Nadie destruye su matrimonio un martes por la tarde con una decisión. Se destruye mucho antes, en decisiones tan pequeñas que ni las llamaste decisiones.
Pablo escribió cuatro palabras que en griego suenan más fuertes de lo que suenan en español: «ni deis lugar al diablo». Dar lugar es dar sitio. Ceder terreno. Es lo que hace un ejército cuando retrocede un metro y deja una posición vacía — nadie lo llama derrota ese día, pero por ahí entran mañana.
Y hay una diferencia que conviene tener clarísima, porque cambia todo lo demás. Jesús llama a la puerta y espera. Lo dice Él mismo: «He aquí, yo estoy a la puerta y llamo; si alguno oye mi voz y abre la puerta, entraré a él». Nunca fuerza una cerradura. El otro no llama. El otro entra por lo que ya estaba abierto.
Así que la pregunta no es si te van a atacar. La pregunta es qué has dejado entornado.
Cristo llama y espera. El enemigo no llama: se cuela por donde tú dejaste sitio.
El secreto. No la mentira grande — el secreto pequeño. La compra que no contaste, el mensaje que borraste, la cantidad que ocultaste. Lo que se esconde crece, y crece siempre en la dirección de más escondite. Si hay algo que tendrías que explicar mucho, ya sabes por dónde va a entrar.
La pantalla. Sé que aquí muchos van a saltarse el párrafo. Quédate. La pornografía no destruye un matrimonio porque sea un pecado en una lista: lo destruye porque te enseña a recibir sin dar nada, y el matrimonio es exactamente lo contrario. Te vuelve consumidor en la única relación de tu vida donde tenías que ser entregado.
La persona que te entiende demasiado. Casi nunca empieza con una intención. Empieza con alguien del trabajo, de la iglesia, del grupo, con quien hablas mejor que en casa. Hay un examen sencillo y es implacable: si tuvieras que enseñarle a tu cónyuge esa conversación entera, sin borrar nada, ¿se la enseñarías? Si has dudado, ya tienes la respuesta y ya sabes qué hacer con esa puerta.
La comparación. Media hora de fotos de otros matrimonios y vuelves a tu casa mirándola con los ojos de un tasador. Estás comparando tu detrás de cámaras con el escaparate de otro. Nadie sube la foto de la discusión de anoche.
El rencor guardado. Es la puerta más silenciosa de todas y por eso le dediqué un artículo entero. Lo que no se perdona no se queda quieto: fermenta, y un día ya no sabes si estás enfadado por lo de hoy o por lo del año pasado.
Cómo se cierra una puerta
Concretando. Cerrar una puerta no es una oración bonita el domingo: es borrar una aplicación, bloquear un número, decirle a alguien «no puedo seguir hablando así contigo», poner la cuenta a la vista de los dos. Lo espiritual se ejecuta en lo concreto o no se ejecuta.
Sacándolo a la luz. Lo que se cuenta pierde fuerza. Cuéntaselo a tu cónyuge si se puede contar sin destrozar, y si no, cuéntaselo a alguien maduro que ame vuestro matrimonio y sepa callar. El secreto es el oxígeno de casi todo esto.
Sin dramatismo y sin miedo. Santiago da la secuencia entera en un versículo: «Someteos, pues, a Dios; resistid al diablo, y huirá de vosotros». Primero someterse, después resistir. Al revés no funciona, y esa es la razón por la que tanta gente pelea espiritualmente y sigue igual: está resistiendo desde un terreno que todavía no ha entregado.
No te pido que revises la vida entera de tu pareja. Te pido que revises las tuyas. Empieza por la que se te ha venido a la cabeza mientras leías, esa que has intentado no mirar mientras bajabas por la página.
«Someteos, pues, a Dios; resistid al diablo, y huirá de vosotros.» — Santiago 4:7
Si esto te habló hoy
Lee «La casa del número 48»