Si te atormenta haber cruzado una línea sin vuelta, sigue leyendo: ese miedo mismo ya te dice algo.
Hay un versículo que ha quitado el sueño a más gente de la que se imagina, casi siempre a quien menos debería preocuparle: gente que ora, que quiere agradar a Dios, que se examina más de lo sano. Un día leen o escuchan que hay «un pecado que no tiene perdón», y desde entonces viven repasando su vida entera buscando si ya lo cometieron.
Antes de nada
Si este miedo se te ha vuelto tan grande que has pensado en hacerte daño, o llevas semanas sin poder funcionar por esto, no sigas leyendo sin más ayuda que un artículo: aquí tienes a quién acudir hoy. Y sigue leyendo después, porque lo que viene también te va a hacer falta.
El versículo exacto, sin cortarlo
«Por tanto os digo: Todo pecado y blasfemia será perdonado a los hombres; mas la blasfemia contra el Espíritu no les será perdonada.» — Mateo 12:31
Fíjate en la primera mitad, que casi nadie recuerda: todo pecado y blasfemia será perdonado. La frase entera arranca con la promesa más amplia posible, y solo después señala una excepción. Para entender esa excepción hay que leer qué estaba pasando exactamente cuando Jesús la dijo, porque no la dijo en el aire.
Lo que había pasado dos versículos antes
Jesús acababa de sanar, delante de todos, a un hombre ciego y mudo por un demonio:
«Entonces fue traído a él un endemoniado, ciego y mudo; y le sanó, de tal manera que el ciego y mudo veía y hablaba.» — Mateo 12:22
La gente, atónita, empezaba a preguntarse si era el Mesías. Y entonces, viendo lo mismo que todos, con la misma evidencia delante de los ojos, los fariseos dicen esto:
«Mas los fariseos, al oírlo, decían: Este no echa fuera los demonios sino por Beelzebú, príncipe de los demonios.» — Mateo 12:24
No es que dudaran. Vieron el milagro, entendieron de dónde venía, y decidieron llamarlo obra de Satanás para no tener que aceptar lo que significaba. El relato paralelo de Marcos, sobre la misma escena, dice para quién fue esa frase y por qué:
«pero cualquiera que blasfeme contra el Espíritu Santo, no tiene jamás perdón, sino que es reo de juicio eterno. Porque ellos habían dicho: Tiene espíritu inmundo.» — Marcos 3:29-30
«Porque ellos habían dicho.» El texto mismo nombra el hecho exacto que califica como esa blasfemia: mirar la obra clara del Espíritu de Dios y llamarla, a sabiendas, obra de un espíritu inmundo. No es una duda. No es un pensamiento que se cruza sin querer. Es una acusación deliberada, sostenida, hecha por alguien que ya tenía toda la evidencia delante.
Lo que esto NO es
- No es un pensamiento blasfemo que se te aparece sin querer. Un pensamiento que te horroriza no es una acusación que sostienes: es justo lo contrario. Los fariseos no se horrorizaron de lo que dijeron; lo defendieron.
- No es dudar de tu fe, ni preguntarte si Dios es real. La duda honesta busca respuesta. Lo que Jesús describe es rechazo con los ojos abiertos.
- No es haber pecado gravemente y sentir que no tiene arreglo. Eso ya lo respondimos en otro artículo: no hay pecado, del tamaño que sea, que compita con lo que Cristo pagó.
- No es este miedo mismo. El miedo a haberlo cometido es, casi siempre, la prueba de que no lo has cometido: a quien de verdad rechaza al Espíritu con el corazón endurecido, esta pregunta ni se le ocurre hacerla.
El caso de Pablo, que también fue blasfemo
Y si necesitas un caso real, no una teoría, está Pablo, escribiendo de sí mismo antes de conocer a Cristo:
«habiendo yo sido antes blasfemo, perseguidor e injuriador; mas fui recibido a misericordia porque lo hice por ignorancia, en incredulidad.» — 1 Timoteo 1:13
Pablo se llama a sí mismo blasfemo, con esa palabra exacta, y aun así recibió misericordia. La diferencia con lo que describe Mateo 12 es la que marca el propio versículo: lo de Pablo fue por ignorancia y por incredulidad —no sabía lo que hacía—, no un rechazo consciente de una evidencia que ya había aceptado como venida de Dios.
Por qué el miedo puede volverse su propia trampa
Pablo también escribió sobre dos tipos de tristeza, y la diferencia importa aquí más que en ningún otro sitio:
«Porque la tristeza que es según Dios produce arrepentimiento para salvación, de que no hay que arrepentirse; pero la tristeza del mundo produce muerte.» — 2 Corintios 7:10
La tristeza que Dios usa te mueve hacia Él, aunque sea con lágrimas. La que no viene de Dios te encierra en un círculo que no lleva a ningún sitio, solo vuelve sobre sí mismo cada noche. Si llevas meses repasando la misma pregunta sin que nunca llegue una paz, eso ya no es examinarte delante de Dios: es un miedo que se alimenta solo, y merece ayuda de una persona, no solo de un versículo.
Lo que puedes hacer con esto
- Deja de buscar el momento exacto en que «lo hiciste». Si tuvieras que buscarlo, ya no serías el hombre endurecido que Mateo 12 describe: serías exactamente lo contrario.
- Dile a alguien de fuera de tu cabeza lo que te da miedo. Un pastor, un consejero, alguien de confianza. Este miedo crece en silencio y se encoge cuando se dice en voz alta.
- Si el pensamiento vuelve, no lo discutas cada vez desde cero. Ya tienes la respuesta escrita arriba. Repítela, y sigue con tu día.
- Si esto lleva meses y no semanas, busca ayuda profesional además de espiritual. Un miedo que no suelta por mucho que se le razone a veces necesita más que un versículo, y buscar esa ayuda no es poca fe: es sabiduría.
Una oración para cuando vuelve el miedo
Señor, no vengo a defenderme de una acusación que no hice.
Vengo con el miedo, no con el pecado que temo haber cometido.
Si de verdad quisiera rechazarte, no estaría aquí pidiéndote esto.
Tú conoces mi corazón mejor que mi propio miedo.
Quítame lo que pueda quitarse esta noche, y sostenme en lo que no.
Lo último
El propio Mateo 12 empieza contando un milagro de sanidad completa a un hombre que no podía ver ni hablar. Es la imagen que quiero que te quede: Dios sanando delante de todos, en el mismo capítulo donde alguien tuvo miedo de que ya no hubiera perdón para nadie. Las dos cosas están en el mismo texto, y solo una de las dos te describe a ti.
Yo llegué a pensar que había gastado ya todas mis oportunidades. Cómo fue tocar fondo de verdad, y lo que había al otro lado, está en el libro más personal que he escrito.
Lee «La casa del número 48»