«¿Cómo estás?» «Bien.» Mentira. Pero es que tampoco sabrías decir la verdad aunque quisieras.
He hablado con cientos de personas y casi todas tenemos el mismo vocabulario emocional: bien, mal, cansado. Tres palabras para describir un mundo entero. Es como intentar pintar un cuadro con un solo color y luego quejarse de que no se distingue nada.
Y hay un problema práctico en eso, no solo poético: lo que no sabes nombrar no lo puedes soltar. No puedes entregarle a Dios «estoy mal». Es demasiado grande, demasiado vago, no tiene asas por donde agarrarlo. Sí puedes entregarle «tengo miedo de que se repita lo del año pasado». Eso ya cabe en una oración.
«Estoy mal» no es una emoción. Es una puerta cerrada con la luz apagada detrás.
Fíjate en cómo lo hacía David, que de esto sabía. No escribió «hoy estoy regular». Escribió que sus huesos se consumían, que regaba su lecho con lágrimas, que su alma estaba abatida. Y en el mismo salmo se giraba hacia dentro y se preguntaba, en voz alta: «¿Por qué te abates, oh alma mía, y te turbas dentro de mí?».
Eso no es debilidad ni falta de fe. Es un hombre haciéndole a su propia alma la pregunta que nadie más le estaba haciendo. La Biblia no esconde las emociones: las nombra con una precisión que hoy nos daría vergüenza.
Y Jesús hacía algo parecido con la gente. A un ciego que gritaba a su paso, y que evidentemente quería ver, le preguntó: «¿Qué quieres que te haga?». Podía habérselo dado sin preguntar. Prefirió que lo dijera. Hay algo en decirlo en voz alta que forma parte de la sanidad misma.
Tres preguntas para empezar
La próxima vez que notes que «estás mal», antes de buscar el móvil o la nevera, párate noventa segundos y contéstate esto:
1. ¿Dónde lo noto en el cuerpo? El pecho apretado no es lo mismo que el estómago cerrado ni que la mandíbula tensa. El cuerpo suele saber antes que la cabeza, y casi nunca miente.
2. ¿Cuándo empezó? No «desde siempre». Busca la hora. Muchas veces descubres que a las once de la mañana estabas bien, y que lo que te hundió fue un mensaje concreto, una llamada concreta, una frase concreta.
3. ¿Qué me está pidiendo? Las emociones no vienen a fastidiarte: vienen a avisarte. El miedo pide protección. La rabia pide que algo se repare. La tristeza pide que se reconozca una pérdida. La vergüenza pide que alguien te mire y no se aparte.
No hace falta que lo hagas perfecto. Con bajar de «estoy mal» a «estoy triste porque esperaba una llamada que no llegó» ya has hecho la mitad del trabajo. La emoción sigue ahí, pero ha dejado de ser una niebla y se ha convertido en algo con forma. Y con lo que tiene forma se puede orar.
Ese es el sentido de todo esto, por si alguien cree que esto va de psicología suelta: no nombras lo que sientes para gestionarlo tú solo mejor. Lo nombras para poder entregarlo. Dios no necesita que llegues traducido. Pero tú sí necesitas saber qué le estás dando.
«¿Por qué te abates, oh alma mía, y te turbas dentro de mí? Espera en Dios; porque aún he de alabarle, salvación mía y Dios mío.» — Salmos 42:11
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