No necesitas ganar un debate. Necesitas contar lo que de verdad te pasó.
Hay una persona en tu vida a la que llevas meses, quizá años, queriendo hablarle de Jesús, y cada vez que se presenta el momento se te cierra la garganta. Te imaginas la cara que pondría, la conversación que se volvería incómoda, la etiqueta de «el que ahora predica» que igual te cae encima para siempre. Así que esperas al momento perfecto, y el momento perfecto no llega nunca.
No te toca convertirlo. Nunca te tocó
Esto quita más presión de la que parece:
«Yo planté, Apolos regó; pero el crecimiento lo ha dado Dios.» — 1 Corintios 3:6
«Así que ni el que planta es algo, ni el que riega, sino Dios, que da el crecimiento.» — 1 Corintios 3:7
Nadie te ha pedido la cosecha. Te toca plantar una semilla o regar una que otro puso, y ya. Si la conversación de hoy no termina con esa persona de rodillas, no fallaste: hiciste tu parte de un trabajo que nunca fue solo tuyo.
No necesitas argumentos. Necesitas lo que te pasó
La samaritana del pozo no volvió a su pueblo con un sermón preparado. Volvió con una frase:
«Venid, ved a un hombre que me ha dicho todo cuanto he hecho. ¿No será éste el Cristo?» — Juan 4:29
No defendió doctrina. Contó lo que le había pasado a ella, con una pregunta abierta al final, no una conclusión cerrada. Eso es más fácil de decir que un argumento teológico, y es más difícil de discutir: nadie puede convencerte de que no te pasó lo que sí te pasó.
Cómo se dice, no solo qué se dice
«Sea vuestra palabra siempre con gracia, sazonada con sal, para que sepáis cómo debéis responder a cada uno.» — Colosenses 4:6
«Con gracia» descarta el sermón y el ultimátum. «Sazonada con sal» descarta también la conversación tan suave que no dice nada. En medio de las dos hay una frase corta, sincera, dicha en su momento, sin necesidad de que sea perfecta. Y si la conversación se pone tensa, hay una instrucción concreta también para eso:
«Porque el siervo del Señor no debe ser contencioso, sino amable para con todos, apto para enseñar, sufrido; que con mansedumbre corrija a los que se oponen.» — 2 Timoteo 2:24-25
Si la persona se cierra, tu trabajo no es ganar esa ronda. Es quedarte amable, y dejar la puerta abierta para la próxima vez.
El miedo a que se aleje, puesto en su sitio
Vale la pena decir en voz alta lo que temes: que hablar de esto le incomode y se distancie de ti. Es un miedo real, y no te voy a decir que nunca pasa. Pero fíjate en lo que de verdad predice que alguien se distancie: no es haberle hablado de Jesús una vez con cariño. Es haberle sermoneado, corregido en público, o convertido cada conversación en la misma advertencia repetida. Una frase sincera, dicha una vez y dicha bien, casi nunca es lo que rompe una relación. Lo que la rompe es la insistencia sin escucha.
Antes de hablar, alguien tiene que orar. Puedes ser tú
«¿Cómo, pues, invocarán a aquel en el cual no han creído? ¿Y cómo creerán en aquel de quien no han oído? ¿Y cómo oirán sin haber quien les predique?» — Romanos 10:14
La cadena empieza en alguien que habla, pero no empieza solo ahí. Puedes orar por esa persona en concreto, por su nombre, antes de decir una sola palabra. Muchas veces esa oración cambia primero al que la hace, y solo después abre la puerta para la conversación.
Lo que puedes hacer esta semana
- No prepares un discurso. Prepara una frase sobre lo que te pasó a ti. Algo real, corto, que puedas decir sin ensayarlo cien veces.
- Busca el momento que ya existe, no el perfecto que no llega. Una pregunta que te hicieron, una mala noticia que compartieron, un «¿y tú cómo estás llevando esto?» real.
- Termina con una pregunta, no con una conclusión. «¿Te importaría que te contara lo que cambió para mí?» deja la puerta abierta. Un sermón la cierra.
- Si dice que no, no lo repitas la semana que viene. Sigue queriéndolo igual, sigue orando, y espera a que vuelva a abrir la puerta.
Una oración por la persona que quieres
Señor, tú conoces el nombre de la persona que tengo en mente ahora mismo.
No me toca a mí convertirla; eso ya lo has dejado escrito.
Dame una frase de verdad y el momento en que decirla, no un discurso perfecto.
Y si hoy no es el día, no dejes que me rinda de quererla igual que siempre.
Tú diste el crecimiento otras veces sin que yo lo viera venir. Dalo también esta vez.
Lo último
Si lo que te frena no es el miedo a la conversación sino no saber tú mismo qué es creer de verdad, contra qué se compara —de esa diferencia hablo aparte—, empieza por ahí. Se habla mejor de lo que se tiene claro.
Cargar solo con la fe de alguien que quieres, como si de ti dependiera que crea, es la misma fuerza equivocada de la que habla este libro entero.
Lee «Por la fuerza de tu propio brazo»