Pregunta incómoda: ¿cuándo fue la última vez que orasteis juntos, en voz alta, los dos, sin que fuera antes de comer y sin que hubiera visita?
Se lo he preguntado a muchos matrimonios cristianos, gente seria, de iglesia, con años de fe. La respuesta más habitual es una sonrisa incómoda y un «pues… la verdad es que no mucho». Y no es por falta de fe. Es por vergüenza.
Porque orar juntos desnuda más que desnudarse. Delante de tu pareja no puedes usar el vocabulario de la iglesia: te oye pedir por lo que de verdad te da miedo, te oye la voz cuando se rompe, se entera de lo que le estás pidiendo a Dios sobre vosotros. Es la intimidad que queda cuando ya no queda ninguna otra por dar.
Es muy difícil gritarle a alguien con quien anoche estuviste orando de la mano.
Y hay un versículo sobre esto que casi nunca se predica entero. Pedro les escribe a los maridos y les dice que vivan con ellas sabiamente, dando honor, «para que vuestras oraciones no tengan estorbo».
Léelo otra vez, despacio. Cómo tratas a tu mujer afecta a tus oraciones. No a tu matrimonio: a tus oraciones. Dios pone una relación directa entre lo que pasa en tu casa y lo que pasa cuando levantas las manos el domingo. Puedes cantar muy fuerte y tener un estorbo en la línea desde el jueves.
Y en el otro extremo está la promesa: si dos se ponen de acuerdo en la tierra acerca de cualquier cosa que pidan, les será hecho. Salomón lo dijo con otra imagen, la del cordón: uno solo se rompe, dos aguantan, pero «cordón de tres dobleces no se rompe pronto». Casi siempre lo predicamos como si el tercer hilo fuera un adorno. Es el que sostiene.
Cómo se empieza sin que sea raro
Tres minutos. De la mano. En voz alta. No hace falta más y al principio es mejor que no lo sea. Una frase cada uno. Si os sale una sola línea, esa línea vale.
No ores para predicarle. Esto es lo más importante de todo el artículo. «Señor, ayúdale a entender que tiene que…» no es una oración: es un reproche con las manos juntas, y tu pareja lo detecta al instante. La oración no se usa nunca como arma. El día que la usas así, dejáis de orar juntos para siempre y ninguno de los dos dirá por qué.
Ora por él, no solo con él. A solas, con nombre y con detalle. Es el sitio donde se te ablanda el corazón antes de que se te ablande la cara.
Empieza tú y no lleves la cuenta. Si esperas a que el otro proponga orar, puedes estar esperando años. Y si empiezas tú llevando la cuenta de las veces que has empezado tú, tampoco es oración: es otra carpeta de agravios.
Dad gracias por el otro delante del otro. Una cosa concreta, dicha en voz alta delante de Dios. Es más difícil que pedir, y hace más.
Vais a seguir discutiendo, que quede claro. Nadie deja de discutir por orar. Pero la discusión de un matrimonio que ora junto tiene techo: llega un momento en que los dos saben que esto se va a arreglar, porque hay Alguien más en la habitación al que le habéis pedido que se quede.
«Y si alguno prevaleciere contra uno, dos le resistirán; y cordón de tres dobleces no se rompe pronto.» — Eclesiastés 4:12
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