Te despiertas a las cuatro y ya está ahí, esperándote. Antes que cualquier otra cosa del día.

Y lo peor no es la cifra: es que has empezado a esconderla. De tu pareja, de tu familia, de la gente de tu iglesia. Lo que se esconde crece, porque los intereses no descansan mientras tú miras hacia otro lado.

Lo primero, para poder respirar y seguir leyendo: deber dinero no es un pecado. No hay ni un solo sitio en la Biblia donde se diga que el que debe está en pecado por deber. Lo que sí hay es un aviso muy realista sobre lo que la deuda te hace.

Lo que la Biblia dice que es una deuda

Este proverbio no condena a nadie. Describe:

«El rico se enseñorea de los pobres, Y el que toma prestado es siervo del que presta.» — Proverbios 22:7

Siervo. No pecador: siervo. Alguien que ha perdido una parte de su libertad y trabaja una parte de su mes para otro. Por eso no puedes dejar el trabajo que odias, por eso no puedes decir que no, por eso no duermes. La deuda te ata. Y saber que lo que tienes es una atadura y no una mancha ya cambia por dónde se empieza.

Y sí, está esto también:

«No debáis a nadie nada, sino el amaros unos a otros; porque el que ama al prójimo, ha cumplido la ley.» — Romanos 13:8

Es un ideal al que se camina, y hay que leerlo entero: el versículo no acaba en la deuda, acaba en el amor. Pablo no está montando una doctrina financiera; está diciendo que la única cuenta que debe quedar siempre abierta es la de amar. Si hoy debes, estás en un sitio del que hay que ir saliendo, no fuera de la voluntad de Dios.

Los dos versículos que se usan para machacar al que debe

Este circula mucho, y hay que sacarlo entero porque cortado es una crueldad:

«El impío toma prestado, y no paga; Mas el justo tiene misericordia, y da.» — Salmo 37:21

Lee bien dónde está el reproche. No está en tomar prestado: está en no pagar pudiendo. Habla del que no tiene intención de devolver, no del que se quedó sin trabajo, ni del que tuvo una urgencia médica, ni del que pidió para comer. Si tú estás intentando pagar, este versículo habla justo del contrario.

Y el otro: «Si alguno no quiere trabajar, tampoco coma» (2 Tesalonicenses 3:10). Fíjate en el verbo: no quiere. No dice «no encuentra». Y el versículo siguiente dice de quién habla: de gente que «andan desordenadamente, no trabajando en nada, sino entremetiéndose en lo ajeno» (2 Tesalonicenses 3:11). Si tú llevas meses echando currículums, ese versículo no te está señalando a ti, y quien te lo lance así te está haciendo daño con la Biblia.

Aquí es donde la fe entra: como permiso para mirar

Esto es lo que sostiene todo lo que viene después, así que va antes que los pasos.

La parte que casi nadie cuenta de una deuda es la vergüenza. Se debe dinero y se deja de mirar la aplicación del banco. Se deja de abrir las cartas. Se deja de contarlo en casa. Y cada cosa que se esconde hace la siguiente más grande.

Si Dios ya sabe la cifra y aun así no se ha ido —«No te desampararé, ni te dejaré»—, entonces abrir el sobre no te hace perder nada que no tuvieras ya. Lo único que se pierde al abrirlo es la fantasía. Por eso los cuatro pasos de abajo no son un método de finanzas con versículos encima: cada uno de ellos exige mirar algo que llevas meses sin mirar, y eso es exactamente lo que no se puede hacer solo.

Los cuatro pasos, y por qué hace falta Dios para dar el primero

Paso 0, y va antes que el método. Resta lo que entra menos lo básico: techo, luz, agua, comida, transporte para trabajar. Si te da un número negativo, ningún método de deudas te va a funcionar todavía, y no es culpa tuya: no se puede atacar una deuda sin nada con qué atacarla. Entonces lo primero no es elegir qué deuda pagas, sino decidir, a propósito y por escrito, el orden en el que dejas de pagar. El techo va primero. Después la luz y el agua. Después la comida de los niños. La tarjeta y el préstamo personal se atrasan antes que el alquiler, siempre: la tarjeta te suma intereses y te llama por teléfono, el alquiler te deja en la calle. Eso no es ser irresponsable. Es lo que te diría cualquier asesor que cobrara por decírtelo. Y decidirlo tú, a las diez de la mañana y con un papel, es distinto a que te lo decida el saldo a las cuatro de la madrugada.

1. Escribe la cifra real. Todas las deudas, con su interés y su cuota, en una hoja. La cifra que te imaginas de madrugada casi siempre es peor que la de verdad, y mientras no la escribes estás peleando contra un fantasma. Es lo mismo que hacía el hombre de la torre en la parábola que cité en No llego a fin de mes: sentarse a calcular antes de nada.

2. Habla con quien te prestó. Si todavía estás pagando, hazlo antes de dejar de hacerlo. Y si ya dejaste —si llevas dos, tres o cinco cuotas atrasadas y hace meses que no abres el sobre—, este paso no se te ha pasado: es más urgente todavía, porque la llamada que no das es la que hace que tu deuda se venda a una agencia de cobro. A muchos acreedores les conviene más cobrar despacio que no cobrar, y por eso vale la pena pedirlo. Otros te dirán que no. Pídelo igual: el no ya lo tienes.

3. Ordena y ataca por una. La más pequeña primero, para ver que se puede; o la del interés más alto, si aguantas sin ver resultados. Lo que no funciona es pagar un poco de todas a la vez y no terminar ninguna. «Los pensamientos del diligente ciertamente tienden a la abundancia; Mas todo el que se apresura alocadamente, de cierto va a la pobreza» (Proverbios 21:5). Ese versículo no dice cómo llegaste hasta aquí —eso ya lo hemos hablado, y muchas veces no depende de ti—. Dice cómo se sale: despacio, con un plan, sin atajos.

4. Sácalo de la oscuridad. Díselo a tu pareja si no lo sabe, y sobre todo si no lo sabe. Si no tienes pareja, díselo a una persona de confianza, y si dejaste de ir a la iglesia justo por esto, busca un grupo de apoyo o una línea gratuita de atención al consumidor. Y si es un agujero grande, busca a alguien que sepa: en internet, con estas palabras y el nombre de tu ciudad — «defensa del consumidor» y «asesoramiento gratuito de deudas». En casi todos los países hispanohablantes hay una oficina pública que atiende esto gratis y casi nadie sabe que existe; en España, además, está la Ley de Segunda Oportunidad. Usarlas no es hacer trampa: es usar lo que hay.

Yo crecí dentro de esto desde el otro lado. Mi padre se fue de casa y dejó a mi madre sola con cuatro hijos y una deuda enorme. Yo era uno de los cuatro. Sé lo que es una casa donde no se habla del dinero delante de los niños y los niños lo saben igual, porque se nota en todo. Si estás ahí, lo que cargas no es un defecto tuyo: es un peso, y los pesos se pueden repartir.

Una cosa más, y la digo por eso: no pidas otro préstamo para tapar este. Ni un adelanto del sueldo, ni una tarjeta nueva, ni el crédito rápido del anuncio. Eso no apaga el fuego: lo cambia de sitio y te sale más caro.

Salir de deudas es lento. No hay un versículo que lo acelere. Lo que sí hay es Alguien dispuesto a sostenerte los meses que dure. Y te digo también la parte incómoda: la mayoría de esos meses no lo vas a notar. No se siente como una mano debajo. Se parece más a llegar al mes siguiente sin saber muy bien cómo llegaste.

«El Señor es mi ayudador; no temeré Lo que me pueda hacer el hombre.» — Hebreos 13:6

Escribí este libro desde el fondo. Si estás ahí abajo, sabrás de qué hablo.

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