No es lo que tiene. Es que no entiendes por qué lo tiene él y tú no.
Casi nunca aparece con gente lejana. Aparece con el de al lado: tu cuñado, el compañero que entró después que tú, el amigo del colegio que sale de vacaciones otra vez. Y lo que más rabia da es que no se ha esforzado más que tú, ni es mejor persona que tú, y tú llevas años haciendo las cosas como toca y sigues igual.
Eso tiene nombre en la Biblia, y no está escondido en una esquina: hay un salmo entero dedicado a ello.
El hombre que lo dijo en voz alta
Lo escribió Asaf, uno de los hombres a los que David puso al frente del canto delante del arca del pacto (1 Crónicas 16:37), mucho antes de que existiera el templo. Empieza confesando por dónde se le fue:
«En cuanto a mí, casi se deslizaron mis pies; Por poco resbalaron mis pasos.» — Salmo 73:2
Y a continuación dice exactamente por qué:
«Porque tuve envidia de los arrogantes, Viendo la prosperidad de los impíos.» — Salmo 73:3
Un hombre que dirigía la música del culto de Israel escribió que tuvo envidia de gente que ni siquiera hacía las cosas bien y a la que le iba mejor que a él. Eso se conservó, se copió durante siglos y se metió en la Biblia sin quitarle una coma. Si lo has sentido esta semana, estás en muy buena compañía.
Después cuenta que intentó resolverlo pensando, y le salió mal:
«Cuando pensé para saber esto, Fue duro trabajo para mí,» — Salmo 73:16
Le pasa a todo el mundo. Le das vueltas de noche buscando una explicación justa y no la encuentras, porque no la hay. La comparación no se gana discutiendo con uno mismo.
Dónde se le pasó
Y aquí está el giro entero del salmo, en una línea:
«Hasta que entrando en el santuario de Dios, Comprendí el fin de ellos.» — Salmo 73:17
No se le pasó razonando. Se le pasó cambiando de sitio. Entró donde estaba Dios y desde ahí las cuentas se veían distintas: no porque al otro le fuera a ir peor, sino porque desde ahí se ve hasta dónde llega lo que el otro tiene.
Y el final del salmo no es «al final me hice rico»:
«Mi carne y mi corazón desfallecen; Mas la roca de mi corazón y mi porción es Dios para siempre.» — Salmo 73:26
Sigue desfalleciendo. No se le arregló nada por fuera. Lo que cambió fue lo que llama su porción: dejó de medirse por el reparto y encontró dónde estaba lo suyo. Eso es lo único que apaga la comparación, y no lo apaga el día que por fin llegas a donde está él.
Por qué duele más ahora que nunca
Asaf tenía que salir de casa para ver la prosperidad del vecino. Tú la tienes en el bolsillo, a todas horas, y encima editada: nadie sube la letra del préstamo con el que pagó el viaje. Estás comparando tu semana entera —incluidas las cuatro de la mañana— con los momentos buenos de doscientas personas, puestos en fila.
Y hay algo más viejo que el teléfono funcionando por debajo:
«He visto asimismo que todo trabajo y toda excelencia de obras despierta la envidia del hombre contra su prójimo. También esto es vanidad y aflicción de espíritu.» — Eclesiastés 4:4
Buena parte de lo que la gente construye, lo construye mirando al de al lado. Y ahí no hay meta, porque siempre hay uno más.
Lo que sí se puede hacer
1. Ponle nombre y dilo. «Tengo envidia de esta persona.» Se lo dices a Dios con esas palabras. Mientras lo llames «es que no es justo», estás discutiendo; cuando lo llamas por su nombre, ya lo estás soltando.
2. Vuelve a tu propia obra. Este versículo es el antídoto exacto:
«Así que, cada uno someta a prueba su propia obra, y entonces tendrá motivo de gloriarse sólo respecto de sí mismo, y no en otro;» — Gálatas 6:4
Su propia obra, y el motivo respecto de sí mismo, y no en otro. Entonces la medida es lo que tú tienes entre manos. Es más incómodo, porque ya no hay excusa. Y es lo único que se puede mejorar.
3. Corta el suministro. Muy poco espiritual y muy eficaz: silencia esa cuenta. No la denuncies ni le des un discurso — solo deja de verla treinta días. La envidia se alimenta de mirar.
4. Alégrate en alto por alguien. Escríbele a esa persona y dile de verdad que te alegras. Cuesta, y por eso funciona. Y si la persona que va mejor que tú es tu ex, o alguien que te hizo daño, sáltate este punto: eso no es envidia, es una herida, y las heridas no se curan mandando felicitaciones. Elige a otro.
Y una advertencia, porque la envidia tiene un hermano peor que es la codicia. La Biblia la puso en el último de los diez mandamientos hablando precisamente de las cosas del vecino: «No codiciarás la casa de tu prójimo» (Éxodo 20:17).
Es el único mandamiento que se cumple o se rompe entero por dentro, sin que nadie se entere. Por eso este se pelea a solas, y es el que más gente lleva encima sin haberlo confesado nunca.
Yo me pasé años midiéndome, aunque no era por dinero: era por aplausos. Quién llenaba más, a quién llamaban, de quién se acordaban. Y te digo de entrada que esa comparación es más cómoda que la tuya — la mía se pagaba en orgullo y la tuya se paga en el supermercado. Pero el marcador funciona igual, y ese no se gana nunca: los aplausos duraban segundos y el silencio de después duraba toda la noche, y en ese silencio siempre estaba el mismo vacío, un poco más grande.
Lo que me lo quitó no fue alcanzar a nadie. Fue entender que Dios no está repartiendo una tarta en la que lo del otro sale de lo mío.
Y no te midas esta noche con el versículo que cierra este texto. Asaf no empieza ahí: empieza en «casi se deslizaron mis pies», que está un salmo entero de distancia. Hoy te toca el versículo 2, no el 25.
«¿A quién tengo yo en los cielos sino a ti? Y fuera de ti nada deseo en la tierra.» — Salmo 73:25
De lo que se rompe por dentro cuando la vida no sale como esperabas va este libro.
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