No hace falta que te salga bonita. Hace falta que sea verdad.

Si has buscado esto de madrugada, ya sabes lo que pasa cuando cierras los ojos para orar y no hay dinero: que no sabes qué pedir sin que suene a lista de la compra, y que te da vergüenza pedir siempre lo mismo. Así que muchos acaban no orando, o rezando una fórmula que no se creen.

Antes de nada, porque es lo más urgente que voy a escribir aquí: si esta semana no hay comida en casa o ha llegado una orden de desalojo, esto no se arregla orando y ya está. Mañana por la mañana se pide ayuda —servicios sociales de tu municipio, banco de alimentos, tu iglesia—, y está explicado país por país en No llego a fin de mes. Pedir ayuda no es falta de fe. Ahora sigue leyendo.

Al final de esto hay una oración escrita que puedes usar tal cual esta noche, con un hueco para tu cifra. Lo que no vas a encontrar aquí es a alguien prometiéndote que si la rezas entrará dinero — entre otras cosas porque yo hice esa oración y a mí no me entró, y te lo voy a contar tal como fue.

La oración que hice yo, y lo que pasó al día siguiente

Julio de 2021, una casa alquilada en España. La pandemia me había cancelado el trabajo, el confinamiento se había llevado los ahorros y el dinero se acabó: primero el alcohol, luego la comida, luego el agua. En ese orden.

No hubo altar, ni iglesia, ni música de fondo, ni nadie mirando. Estaba en el suelo, entre botellas vacías, y dije esto con una voz que apenas reconocía como mía:

Si de verdad eres el Dios de la Biblia —del que mi mamá me hablaba de pequeño— sálvame. Entra en mi corazón. Quítame este dolor. Te acepto en mi vida. Por favor… sálvame.

Eso es todo. Ni una palabra teológica. Ni una promesa mía a cambio. Después me fui a dormir y dormí como no dormía desde hacía años.

«En paz me acostaré, y asimismo dormiré; Porque solo tú, Jehová, me haces vivir confiado.» — Salmo 4:8

Y ahora la parte que casi nunca se cuenta cuando alguien da su testimonio, y que es la razón por la que escribo este artículo. A la mañana siguiente el dinero seguía sin estar. Las mismas paredes, las mismas botellas, la misma luz por la misma ventana, la misma situación. No apareció una transferencia. No sonó el teléfono con una oferta de trabajo.

Lo que había cambiado era yo. Y desde ahí —solo desde ahí— se pudo empezar a hacer todo lo demás.

Alguien dirá que aquella noche yo no pedí dinero. Es verdad: no lo pedí. Pedí que me salvara. Y por eso este artículo no te va a prometer que pedir una cifra funcione — te cuenta lo que sí pasó la noche en que dejé de pedirle cosas y le pedí a Él.

Ahora tengo que decir algo, porque si no esto se queda corto para media España y media América. Yo aquella noche solo tenía que responder por mí. Nadie dependía de que yo desayunara al día siguiente. Si tú tienes hijos esperando, «lo que cambió fui yo» te puede sonar a poco — y tienes razón, te suena a poco porque lo es. Por eso este texto no se queda ahí: al final está la oración escrita. Y si lo de mañana no puede esperar a que termines de leer, la lista de a quién se le pide ayuda —con el nombre que recibe en cada país— está en No llego a fin de mes, en la primera sección. Eso no se reza: se hace.

Lo que puedes decirle, y está escrito en el libro

Casi todo el mundo cree que a Dios se le habla en un tono concreto. La Biblia no está de acuerdo. Mira cómo ora David escondido en una cueva:

«Delante de él expondré mi queja; Delante de él manifestaré mi angustia.» — Salmo 142:2

Mi queja. No su gratitud bien redactada: su queja. Y eso se conservó, se copió durante siglos y se metió en el libro de oraciones del pueblo de Dios para que se rezara en voz alta. Tienes permiso.

Y hay dos versículos que hablan de quién es oído, y no son los que suelen citarse en las iglesias grandes:

«Este pobre clamó, y le oyó Jehová, Y lo libró de todas sus angustias.» — Salmo 34:6

«Habrá considerado la oración de los desvalidos, Y no habrá desechado el ruego de ellos.» — Salmo 102:17

El pobre y el desvalido. No el que llega con las cuentas en orden. Y fíjate en lo que dicen exactamente: que oye, que considera, que no desecha. Ninguno de los dos dice cuándo ni con qué. David escribió el 34 acordándose de una vez concreta en la que salió; el 102 lo escribió alguien mirando una ciudad en ruinas y esperando que Dios la levantara algún día. Lo que los dos te garantizan es que se te está oyendo. Lo que ninguno te da es una fecha.

Y si te da vergüenza pedir por dinero, mira lo que Jesús metió en la única oración que enseñó Él mismo:

«El pan nuestro de cada día, dánoslo hoy.» — Mateo 6:11

Comida. En concreto. Para hoy, no para el año. Y de cada día quiere decir que mañana se vuelve a pedir lo mismo: repetir la petición no es falta de fe, es exactamente lo que se te dijo que hicieras.

La oración que ni Jesús consiguió

Esto hay que decirlo, porque si no todo lo anterior se convierte en otra fórmula. Hubo una oración perfecta, hecha por la persona correcta, con la fe correcta, y la respuesta fue no:

«Yendo un poco adelante, se postró sobre su rostro, orando y diciendo: Padre mío, si es posible, pase de mí esta copa; pero no sea como yo quiero, sino como tú.» — Mateo 26:39

La copa no pasó. Y ahora mira cómo cuenta Hebreos esa misma noche:

«Y Cristo, en los días de su carne, ofreciendo ruegos y súplicas con gran clamor y lágrimas al que le podía librar de la muerte, fue oído a causa de su temor reverente.» — Hebreos 5:7

Fue oído. Y aun así bebió la copa. Ahí está lo que casi nadie te dice: que Dios te oiga y que pase lo que pides no son la misma cosa. A nadie se le ocurriría decir que a Jesús le faltó fe — y en la segunda vuelta ya oraba así: «Padre mío, si no puede pasar de mí esta copa sin que yo la beba, hágase tu voluntad» (Mateo 26:42).

Pablo cuenta lo mismo de algo suyo:

«respecto a lo cual tres veces he rogado al Señor, que lo quite de mí.» — 2 Corintios 12:8

«Y me ha dicho: Bástate mi gracia; porque mi poder se perfecciona en la debilidad.» — 2 Corintios 12:9

Tres veces, y no se lo quitó. No le quitó el problema: le dio con qué sostenerlo. Si llevas meses pidiendo lo mismo y no cambia nada, estás en la misma compañía que esos dos. No estás haciéndolo mal.

Y que quede claro lo que no estoy diciendo: que Dios te haya puesto encima la falta de dinero para enseñarte algo. Eso no lo sé, y quien te lo diga tampoco lo sabe. Lo que sí dice el texto es que cuando algo no se quita, la oración no se quedó sin respuesta: la respuesta fue Él.

Y el versículo con el que te van a culpar

Este se usa mucho para explicarle a alguien por qué su oración no ha funcionado:

«Pero pida con fe, no dudando nada; porque el que duda es semejante a la onda del mar, que es arrastrada por el viento y echada de una parte a otra.» — Santiago 1:6

Dos cosas, y las dos importan. La primera: mira de qué se está hablando en el versículo de antes. No de dinero.

«Y si alguno de vosotros tiene falta de sabiduría, pídala a Dios, el cual da a todos abundantemente y sin reproche, y le será dada.» — Santiago 1:5

Falta de sabiduría. Ese es el asunto del pasaje. Sacarlo de ahí para decirle a una madre que no llega a fin de mes que no tiene bastante fe es usar la Biblia para algo que la Biblia no está haciendo.

Y la segunda: fíjate en las dos palabras que casi nadie lee del versículo 5 — sin reproche. Dios no te pasa factura por preguntar. El que te la pasa es otro.

Lo que sí promete cuando pides

Jesús lo dice con una imagen doméstica, de padre a hijo:

«¿Qué hombre hay de vosotros, que si su hijo le pide pan, le dará una piedra?» — Mateo 7:9

Y remata:

«Pues si vosotros, siendo malos, sabéis dar buenas dádivas a vuestros hijos, ¿cuánto más vuestro Padre que está en los cielos dará buenas cosas a los que le pidan?» — Mateo 7:11

Léelo despacio, porque la diferencia es todo el artículo: dice buenas cosas, no «las cosas que pidáis». Un padre que le da a su hijo exactamente todo lo que pide no es un buen padre. Ahí queda espacio para que a veces la respuesta sea otra, y para que a veces sea no.

Y lo que sí tienes garantizado hoy es quién está al otro lado:

«Porque no tenemos un sumo sacerdote que no pueda compadecerse de nuestras debilidades, sino uno que fue tentado en todo según nuestra semejanza, pero sin pecado.» — Hebreos 4:15

Jesús vivió sin casa propia y sabía lo que era depender de otros para comer. Cuando le hablas de dinero no le estás explicando algo que le quede lejos.

La oración, escrita

Úsala tal cual o cámbiala, que para eso está. Donde hay un hueco, pon tu cifra — no porque Dios necesite el número, que ya lo sabe, sino porque tú llevas meses sin decirlo en voz alta delante de nadie. Y que quede claro: lo más importante de esta oración no es esa línea. Es la última. El bloque de en medio es para quien tiene hijos; si no los tienes, sáltatelo.

Dios, no sé orar bien, y esta noche tampoco lo voy a intentar.
Te digo lo que hay: no llego. Me faltan        y no tengo de dónde sacarlo.
Llevo meses haciendo cuentas en la cabeza a horas en las que todo el mundo duerme, y ya he perdido la cuenta de cuántos.
Ya no me quedan fuerzas. Y hay días en que te lo reprocho, aunque me dé miedo decírtelo.

No vengo a hacer un trato. No traigo nada con lo que negociar, y ya no quiero fingir que sí.
Te pido lo que necesito, y lo digo con su nombre:       .

Y te pido, con más confianza que lo otro, lo que sé que quieres darme:
que no me sueltes esta noche;
que mañana me levante y haga lo que esté en mi mano sin que el miedo lo decida todo;
que esto no me endurezca el corazón;
que no deje de pedir ayuda por vergüenza.

Y por los míos, que no eligieron nada de esto:
que no carguen con lo que me toca cargar a mí;
y perdóname por lo que ya hayan visto — en una caja del supermercado, en una conversación que no debieron oír.
Quítales a ellos el peso de esa imagen, aunque a mí todavía me pese.

Y si esta noche no consigo dormir, que tampoco entonces me sueltes.
Y si mañana la situación sigue igual, que siga sabiendo que aquí dentro no me has dejado.
En el nombre de Jesús. Amén.

Si esta noche no te sale ni eso

Entonces no fuerces las palabras. Santiago lo resuelve en una línea sin pedirte nada más: «¿Está alguno entre vosotros afligido? Haga oración» (Santiago 5:13). Afligido y ya está. No pone condiciones de estado de ánimo.

Tres cosas concretas, y con una basta:

1. Di la cifra en voz alta. La cantidad exacta, no «bendice mis finanzas». Y dila delante de Dios, no delante del espejo: una cifra dicha a solas se te queda dando vueltas dentro; dicha delante de Alguien, ya está fuera de tu cabeza y en manos de otro.

2. Si no te salen tus palabras, usa las de otro. Lee el Salmo 142 en voz alta, el de la cueva, y deja que sea tu oración. O el 13, el del «¿hasta cuándo, Jehová?». Están escritos por gente que no estaba en su mejor momento, y por eso sirven.

3. Suelta el peso antes de dormir. Va entero, porque este sitio ya ha cortado versículos por donde estaba el a-quién y no se vuelve a hacer: «Echa sobre Jehová tu carga, y él te sustentará; No dejará para siempre caído al justo» (Salmo 55:22). Lee despacio la segunda línea: no dice que no te caigas. Dice para siempre. Y si alguna vez te lanzan ese «al justo» para insinuar que si no te sostienen será por algo tuyo, ya sabes por dónde va: en este mismo libro los justos aparecen escondidos en cuevas y metidos en cisternas. Soltar el peso es un gesto, no un sentimiento: se hace diciéndolo, aunque no lo notes.

Y una cosa que no es oración y hay que decir igual, porque orar no la sustituye: si esta semana no hay comida en casa o hay una orden de desalojo, pide ayuda mañana por la mañana — servicios sociales de tu municipio, el banco de alimentos de tu barrio, tu iglesia. Está todo en No llego a fin de mes, con el nombre que recibe en cada país. Pedir ayuda no es falta de fe: es lo que Dios usa casi siempre, que son otras manos.

De aquella noche en el suelo hace ya unos años. De ahí salió lo que vino después, y quiero que sepas de qué tamaño era aquello: no fue dinero, y no fue rápido. Fue poder levantarme al día siguiente. Lo demás tardó años, y no todo llegó.

Escribo esto porque alguien tenía que contarte la parte que nunca sale en los testimonios: que a la mañana siguiente la situación era la misma, y que aun así era otro día.

«Por la misericordia de Jehová no hemos sido consumidos, porque nunca decayeron sus misericordias. Nuevas son cada mañana; grande es tu fidelidad.» — Lamentaciones 3:22-23

Y una cosa sobre el libro que verás aquí abajo: si este mes no llegas, no lo compres. Va en serio. Este artículo no te lo cobra.

Esa oración del suelo es el centro de este libro. Está entera ahí dentro.

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