Sabérselo todo de alguien y no hablar nunca con él. Eso, aplicado a Dios, tiene un nombre: religión.
Puedes saberte los libros de la Biblia en orden, distinguir a los profetas mayores de los menores y defender una doctrina en una discusión sin despeinarte. Y salir de ahí sin haber hablado con Dios en toda la semana.
Lo digo sin ninguna superioridad, porque el que aprende rápido es justamente el que más riesgo tiene: acumula información sobre Dios a la velocidad a la que otros acumulan cualquier otra cosa, y el montón crece tan deprisa que parece cercanía.
Lo que todavía quería Pablo, con toda su formación
Pablo se formó a los pies de Gamaliel, con la mejor educación religiosa a la que se podía aspirar entonces. Después de años de ministerio, esto es lo que dice que le queda por delante:
«a fin de conocerle, y el poder de su resurrección, y la participación de sus padecimientos, llegando a ser semejante a él en su muerte,» — Filipenses 3:10
Conocerle. No «saber más de Él». El hombre al que le debemos trece cartas del Nuevo Testamento habla de conocer a Cristo como de algo que todavía persigue. Si a él le quedaba camino, el problema no es la falta de datos de nadie.
Y Jesús define la vida eterna con ese mismo verbo, no con otro:
«Y esta es la vida eterna: que te conozcan a ti, el único Dios verdadero, y a Jesucristo, a quien has enviado.» — Juan 17:3
Podría haber dicho «que crean cosas correctas sobre ti». Dice que te conozcan. Es lenguaje de relación, el que se usa entre dos personas que se conocen de verdad.
Por qué el conocimiento a secas hace daño
Pablo lo dice de una manera que no deja escapatoria:
«En cuanto a lo sacrificado a los ídolos, sabemos que todos tenemos conocimiento. El conocimiento envanece, pero el amor edifica.» — 1 Corintios 8:1
Envanecer es hinchar. Lo hinchado ocupa mucho y no sostiene nada. Por eso hay gente que cuanto más aprende, peor trata a los suyos: el conocimiento sin amor no te hace más de Dios, te hace más difícil de aguantar.
Y dos versículos después le da la vuelta a la frase entera, y esto es lo que quiero que te lleves:
«Pero si alguno ama a Dios, es conocido por él.» — 1 Corintios 8:3
No dice «si alguno sabe mucho, conoce a Dios». Dice que el que ama es conocido por Él. Se cambia el sujeto: lo que sostiene esto no es tu expediente, es que Él te conoce a ti.
La frase de Jesús que hay que leer entera, y con cuidado
Está en el Sermón del Monte y suele citarse a medias, para asustar:
«Muchos me dirán en aquel día: Señor, Señor, ¿no profetizamos en tu nombre, y en tu nombre echamos fuera demonios, y en tu nombre hicimos muchos milagros? Y entonces les declararé: Nunca os conocí; apartaos de mí, hacedores de maldad.» — Mateo 7:22-23
Mira bien de quién habla: de gente con currículum espiritual espectacular. Profecías, milagros, demonios echados fuera. Lo que falta ahí no es actividad, es trato — nunca os conocí.
Y ahora lo que casi nadie añade cuando cita esto. Si al leerlo te ha entrado miedo de ser tú, ese miedo no es la señal de la que habla el texto: ahí retrata a gente absolutamente segura de sí misma, que llega presentando logros. El que teme no ser conocido no aparece en esa escena. Aparece en la otra, en la de Pablo: si alguno ama a Dios, es conocido por él. Y si esta pregunta te vuelve más noches de las que quisieras, quédate con esto: lo que te sostiene no es cuánto le amas ni cuánto te angustias por él, sino que Él te conoce a ti. «Conoce el Señor a los que son suyos» (2 Timoteo 2:19). «Mis ovejas oyen mi voz, y yo las conozco… y no perecerán jamás, ni nadie las arrebatará de mi mano» (Juan 10:27-28). Fíjate de quién es la mano.
Lo que Dios dijo que prefiere
Cuando su pueblo tenía la religión funcionando a pleno rendimiento —el templo lleno, los sacrificios al día—, Dios dijo esto:
«Porque misericordia quiero, y no sacrificio, y conocimiento de Dios más que holocaustos.» — Oseas 6:6
Conocimiento de Dios más que holocaustos. Ni siquiera lo pone en el mismo plano: prefiere que le conozcas antes que todo el aparato religioso funcionando.
Cómo se pasa de saber a conocer
1. Háblale a Él, no solo de Él. Cuenta las veces que has hablado sobre Dios esta semana —en el grupo, en casa, discutiendo— y las veces que has hablado con Él. Si el primer número es el doble que el segundo, ya sabes por dónde empezar.
2. Obedece una cosa, hoy. Es la vía que da Jesús, y es de trato, no de estudio: «El que tiene mis mandamientos, y los guarda, ése es el que me ama; y el que me ama, será amado por mi Padre, y yo le amaré, y me manifestaré a él» (Juan 14:21). Lo que se obedece se conoce; lo que solo se comenta, no.
3. Deja de producir un rato. Nadie conoce a nadie mientras le organiza la agenda. De eso escribí aquí, porque es la trampa más elegante que hay.
4. Déjale que te corrija. «Examíname, oh Dios, y conoce mi corazón… y guíame en el camino eterno» (Salmo 139:23-24) es una oración que casi nadie hace, y fíjate cómo termina: no en lo que tú descubras mirándote por dentro, sino en que Él te lleva. Conocer a alguien incluye dejar que te diga la verdad — y dejar que te lleve después.
5. Y suelta la idea de llegar a saberlo todo. El objetivo es «conocer el amor de Cristo, que excede a todo conocimiento» (Efesios 3:19). Excede. Siempre va a haber más, y esa es la buena noticia, no la mala.
Toda la información del mundo sobre una persona no equivale a cinco minutos con ella. Con Dios pasa igual, con la diferencia de que Él sí está disponible para los cinco minutos.
«No se alabe el sabio en su sabiduría… Mas alábese en esto el que se hubiere de alabar: en entenderme y conocerme, que yo soy Jehová.» — Jeremías 9:23-24
Yo sabía mucho de Dios mucho antes de conocerle. Le conocí en el peor sitio en el que he estado, y de ahí salió este libro.
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