La cuenta no miente. A mitad de mes ya sabes perfectamente lo que va a pasar en la última semana.
Hay un gesto que hace mucha gente en el supermercado y que casi nadie cuenta: mirar el teléfono delante de la estantería, hacer la cuenta otra vez, y devolver algo al estante. Se hace rápido, para que no se note.
Y hay una versión peor, la que no escribe nadie: hacerlo en la caja. Con la fila detrás. Con tu hijo al lado, mirando.
No te falta fe. Te falta dinero. Y no son la misma cosa, aunque te lo hayan hecho creer.
Si esta semana no hay comida en casa
Esto va lo primero porque es lo más urgente que voy a escribir aquí. Si no hay comida, o llegó una orden de desalojo, o los niños se quedan sin algo que necesitan, esto no se resuelve orando y ya está. Se pide ayuda, y se pide hoy:
· Los servicios sociales de tu municipio — en España, del ayuntamiento; en México, el DIF; en Argentina, Desarrollo Social del municipio; en Colombia, la alcaldía o la comisaría de familia.
· El banco de alimentos o el comedor de tu barrio — busca «ayuda alimentaria de emergencia» con el nombre de tu ciudad y aparece.
· Tu iglesia o tu parroquia, y si hay Cáritas cerca, Cáritas.
· La trabajadora social de tu centro de salud o de tu hospital. Esa mujer sabe recursos que tú no sabes que existen.
Pedir ayuda no es falta de fe ni es vergüenza. Es lo que Dios usa la mayoría de las veces para dar de comer a alguien: otras manos.
Lo que Jesús dijo del afán, y a quién se lo dijo
Esta es la frase que todo el mundo conoce:
«No os afanéis, pues, diciendo: ¿Qué comeremos, o qué beberemos, o qué vestiremos?» — Mateo 6:31
Jesús no le está hablando a gente con la despensa llena que se preocupa de más. Habla de comer, de beber, de vestirse. Y se lo dice a gente que podía quedarse sin eso. Te habla a ti, no por encima de ti.
Ahora, la parte incómoda, y la saco yo antes de que te la saque otro. El versículo de justo antes acaba así:
«Y si la hierba del campo que hoy es, y mañana se echa en el horno, Dios la viste así, ¿no hará mucho más a vosotros, hombres de poca fe?» — Mateo 6:30
Sí, ahí dice «hombres de poca fe». Pero mira lo que hace a continuación, que es lo que importa: no les promete dinero. Les recuerda quién los está mirando. Una cosa es que el miedo delate lo poco que confiamos —le pasaba a los que tenían a Jesús delante—. Otra muy distinta es que tu cuenta sea la nota de tu vida con Dios. Eso segundo no está escrito en ninguna parte.
Y lo siguiente reconoce tu necesidad en vez de negarla:
«Porque los gentiles buscan todas estas cosas; pero vuestro Padre celestial sabe que tenéis necesidad de todas estas cosas.» — Mateo 6:32
Sabe que tenéis necesidad. Tu necesidad es real y Él la da por buena. Lo que cambia no es que desaparezca: es quién la está mirando.
«Buscad primeramente el reino» no es una fórmula
Este versículo se ha usado como si fuera una máquina expendedora:
«Mas buscad primeramente el reino de Dios y su justicia, y todas estas cosas os serán añadidas.» — Mateo 6:33
La lectura torcida es: pongo a Dios primero, y Dios me paga las facturas. Y entonces, cuando no llegan, la conclusión es que no le pusiste bastante primero.
Mira qué son «todas estas cosas» en el propio texto. Dos versículos antes están enumeradas: comer, beber, vestir. No es un coche, no es una casa tuya, no es el mes desahogado. Es el sustento. Jesús promete que tu Padre no se olvida de que tienes que comer.
Y la palabra «añadidas» dice ella sola dónde está lo principal. Se añade algo a otra cosa. Lo principal es el reino; lo demás viene detrás, y viene como Él sabe, no como tú lo has presupuestado.
Los dos versículos que te van a hacer daño si los lees mal
Este circula solo y solo hace daño:
«Joven fui, y he envejecido, Y no he visto justo desamparado, Ni su descendencia que mendigue pan.» — Salmo 37:25
Es un hombre mayor contando lo que ha visto en su vida. Un testimonio, no un contrato. Y hay que decirlo claro, porque si no se convierte en una acusación contra ti: ha habido y hay creyentes fieles que han pasado hambre. Hebreos 11 hace la lista, y no es de gente próspera: ahí hay gente que anduvo pobre, angustiada y maltratada, y el texto dice que el mundo no era digno de ellos.
Seis versículos antes, en ese mismo salmo, está el otro:
«No serán avergonzados en el mal tiempo, Y en los días de hambre serán saciados.» — Salmo 37:19
Es el lenguaje del salmo entero: Dios no suelta a los suyos. Y no es un inventario de despensa. Si este mes no llegas, ninguno de los dos está diciendo que no seas justo. Están diciendo que Dios no abandona. Que no es lo mismo que «a los suyos nunca les falta dinero».
Lo que Dios sí dice, que es menos y es más
Aquí está el suelo que la Biblia da por bastante, y conviene saberlo para no esperar de Él algo que no ha dicho:
«Así que, teniendo sustento y abrigo, estemos contentos con esto.» — 1 Timoteo 6:8
Sustento y abrigo. Comida y con qué cubrirte. Eso no es una promesa de que lo vayas a tener siempre: es lo que se nos dice que basta. Todo lo que haya por encima es regalo, no es lo pactado.
Y fíjate en lo que va enganchado a esa idea en Hebreos, porque no es una cifra:
«Sean vuestras costumbres sin avaricia, contentos con lo que tenéis ahora; porque él dijo: No te desampararé, ni te dejaré;» — Hebreos 13:5
Ese porque es la bisagra. La razón para no vivir agarrado al dinero no es que vaya a llegar más. Es que Él no se va. Te sostiene Alguien que dijo que no se marcha, y lo dijo sin poner de por medio tu extracto bancario.
Llevas meses pidiendo y no pasa nada
Si llevas meses pidiendo la misma cifra y no ha cambiado nada, hay algo que necesitas saber, y no está escondido en ninguna esquina del libro:
«¿Hasta cuándo, Jehová? ¿Me olvidarás para siempre? ¿Hasta cuándo esconderás tu rostro de mí?» — Salmo 13:1
Lo escribió David. No lo taparon, no lo corrigieron, no lo dejaron fuera: lo pusieron en medio del libro de oraciones del pueblo de Dios, para que se rezara en voz alta. El silencio de Dios no es la nota de tu examen. Es una experiencia que tuvieron los que más lo conocían, y ninguno de ellos concluyó que fuera culpa suya.
Y el mismo salmo, doce versículos de nada, termina así: «Mas yo en tu misericordia he confiado; Mi corazón se alegrará en tu salvación» (Salmo 13:5). No dice que le contestaran. Dice dónde decidió quedarse mientras tanto.
Qué hacer esta semana, en concreto
No hace falta que hagas las cuatro. Elige la que puedas.
1. Escribe los números aunque duelan. Lo que entra, lo que sale, y en qué. En papel o en el teléfono. Hay quien va ahogado y no se sabe la cifra exacta, y el miedo crece justo en ese hueco. Y hay quien se la sabe de memoria porque la recalcula cada noche: si eres de estos, este punto ya lo tienes hecho.
Jesús contó una parábola con un hombre sentado echando cuentas antes de empezar una obra:
«Porque ¿quién de vosotros, queriendo edificar una torre, no se sienta primero y calcula los gastos, a ver si tiene lo que necesita para acabarla?» — Lucas 14:28
La usó para otra cosa —para que nadie le siguiera sin saber lo que costaba—, pero da por sentado lo que a nosotros se nos olvida: que mirar los números de frente es lo cuerdo. Sentarse a contar no es poca fe.
2. Mira si queda algo que cortar, y si no queda, sáltate este punto sin culpa. Hay gente que ya cortó todo hace meses, y lo que le falta no es disciplina: es dinero. Y si sí queda algo —una suscripción que se renueva sola, un servicio que ya no usas—, corta una. Una sola. Los planes que lo cambian todo de golpe duran una semana.
3. Dile a Dios la cifra. La cantidad exacta que falta, no «bendice mis finanzas». Eso es lo que dice Filipenses que se hace con lo que aprieta:
«Por nada estéis afanosos, sino sean conocidas vuestras peticiones delante de Dios en toda oración y ruego, con acción de gracias.» — Filipenses 4:6
Y mira lo que promete el versículo siguiente, porque tampoco es dinero: «Y la paz de Dios, que sobrepasa todo entendimiento, guardará vuestros corazones y vuestros pensamientos en Cristo Jesús» (Filipenses 4:7). Primero te guarda a ti. Eso es lo que hay esta noche.
4. Díselo a una persona. Una sola, de confianza. El dinero es el último tabú que queda entre creyentes: se cuentan las adicciones, los divorcios y las dudas, y no se cuenta que no se llega. Mientras no lo cuentas, cargas solo con algo que no fue diseñado para llevarse solo — «Sobrellevad los unos las cargas de los otros, y cumplid así la ley de Cristo» (Gálatas 6:2). Ese versículo también le habla a la iglesia que tienes al lado, no solo a ti.
Yo he estado sin nada, y sé el orden exacto en que se acaba. Julio de 2021, una casa alquilada en España que no era mi país. La pandemia me había cancelado el trabajo, el confinamiento se había llevado los últimos ahorros, y un día se acabó el dinero. Primero el alcohol. Luego la comida. Luego el agua. En ese orden.
La noche que me rendí no hubo altar, ni iglesia, ni nadie mirando. Estaba en el suelo, entre botellas vacías, y dije lo poco que me salía. Después me fui a dormir, y dormí como no dormía desde hacía años.
Y a la mañana siguiente el dinero seguía sin estar. La situación seguía siendo exactamente la misma. Lo escribo así porque así fue, y porque cualquier otra versión sería mentirte. Lo que había cambiado no era la cuenta: era yo. Y desde ahí, con eso, se pudo empezar a hacer lo demás.
«echando toda vuestra ansiedad sobre él, porque él tiene cuidado de vosotros.» — 1 Pedro 5:7
De intentar sostenerlo todo con mis propias fuerzas va este libro. Me costó caro aprenderlo.
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