— Sobre mí

Samuel
Rodrigues.

Escritor, evangelista y conferencista.
Aquí está la historia larga —
la que no cabe en una bio de Instagram.

Retrato de Samuel Rodrigues

Hubo una etapa de mi vida en la que las adicciones, el alcohol y un ruido interno que no se apagaba con nada me habían apagado por dentro.

No es una frase bonita para una bio de autor. Es una descripción clínica de mi día a día durante años. Yo era el chico que sonreía cuando hacía falta, que cumplía cuando hacía falta, y que por las noches, cuando ya nadie miraba, se desarmaba en silencio.

Llegué a un punto en el que no entendía qué seguía sosteniéndome. Mi cuerpo, todavía. Mi alma, ya no. Y el problema con las almas que se apagan es que el cuerpo tarde o temprano se entera.

Samuel Rodrigues de niño
El niño que fui — antes de que la vida pesara, antes del 48.

La noche del número 48.

Una de esas noches estaba en España, en una casa que no era la mía, viviendo una etapa que tampoco era la mía. La puerta no tenía el número pintado en cerámica: lo llevaba en dorado, un poco oxidado por los años — el 48. Y dentro de esa casa, esa noche, algo pasó que cambió cada respiración que vino después.

No fue un rayo. No fue un milagro de película. Fue algo más callado, más raro, más imposible de explicar sin sonar exagerado. Pero entendí, con todo mi ser, que Dios sabía mi nombre. Que no le daba igual cómo iba a terminar mi historia. Y que si yo quería — si yo, finalmente, me decidía — Él me iba a sacar de donde estaba.

Esa noche dejé de pelear. Y por primera vez en años, descansé.

En pocas palabras, fue una oración sincera y quebrantada la que me abrió las puertas del corazón a Cristo aquel día. Era todo lo que tenía. No tenía nada más que ofrecerle, y tampoco lo merecía; pero aun así Él me amó, me levantó y me salvó.

«Satanás había puesto todas sus cartas sobre la mesa para destruirme. Esto ocurrió desde el momento del embarazo de mi mamá hasta el último minuto, hasta el día de mi redención final en la casa número 48».

Pero Dios, en su infinita misericordia, me salvó —con su amor incondicional y único—; me rescató. Me dio vida, vida en abundancia. Transformó una historia de fracaso en una identidad con propósito, y esto se convirtió en una bomba espiritual lanzada contra las fuerzas de la oscuridad. Y ellas no prevalecerán.

Lo que vino después.

El proceso de salir de las adicciones no fue limpio ni rápido. Pero fue real. Y mientras pasaba, empezó a transformarse también mi manera de escribir.

Antes de mi encuentro con Dios ya escribía —poemas, canciones, reflexiones—, pero lo hacía de una forma más egocéntrica, marcada por mi relación con el arte. Después del rescate empecé a hacerlo de otra manera: más profunda, más interna, menos humana y más espiritual. Para mí y para Dios. Y luego para los demás.

Primero, para entender lo que yo mismo estaba viviendo. Después para amigos. Después para una iglesia. Después para Instagram, donde un mensaje breve podía llegar a alguien que estaba donde yo estuve.

Hoy llevo tres libros publicados en Amazon y uno más muy pronto — el que cuenta la historia completa de "La Casa del Número 48" —, y cada día comparto lo que voy aprendiendo con quien quiera escucharlo: oraciones, reflexiones, mensajes para mujeres que pasan por rupturas, hombres que cargan adicciones, jóvenes que no saben para qué viven.

Las personas que me leen son muy concretas: gente que ha conocido el dolor de cerca y todavía cree que se puede salir bien parado de la vida. Que se puede creer en el amor después de que el amor falló. Que se puede creer en Dios después de que la religión defraudó. Que se puede empezar otra vez aunque ya hayas empezado muchas.

Lo que hago hoy.

Escribo libros. Predico en iglesias, congresos y retiros. Produzco contenido diario en Instagram, Facebook, TikTok y YouTube. Estudio emocionalidad, fe y restauración con la misma seriedad con la que un médico estudia su especialidad — porque hablar de un alma rota sin saber lo que dices es algo que ya no me permito.

Si me preguntas por mis metas, la verdad es que se reducen a una sola: que más personas encuentren libertad, sanidad y un propósito que no se apague. Que quien pasó por el alcohol, por una ruptura, por el vacío de no saber para qué vive, descubra que su historia no terminó — que en Cristo siempre hay un capítulo más.

Todo lo demás —los libros, las conferencias, lo que venga— solo tiene sentido si sirve a eso. No escribo para que hablen de mí. Escribo para que alguien, en su noche más oscura, sepa que no está solo.

Si llegaste hasta aquí.

Si leíste todo esto, gracias. De verdad. Significa que algo de lo que escribo te está hablando, y eso para mí ya es razón para seguir.

Si necesitas hablar conmigo, contratarme para una conferencia, recomendarme un proyecto o simplemente decirme que un libro o un video llegó en el momento exacto — escríbeme. Leo todo lo que llega. No siempre puedo responder a todo, pero leo todo.

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