No es que el trabajo sea duro. Llevas años levantándote para algo que no significa nada.

Hay una hora concreta en la que aparece: el domingo, como a las seis de la tarde. Todavía queda tarde, todavía no ha pasado nada, y ya se te ha puesto el nudo en el estómago. Eso no es pereza. Es tu cuerpo diciéndote algo sobre los otros cinco días.

Y encima, si eres creyente, viene el segundo piso de la culpa: que deberías estar agradecido, que hay gente sin trabajo, que quejarse está feo. Así que ni te vas ni te permites decirlo.

La Biblia dice en voz alta lo que tú no te atreves a decir

Hay un libro entero de la Biblia escrito por alguien que se hartó de su trabajo, y lo dice sin suavizarlo:

«Porque ¿qué tiene el hombre de todo su trabajo, y de la fatiga de su corazón, con que se afana debajo del sol?» — Eclesiastés 2:22

Y el siguiente todavía es más crudo:

«Porque todos sus días no son sino dolores, y sus trabajos molestias; aun de noche su corazón no reposa. Esto también es vanidad.» — Eclesiastés 2:23

Aun de noche su corazón no reposa. Eso es el domingo a las seis, escrito hace más de dos mil años y metido en la Biblia sin censurar. Puedes dejar de fingir que no te pasa: Dios no necesita que le digas que estás encantado. Ya lo sabe, y dejó constancia de que a otros les pasó igual.

Pero el trabajo no es el castigo

Mucha gente cree, sin haberlo pensado nunca del todo, que trabajar es parte de la maldición: que en el paraíso no se trabajaba y que el trabajo llegó como castigo. Es al revés:

«Tomó, pues, Jehová Dios al hombre, y lo puso en el huerto de Edén, para que lo labrara y lo guardase.» — Génesis 2:15

Labrar y guardar. Antes de que nada se estropeara, ya había una tarea. El trabajo estaba en el diseño original; lo que entró después fue el sudor, el desgaste y el sinsentido. Eso cambia la pregunta: lo que odias es cómo está el trabajo hoy, o cómo está el tuyo.

Y en el mismo libro donde se dice que todo cansa, se dice también esto:

«No hay cosa mejor para el hombre sino que coma y beba, y que su alma se alegre en su trabajo. También he visto que esto es de la mano de Dios.» — Eclesiastés 2:24

Que tu alma se alegre en tu trabajo se recibe de la mano de Dios; no se fabrica con actitud positiva. Se puede pedir. Casi nadie lo pide.

Para quién estás trabajando de verdad

Este es el versículo que le da la vuelta a la mañana del lunes:

«Y todo lo que hagáis, hacedlo de corazón, como para el Señor y no para los hombres;» — Colosenses 3:23

Hay que decir a quién se lo escribió Pablo, porque si no suena a frase de taza. Cuatro versículos antes empieza así: «Siervos, obedeced en todo a vuestros amos terrenales» (Colosenses 3:22). Se lo escribió a esclavos: gente que no había elegido su trabajo, que no podía irse y que trabajaba para alguien que era su dueño. A esa gente le dice que puede cambiar el destinatario de lo que hace, porque era lo único que nadie le podía quitar.

Y el siguiente explica por qué eso no es resignación:

«sabiendo que del Señor recibiréis la recompensa de la herencia, porque a Cristo el Señor servís.» — Colosenses 3:24

Si tu jefe no te lo reconoce nunca, hay Alguien que sí lleva la cuenta. Eso no arregla el sueldo. Cambia lo que significa hacer bien algo que nadie mira.

Si lo que hay es abuso, esto es otra cosa

Aquí hay que separar dos situaciones que no son iguales, porque mezclarlas hace mucho daño. Una cosa es un trabajo aburrido, mal pagado o que no te llena. Otra muy distinta es que te estén explotando, humillando o dejando de pagar. Si es lo segundo, Colosenses 3:23 no es lo que te toca leer. Te toca esto:

«He aquí, clama el jornal de los obreros que han cosechado vuestras tierras, el cual por engaño no les ha sido pagado por vosotros; y los clamores de los que habían segado han entrado en los oídos del Señor de los ejércitos.» — Santiago 5:4

El sueldo que no te pagan clama, y ese clamor llega a los oídos de Dios. Dios no está del lado del que abusa, y aguantar un abuso no es humildad cristiana. Reclamar, denunciar, ir al sindicato o a un abogado es hacer lo que la Biblia da por hecho que está mal y hay que corregir.

Qué hacer mientras no puedes irte

Porque esa es la situación de la mayoría: no puedes irte mañana. Hay un alquiler o una hipoteca, hay niños, hay un país donde el trabajo no sobra. Entonces, tres cosas.

1. Deja de esperar que el trabajo te dé lo que no puede darte. Un empleo te da un sueldo y, con suerte, algo de sentido. No te da identidad. Y esto lo aprendí por el lado caro: yo vivía de bailar, me encantaba, y había puesto mi don en el centro de mi vida y a mí mismo en el centro de mi don. El escenario era mi altar y los aplausos eran mi combustible. Cuando la pandemia apagó el escenario y llegó el silencio, descubrí que lo que yo llamaba propósito era identidad prestada. Si tú eres lo que haces de nueve a seis, cualquier lunes malo te toca en lo que eres.

2. Haz bien lo pequeño, aunque nadie lo vea. «El que es fiel en lo muy poco, también en lo más es fiel» (Lucas 16:10). Y aquí no te voy a prometer que eso te saque de ahí, porque sería mentirte: hay gente fiable que lleva quince años en el mismo sitio, y no es que le falte carácter — es que el trabajo no sobra y la vida no reparte igual. Hacer bien lo pequeño no es el precio de la salida. Es lo que impide que el sitio te convierta, mientras estás dentro, en alguien que tú no eres.

3. Mueve una ficha al mes, aunque sea diminuta. Un mensaje a alguien. Una hora de formación. El currículum actualizado. Una conversación. No hace falta un plan de cinco años el domingo por la noche: hace falta que el mes que viene no estés exactamente donde estás hoy.

Y una advertencia sobre planes. Va entera, porque suelta se lee al revés y le echa miedo a quien ya no puede planear nada. Mira a quién señala:

«¡Vamos ahora! los que decís: Hoy y mañana iremos a tal ciudad, y estaremos allá un año, y traficaremos, y ganaremos;» — Santiago 4:13

«cuando no sabéis lo que será mañana. Porque ¿qué es vuestra vida? Ciertamente es neblina que se aparece por un poco de tiempo, y luego se desvanece.» — Santiago 4:14

El aviso es para el que ya lo tiene todo calculado y da por hecho que ganará. No para el que no sabe si llegará al mes que viene. Si estás en el segundo grupo, ese texto no viene a quitarte nada: viene a decirte que el que va sobrado tampoco controla nada, aunque lo parezca. Y no es para que dejes de planear, sino para planear con la mano abierta: «Si el Señor quiere, viviremos y haremos esto o aquello» (Santiago 4:15).

Yo llegué a España con una mochila y poco más. No tenía trabajo. No tenía casa asegurada. No tenía el idioma. No tenía un plan real. Lo que sí tenía era la convicción absoluta de que lo lograría solo — y esa convicción, que entonces me parecía mi mayor fuerza, resultó ser lo que más caro me salió.

Todo aquello se ve después. Ahora mismo no te libra del lunes, y lo del lunes se atraviesa.

Y una última cosa, que es la que casi nunca se dice en voz alta: Pablo no solo le escribió a los que obedecen. El versículo siguiente al que te lanzan a ti va dirigido al que manda.

«Amos, haced lo que es justo y recto con vuestros siervos, sabiendo que también vosotros tenéis un Amo en los cielos.» — Colosenses 4:1

Yo estuve años empujando algo que no significaba nada para mí. De esos años salió este libro.

Lee «Por la fuerza de tu propio brazo»

o cómpralo directamente en Amazon →

¿Le serviría a alguien? Compártelo.