El dinero es un empleado excelente. Y el peor señor que te puedes echar encima.
Un aviso antes de empezar, porque este texto se puede leer al revés y hacer daño. Si abres la aplicación del banco cinco veces al día porque no sabes si va a entrar el sueldo o si te va a rebotar un recibo, eso no es avaricia: es miedo, y de eso va otro artículo, no este. Este va del que ya llega y aun así no puede parar.
Y también del que ha empezado a medir a la gente por lo que gana. Nadie decide un martes ponerse a servir al dinero. Se llega sin firmarlo.
La frase que casi todo el mundo cita mal
Se dice constantemente que «el dinero es la raíz de todos los males». No es lo que pone. Lo que pone es esto:
«porque raíz de todos los males es el amor al dinero, el cual codiciando algunos, se extraviaron de la fe, y fueron traspasados de muchos dolores.» — 1 Timoteo 6:10
El amor al dinero. No el dinero. La diferencia separa una herramienta de un afecto. Con dinero se paga un colegio, se ayuda a una madre, se sostiene una iglesia. Lo que hunde es quererlo, y eso puede pasarle igual al que tiene mucho y al que no tiene nada.
Fíjate además en dónde acaba el versículo. No dice que se arruinaran: dice que se extraviaron de la fe y que quedaron traspasados de muchos dolores. El precio se paga por dentro.
Y el versículo anterior señala a quién, con una precisión incómoda:
«Porque los que quieren enriquecerse caen en tentación y lazo, y en muchas codicias necias y dañosas, que hunden a los hombres en destrucción y perdición;» — 1 Timoteo 6:9
Los que quieren enriquecerse. Es cuestión de querer, no de tener. El deseo no necesita saldo.
Por qué Jesús lo puso enfrente de Dios
De todo lo que hay en el mundo, hay una sola cosa a la que Jesús le puso nombre de señor rival:
«Ninguno puede servir a dos señores; porque o aborrecerá al uno y amará al otro, o estimará al uno y menospreciará al otro. No podéis servir a Dios y a las riquezas.» — Mateo 6:24
No dijo que fuera difícil. Dijo que no se puede. Y no lo comparó con el sexo, ni con el poder, ni con la fama: con el dinero. Porque el dinero es lo único que de verdad promete lo mismo que Dios —seguridad, futuro, tranquilidad, que no te pase nada—. Es el único que puede sustituirlo en el puesto sin que se note.
De hecho, el aviso de Jesús es aún más directo en otro sitio:
«Y les dijo: Mirad, y guardaos de toda avaricia; porque la vida del hombre no consiste en la abundancia de los bienes que posee.» — Lucas 12:15
Las tres señales de que ya no es tuyo
Cómo se nota, en concreto, que pasó de herramienta a señor.
Nunca es suficiente. Llegó el aumento, llegó el mes bueno, y la tranquilidad duró tres semanas. En Eclesiastés está escrito con una frialdad que asusta:
«El que ama el dinero, no se saciará de dinero; y el que ama el mucho tener, no sacará fruto. También esto es vanidad.» — Eclesiastés 5:10
Decide él y no tú. Cuando la pregunta «¿cuánto se gana?» va siempre por delante de «¿esto está bien?», «¿esto me va a comer los domingos?», «¿esto lo puedo hacer con la conciencia limpia?». El dinero ha dejado de ser un dato y se ha convertido en el criterio.
Se te ha metido en la mirada. Colocas a la gente por lo que tiene: por encima o por debajo. Es la más difícil de admitir y la que más rápido te seca por dentro.
Y no hace falta que sea dinero para que el mecanismo sea el mismo. Yo no medía a la gente por lo que ganaba: me medía a mí mismo por los aplausos. El escenario, el reconocimiento, que se acordaran de mi nombre. Es la misma máquina con otra moneda, y hace lo mismo: mientras estás ocupado siendo aplaudido por fuera, por dentro se te muere algo de hambre.
Cómo se le quita el puesto
No con culpa. La culpa no ha destronado nunca a nada. Se hace de tres formas, y todas son cosas que se hacen, no que se sienten.
1. Dándolo. Es la maniobra que le quita el poder, porque demuestra sobre la marcha que puedes soltarlo. No hace falta una cifra grande. Y si ahora mismo cualquier cifra duele porque directamente no hay ninguna, esto no va contigo: dar no es la factura que se paga para demostrar que no eres avaro.
2. Poniéndole un techo a lo que persigues. Decidir de antemano cuánto es suficiente, y decidirlo por escrito, cuando estás sereno. El que no lo decide antes no lo decide nunca: la línea se corre sola.
3. Recordando de dónde vino. Esta es la que más ordena las cosas:
«porque nada hemos traído a este mundo, y sin duda nada podremos sacar.» — 1 Timoteo 6:7
Entraste sin nada. Vas a salir sin nada. Todo lo que hay en medio es prestado, y lo prestado se administra.
Y para que no quede la idea de que esto es un ataque a quien tiene dinero, mira lo que Pablo manda decirle a los ricos:
«A los ricos de este siglo manda que no sean altivos, ni pongan la esperanza en las riquezas, las cuales son inciertas, sino en el Dios vivo, que nos da todas las cosas en abundancia para que las disfrutemos.» — 1 Timoteo 6:17
Que no sean altivos y que no pongan ahí la esperanza. Y el final desmonta a la vez la avaricia y la falsa espiritualidad del que se siente culpable por disfrutar de algo: Dios da cosas para que las disfrutemos. El problema nunca fue disfrutar. Fue esperar de ellas lo que solo Él puede dar.
Hay en Proverbios una oración sobre el dinero que no es de Salomón. El capítulo empieza diciendo «Palabras de Agur, hijo de Jaqué» (Proverbios 30:1), y de ese hombre no sabemos casi nada, salvo que el capítulo arranca admitiendo que no lo sabe todo. Desde ahí no pidió más. Pidió que lo pusieran en medio:
«Vanidad y palabra mentirosa aparta de mí; No me des pobreza ni riquezas; Manténme del pan necesario;» — Proverbios 30:8
Y dio la razón de las dos cosas: no sea que se saciara y negara a Dios, o que siendo pobre robara y blasfemara su nombre (Proverbios 30:9). Sabía que los dos extremos tiran de uno hacia el mismo sitio.
«Mejor es lo poco con el temor de Jehová, Que el gran tesoro donde hay turbación.» — Proverbios 15:16
De confiar en algo que prometía sostenerme y no lo hizo va este libro.
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