Nadie deja de orar de golpe. Se deja el día que uno decide esperar a tener ganas.
La pregunta me llega casi todas las semanas, y casi nunca con estas palabras: «oro, pero es como hablarle al techo». A veces viene con vergüenza, como si me confesara algo. Casi siempre viene de gente que no ha dejado de creer: sigue ahí, sigue intentándolo, y hace meses que no siente absolutamente nada cuando cierra los ojos.
Si es tu caso, lo primero que necesitas saber es que eso no es una avería tuya. Y lo segundo, que en ningún sitio de la Biblia se te pide que sientas algo para orar.
Lo que Jesús pidió, exactamente
Cuando explicó cómo se ora, dijo esto:
«Mas tú, cuando ores, entra en tu aposento, y cerrada la puerta, ora a tu Padre que está en secreto; y tu Padre que ve en lo secreto te recompensará en público.» — Mateo 6:6
Léelo otra vez y cuenta los verbos: entrar, cerrar, orar. Tres cosas que se hacen con el cuerpo. Ninguna se hace con el estado de ánimo. No dice «cuando lo sientas», ni «cuando estés bien», ni «cuando lo hayas arreglado». Dice entra y cierra la puerta.
Y justo después avisa de lo contrario de lo que tú te temes:
«Y orando, no uséis vanas repeticiones, como los gentiles, que piensan que por su palabrería serán oídos.» — Mateo 6:7
Fíjate a quién está corrigiendo: no al que dice poco, sino al que cree que se le oye por la cantidad. Si tú estás callado porque no te salen las palabras bonitas, no eres el problema de ese versículo. Eres justo lo contrario.
Cuando no te sale ni la frase
Hay una promesa aquí que a mí me quitó años de culpa de encima:
«Y de igual manera el Espíritu nos ayuda en nuestra debilidad; pues qué hemos de pedir como conviene, no lo sabemos, pero el Espíritu mismo intercede por nosotros con gemidos indecibles.» — Romanos 8:26
Ahí está escrito, negro sobre blanco: no lo sabemos. Tampoco Pablo. La oración no depende de que tú aciertes con las palabras; depende de Alguien que traduce lo que tú no consigues decir. Un gemido sirve. Un «no puedo» sirve. Estar sentado en el borde de la cama sin decir nada, también.
Orar no es informar: es dejar de fingir
El salmista lo dice con una imagen física, de volcar algo:
«Esperad en él en todo tiempo, oh pueblos; Derramad delante de él vuestro corazón; Dios es nuestro refugio.» — Salmo 62:8
Derramar es sacar todo lo que hay dentro, no la versión editada. Y ahí está el motivo por el que a mucha gente le sabe a techo: no está orando, está recitando el resumen que le contaría a un desconocido. Dios no necesita el resumen. Dile lo que hay: que estás seco, que estás enfadado con Él, que llevas tres meses sin respuesta. Eso es oración — de hecho, hay salmos enteros escritos así.
Es algo que se aprende
Los discípulos vivían con Jesús y aun así le pidieron esto:
«Aconteció que estaba Jesús orando en un lugar, y cuando terminó, uno de sus discípulos le dijo: Señor, enséñanos a orar, como también Juan enseñó a sus discípulos.» — Lucas 11:1
No le pidió ganas. Le pidió que les enseñara. Gente que convivía con Jesús y le veía orar dio por hecho que aquello se aprendía, y uno lo dijo en voz alta por todos. A ti tampoco debería darte vergüenza.
Y el propio Jesús lo tenía en el horario, no en la inspiración: «Levantándose muy de mañana, siendo aún muy oscuro, salió y se fue a un lugar desierto, y allí oraba» (Marcos 1:35). Muy de mañana y a oscuras no suena precisamente a que le apeteciera.
Lo que sostiene todo esto
Antes de la lista, esto, que es lo que la sostiene: lo que Dios siente por ti hoy no lo decide tu racha. No estás en lista de espera hasta que vuelvas a sentir algo.
«Por lo cual estoy seguro de que ni la muerte, ni la vida, ni ángeles, ni principados, ni potestades, ni lo presente, ni lo por venir, ni lo alto, ni lo profundo, ni ninguna otra cosa creada nos podrá separar del amor de Dios, que es en Cristo Jesús Señor nuestro.» — Romanos 8:38-39
Mira dónde está anclado ese amor: en Cristo Jesús Señor nuestro, no en tu constancia. Lo que te sostiene lo hizo Él, y lo hizo cuando tú ni estabas. Tu sequedad tampoco aparece en esa lista de cosas que no pueden separarte de Él — porque no da la talla para estar en ella.
Qué hacer esta semana, en concreto
Antes de la lista, algo que hace falta decir aparte, porque si no suena a que esta es la única respuesta que hay. Si llevas mucho tiempo seco y además no duermes, no te concentras y nada te ilusiona, puede que esto no sea sequedad espiritual: puede ser una depresión, y la depresión no se ora hasta que se va — se trata, igual que se trata cualquier otra enfermedad, y pedir ayuda médica no es falta de fe. A Elías, Dios le dio de comer y le dejó dormir antes de hablarle de nada.
Y otra cosa, antes de seguir: no hace falta que hagas las cuatro esta semana, ni que sea por la mañana si tus mañanas no son tuyas —con turnos, con hijos pequeños, con lo que sea—. Elige una, a la hora que puedas, y olvídate de las demás. Si hoy no puedes con ninguna, este artículo sigue siendo para ti.
1. Ponle hora y sitio, y no lo dejes a las ganas. Diez minutos, el mismo momento del día, el mismo rincón. Lo que depende de las ganas se acaba muriendo, y esto no es distinto de nada que importe.
2. Empieza diciendo la verdad de cómo llegas. Literal: «no siento nada y aquí estoy». Ya has orado. Eso es derramar el corazón.
3. Cuando no te salgan palabras, usa las de otro. Lee un salmo en voz alta y deja que sea tu oración. El 42, el 62, el 130. Están escritos precisamente por gente que no estaba en su mejor momento.
4. No midas por lo que sentiste; mide por si volviste. La sequedad no es el final de una relación con Dios: es la parte del medio, la que casi nadie cuenta. Y lo que decide no es lo que sentiste el jueves, sino que el viernes te volviste a sentar.
Yo pasé meses orando sin sentir nada, en un sitio donde no tenía ningún motivo para pensar que alguien me escuchaba. Aquello no cambió porque yo consiguiera sentir algo. Cambió porque seguí volviendo, y un día me di cuenta de que ya no estaba hablando solo.
Sigue llamando desde el otro lado, sin prisa y sin forzar nada: «He aquí, yo estoy a la puerta y llamo; si alguno oye mi voz y abre la puerta, entraré a él, y cenaré con él, y él conmigo» (Apocalipsis 3:20). Lo único que hace falta hoy es abrir, aunque sea sin ganas.
«Pero de día mandará Jehová su misericordia, Y de noche su cántico estará conmigo, Y mi oración al Dios de mi vida.» — Salmo 42:8
Aprendí a orar en el peor sitio en el que he estado. De ahí salió este libro.
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