«Creo que Dios me está diciendo que…» — y detrás viene un trabajo, una relación, una mudanza. ¿Cómo sabes que es Él y no eres tú?
Un cambio de trabajo, una relación, una mudanza, dejar los estudios. La pregunta llega siempre en el peor momento, que es cuando ya hay algo grande en juego: ¿cómo sé que es Él y no soy yo, o mis ganas, o el miedo?
Preguntarlo no es poca fe. Es exactamente lo contrario: es tomarse en serio a Dios y tomarse en serio tu vida. La gente que nunca se lo pregunta es la que más se equivoca, y suele arrastrar a otros al equivocarse.
Y si el «Dios me dijo» lo está usando otro sobre ti
Esto va primero, porque hay quien llega a esta pregunta empujado y no por su cuenta. Hay gente que usa la frase «Dios me dijo» para decidir sobre la vida de otro: un líder, una pareja, un familiar. Si alguien te presiona con eso para que te calles, para que rompas con tu gente, para que entregues dinero, para que aguantes algo que te está haciendo daño o para que no lo consultes con nadie, eso no es la voz de Dios, y no necesitas leer el resto para saberlo. Ninguna de las señales que vienen abajo está ahí: ni es pacífica, ni admite consejo, ni resiste el tiempo, ni se parece a un silbo apacible.
Y si estás ahí ahora mismo: cuéntaselo a alguien de fuera de ese círculo. Un familiar, un amigo que no dependa de esa persona ni de esa iglesia. De dentro no te lo va a decir nadie. Salir de un sitio donde te presionan en nombre de Dios no es rebeldía ni falta de fe: es exactamente lo que hacían los de Berea, comprobar. Y si hay dinero, aislamiento o miedo de por medio, eso ya no se arregla discerniendo mejor — se pide ayuda fuera, también profesional si hace falta, y pedirla no es desconfiar de Dios.
Elías esperaba el terremoto
Elías está agotado, escondido en una cueva, y Dios le manda salir. Lo que pasa después está escrito con una precisión que no es casual:
«El le dijo: Sal fuera, y ponte en el monte delante de Jehová. Y he aquí Jehová que pasaba, y un grande y poderoso viento que rompía los montes, y quebraba las peñas delante de Jehová; pero Jehová no estaba en el viento. Y tras el viento un terremoto; pero Jehová no estaba en el terremoto. Y tras el terremoto un fuego; pero Jehová no estaba en el fuego. Y tras el fuego un silbo apacible y delicado.» — 1 Reyes 19:11-12
Fíjate en lo que hace el texto: descarta. Tres veces seguidas dice dónde no estaba, y las tres eran justo lo que cualquiera habría señalado: lo grande, lo ruidoso, lo espectacular. Y fíjate también en lo que no dice: tampoco dice que Jehová estuviera en el silbo. Dice que tras el fuego vino un silbo apacible — y lo que queda al final no es un espectáculo, sino algo que solo se oye cuando el ruido ya ha pasado.
Guárdate eso, porque descarta de un plumazo un montón de cosas que la gente toma por señales: la emoción de una noche, la coincidencia impactante, la frase que dijo alguien desde un escenario. Dios puede usar todo eso. Pero no es donde suele estar.
Cuatro filtros, y van en este orden
1. La Escritura, primero y por encima de todo. Dios no se contradice. Si lo que oyes va contra lo que Él ya dejó escrito, no es Él, por muy bonito que suene y por muy claro que lo hayas sentido. Esto no es opinable: «Amados, no creáis a todo espíritu, sino probad los espíritus si son de Dios; porque muchos falsos profetas han salido por el mundo» (1 Juan 4:1). Probar es lo que se hace con lo que se ama, no solo con aquello de lo que ya se desconfía.
2. El fruto y la manera. Hay una descripción de cómo es lo que viene de arriba:
«Pero la sabiduría que es de lo alto es primeramente pura, después pacífica, amable, benigna, llena de misericordia y de buenos frutos, sin incertidumbre ni hipocresía.» — Santiago 3:17
Pacífica. Amable. Sin doblez. Lo que llega con prisa, con secretismo o dejándote agitado no lleva esa firma. Dios llama y espera —«He aquí, yo estoy a la puerta y llamo» (Apocalipsis 3:20)—; no empuja la puerta ni te mete prisa para que no puedas pensar. La urgencia extrema casi siempre es de otro.
3. El consejo de gente que no te va a decir lo que quieres oír. «Donde no hay dirección sabia, caerá el pueblo; Mas en la multitud de consejeros hay seguridad» (Proverbios 11:14). No vale preguntar solo al amigo que siempre te da la razón. Y ojo con quien te dice que no lo consultes con nadie: eso, en sí mismo, ya es la respuesta.
4. La obediencia — el filtro que casi nadie usa, y el único que separa de verdad a Dios de tus ganas. Jesús lo dijo así: «El que quiera hacer la voluntad de Dios, conocerá si la doctrina es de Dios, o si yo hablo por mi propia cuenta» (Juan 7:17). Primero la disposición, después la claridad, y en ese orden. De ahí sale la pregunta incómoda: ¿estoy dispuesto a hacerlo aunque la respuesta sea la que no quiero? Si solo estás dispuesto si sale que sí, todavía no estás preguntando: estás buscando permiso.
Y una comprobación práctica que sale de esa: ¿qué pierdes tú si es Dios? Cuando lo que oyes coincide punto por punto con lo que ya querías, y encima no te cuesta nada, míralo dos veces. No porque Dios no dé cosas que apetecen —las da—, sino porque ahí es donde tu propia voz se disfraza mejor. Y al revés: cuando lo que oyes te cuesta, te quita algo o te manda a arreglar lo que llevas años esquivando, casi nunca es un invento tuyo. Nadie se inventa una voz que le mande pedir perdón.
El tiempo, por cierto, sigue siendo buen aliado: lo que es de Dios aguanta que lo pienses una semana y lo consultes con alguien. Pero que algo aguante siete días no lo convierte en Dios, y que se caiga no prueba que no lo fuera. El plazo sirve para que se te pase la prisa, no para dictaminar.
Lo que sí está prometido
Puede que te dé la impresión de que oír a Dios es cosa de gente especial. Mira quién es el que oye en las palabras de Jesús:
«Mis ovejas oyen mi voz, y yo las conozco, y me siguen,» — Juan 10:27
Ovejas. No expertos, no místicos: ovejas, que no destacan en nada. Una oveja no distingue la voz de su pastor por talento, sino por costumbre — de oírla todos los días. Ahí está buena parte de la respuesta a tu pregunta: se aprende a reconocerle tratándole, no analizando un momento suelto.
Y fíjate dónde suena la dirección en este otro:
«Entonces tus oídos oirán a tus espaldas palabra que diga: Este es el camino, andad por él; y no echéis a la mano derecha, ni tampoco torzáis a la mano izquierda.» — Isaías 30:21
A tus espaldas, mientras andas. No delante, con el mapa entero desplegado antes de moverte. Mucha gente lleva años parada esperando una señal para empezar a caminar, cuando la promesa dice que la corrección llega andando.
Y si te equivocas
Te vas a equivocar alguna vez. Yo lo he hecho, convencido de que era Dios. Por eso esta oración vale más que un oído perfecto:
«Examíname, oh Dios, y conoce mi corazón; Pruébame y conoce mis pensamientos; Y ve si hay en mí camino de perversidad, Y guíame en el camino eterno.» — Salmo 139:23-24
Un Padre al que le has dado permiso para corregirte es mejor garantía que la certeza de no fallar nunca. Y la promesa no es que aciertes siempre, sino esta: «Te haré entender, y te enseñaré el camino en que debes andar; Sobre ti fijaré mis ojos» (Salmo 32:8).
Dios trata contigo directamente
Puede hablarte a través de personas —lo hace—, pero nadie tiene autoridad para ponerse entre tú y Él y decirte lo que Él quiere sin que tú puedas comprobarlo. Comprobar no es desconfiar: es tomárselo en serio, como se lo tomaba la iglesia que la Biblia llama «más noble» por hacerlo (Hechos 17:11).
Al final, la seguridad no está en tu capacidad de acertar. Está en quién es el que te lleva de la mano.
«Fíate de Jehová de todo tu corazón, Y no te apoyes en tu propia prudencia. Reconócelo en todos tus caminos, Y él enderezará tus veredas.» — Proverbios 3:5-6
«No te apoyes en tu propia prudencia.» De dejar de decidirlo todo con el propio brazo va este libro.
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