Hay gente que dice que sí con la boca mientras su cuerpo entero está diciendo que no. Yo fui uno de esos durante mucho tiempo.

Decía que sí por miedo. Miedo a decepcionar, a que se enfadaran conmigo, a que dejaran de quererme si dejaba de servir. Y le puse a eso un nombre bonito: servicio. No lo era. Era pánico con buena letra.

Porque hay una diferencia enorme entre dar por amor y dar por miedo, aunque desde fuera se parezcan mucho. Lo que das por amor te llena, aunque canse. Lo que das por miedo te vacía, aunque te aplaudan.

Si tu «sí» no puede ser un «no», entonces no era un sí. Era una obediencia asustada.

Y ahora la parte que a mucha gente le descoloca: Jesús puso límites todo el tiempo. Los evangelios no lo esconden.

Se levantaba de madrugada y se iba a un lugar desierto a orar. Los discípulos lo buscaban y le decían, casi reprochándoselo, que todos preguntaban por él. Y su respuesta no fue volver corriendo: fue decir que había que ir a otro sitio, porque para eso había venido. Había gente sin sanar en aquel pueblo cuando él se marchó. Y aun así se marchó.

Marcos lo cuenta también de otra manera: cuando la multitud se hacía imposible, «se apartaba a lugares desiertos, y oraba». No una vez. Como costumbre.

El que podía sanarlo todo eligió no estar disponible para todo. Si él necesitaba retirarse, la pregunta no es si tú puedes. Es por qué crees que no.

Cómo se pone un límite sin romper a nadie

Un límite se pone sobre ti, no sobre el otro. «No puedo el sábado» es un límite. «Eres un egoísta por pedírmelo» es un ataque. El primero se sostiene; el segundo solo abre otra guerra.

No lo explique de más. Cuanto más justificas, más parece negociable. «No puedo, lo siento» es una frase completa. La gente que te quiere lo va a aceptar; la que solo te usaba se va a molestar — y esa información también te sirve.

Date veinticuatro horas. Casi todos los síes de los que me he arrepentido los dije en los primeros diez segundos, para quitarme de encima la incomodidad. «Déjame verlo y te digo mañana» te devuelve la decisión.

Cuenta con la culpa. Vas a sentirla, sobre todo las primeras veces. Pero la culpa no siempre significa que hayas pecado: muchas veces solo significa que has hecho algo nuevo. Sentirse culpable y ser culpable no son la misma cosa.

Nadie que se está quemando ilumina a nadie por mucho tiempo. Y un «no» dicho a tiempo protege un «sí» que sí importaba.

«Mas él se apartaba a lugares desiertos, y oraba.» — Lucas 5:16

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