La Biblia no se te resiste porque seas mal cristiano. Se te resiste porque te la enseñaron como una tarea.

Casi todos hemos hecho lo mismo alguna vez: el uno de enero, el plan de lectura en un año; el ocho de febrero, Levítico; el nueve de febrero, se acabó. Y después la culpa, que dura bastante más que el plan.

El problema casi nunca es la disciplina. Es que nadie te dijo para qué sirve realmente ese libro, y así no hay manera: estás leyendo un manual cuando lo que tienes delante es una carta.

El aviso más incómodo que dio Jesús sobre la Biblia

Se lo dijo a los que más versículos sabían de memoria en todo Israel:

«Escudriñad las Escrituras; porque a vosotros os parece que en ellas tenéis la vida eterna; y ellas son las que dan testimonio de mí; y no queréis venir a mí para que tengáis vida.» — Juan 5:39-40

Es de lo más serio que se ha dicho nunca sobre leer la Biblia. Aquella gente la estudiaba a diario, con un rigor que tú y yo no tenemos, y Jesús les dice que se estaban quedando en la puerta: las Escrituras dan testimonio de mí, y ellos no querían venir a mí.

O sea: se puede leerla entera y no encontrarse con nadie. La Biblia no es el destino, es la ventana por la que se le ve a Él. Si te quedas mirando el cristal, has hecho el trabajo y te has perdido el motivo.

Para qué es, exactamente

Hay una imagen que lo aclara casi todo, y conviene leerla despacio porque siempre se cita a lo grande:

«Lámpara es a mis pies tu palabra, Y lumbrera a mi camino.» — Salmo 119:105

Fíjate dónde pone la lámpara: a los pies. No en el horizonte. Lo que alumbra una luz que va a la altura de los pies es el sitio donde vas a poner el pie siguiente, no los próximos diez años. No es un foco que te resuelva el futuro entero: es luz suficiente para dar el paso de mañana sin partirte una pierna. Si abres la Biblia esperando el mapa completo, vas a cerrarla decepcionado. Si la abres para el próximo paso, casi siempre está ahí.

Y sirve además para algo que no es cómodo:

«Porque la palabra de Dios es viva y eficaz, y más cortante que toda espada de dos filos; y penetra hasta partir el alma y el espíritu, las coyunturas y los tuétanos, y discierne los pensamientos y las intenciones del corazón.» — Hebreos 4:12

Ojo al orden: la Palabra te lee a ti. No vas tú a examinarla, va ella a examinarte. Por eso hay días en que incomoda, y ese es exactamente el día en que está funcionando.

Leer para conocer a alguien, no para cumplir

Jeremías lo cuenta como se cuenta el hambre:

«Fueron halladas tus palabras, y yo las comí; y tu palabra me fue por gozo y por alegría de mi corazón; porque tu nombre se invocó sobre mí, oh Jehová Dios de los ejércitos.» — Jeremías 15:16

Comer no es cumplir. Nadie tacha la cena de una lista de tareas. Ahí está la diferencia entre leer para tranquilizar la conciencia y leer para alimentarte: una de las dos se acaba en febrero, la otra no necesita motivación.

Hay además una razón muy práctica, y hoy diría que urgente. De los de Berea se dice esto:

«Y éstos eran más nobles que los que estaban en Tesalónica, pues recibieron la palabra con toda solicitud, escudriñando cada día las Escrituras para ver si estas cosas eran así.» — Hechos 17:11

Estaban comprobando lo que les predicaba el apóstol Pablo, y la Biblia los llama nobles por hacerlo. Leerla es también lo que te protege de que te vendan cualquier cosa en nombre de Dios: circulan por ahí versículos que, cuando vas a buscarlos, no dicen lo que te dijeron que decían.

Cómo se hace, en concreto

No son cinco tareas para la misma semana. Empieza por la que menos te cueste, y ya está.

1. Menos cantidad y todos los días. Diez versículos leídos despacio valen más que tres capítulos en diagonal para poder tachar el día. Esto no se mide en páginas.

2. Si llevas años sin abrirla, no empieces por el principio. Empieza por el evangelio de Juan, o por los Salmos si estás en horas bajas. Génesis y Levítico tienen su momento, y no es este.

3. Léelo preguntando por Él, no por ti. «¿Qué me dice esto de cómo es Dios?» antes que «¿qué saco yo de aquí?». Es el giro que cambia la lectura entera, y viene directo de Juan 5:39.

4. Termina con una cosa que hacer hoy. Una, pequeña y concreta:

«Pero sed hacedores de la palabra, y no tan solamente oidores, engañándoos a vosotros mismos.» — Santiago 1:22

5. Y no la uses de munición. Hay quien solo la abre para buscar el versículo que le da la razón contra alguien de su casa. Eso no es leer, es armarse — y las peleas nunca empiezan por lo que uno cree.

Un último apunte, por si te pesa el retraso: el plan que abandonaste no está en tu contra. La Escritura sirve «para enseñar, para redargüir, para corregir, para instruir en justicia» (2 Timoteo 3:16), y en esa lista no aparece «para hacerte sentir culpable». Esa parte la pusimos nosotros.

«Sino que en la ley de Jehová está su delicia, Y en su ley medita de día y de noche.» — Salmo 1:2

De dejar entrar la luz de Dios en lo de cada día va este libro.

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