si además de frío llevas semanas sin dormir bien, sin concentrarte y sin que nada te ilusione, puede que lo que tengas no sea un enfriamiento del alma, sino una depresión. Eso no se arregla recordando el primer amor: se trata, y buscar ayuda no es fallarle a nadie.

Lo que no funciona

Fingir entusiasmo. Cantar más fuerte no calienta nada, y encima te deja con la sensación de estar actuando delante del único que ve por dentro.

Meter más actividad. Si te enfriaste sirviendo, servir más no es la cura. Es la misma medicina que te enfermó, en dosis mayor.

Castigarte. No hay ningún sitio en la Biblia donde alguien recupere el amor a base de machacarse. Si esa es tu manera, esto es para ti.

Lo que sí

Pídelo, no lo fabriques. Después de lo peor de su vida, David no prometió esforzarse más. Pidió:

«Vuélveme el gozo de tu salvación, Y espíritu noble me sustente.» — Salmo 51:12

Vuélveme. Es una petición, no un propósito de año nuevo. El gozo no se genera apretando; se pide y se recibe.

Haz las primeras obras. Literalmente lo que Jesús le dijo a Éfeso. ¿Qué hacías al principio que ya no haces? ¿Leer por la noche, cantar en el coche, hablarle mientras caminabas, contarle las cosas según pasaban? Vuelve a eso, aunque hoy lo hagas sin ganas y sin que te diga nada. El sentimiento suele llegar después del gesto, casi nunca antes.

Dile exactamente cómo estás. «Ya no siento nada y no sé cuándo se apagó» es una oración perfectamente válida, y probablemente la más sincera que le has hecho en meses.

Y no confundas frío con lejanía. Frío es esto: seguir ahí sin calor. Si lo que te pasa es que te fuiste hace tiempo y no sabes con qué cara volver, eso tiene su propia respuesta y la escribí aquí.

La promesa que sostiene todo esto viene entera, y hay que leerla entera:

«Acercaos a Dios, y él se acercará a vosotros. Pecadores, limpiad las manos; y vosotros los de doble ánimo, purificad vuestros corazones.» — Santiago 4:8

Fíjate a quién le habla la segunda mitad: a los de doble ánimo. Es decir, a ti — al que sigue ahí y a la vez ya no está del todo. Y fíjate en qué pide y en qué no pide: manos limpias y un corazón sin doblez. Ganas no pide. Nada de lo que hay ahí se mide en entusiasmo, y por eso el paso lo puedes dar hoy, apagado como estás.

Y por si te queda la duda de cuánto tienes que acercarte para que cuente, mira quién recorre la distancia en la historia que contó Jesús:

«Y cuando aún estaba lejos, lo vio su padre, y fue movido a misericordia, y corrió, y se echó sobre su cuello, y le besó.» — Lucas 15:20

Aún estaba lejos. El que corrió fue el padre.

«No quebrará la caña cascada, ni apagará el pábilo que humeare; por medio de la verdad traerá justicia.» — Isaías 42:3

Si lo que se enfrió empezó el día que te falló una persona, de eso va este libro.

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